Por qué el Estado debe ser laico
Las instituciones de la democracia se
mantienen laicas para que los
ciudadanos puedan serlo o no serlo según su criterio. Las
convicciones de
cada uno así amparadas no se refieren sólo a cuestiones
religiosas, sino
también a estilos de vida.
Por Fernando Savater, escritor y filósofo español
El laicismo del Estado, que es uno de los pilares -amenazados,
ay- de la
democracia contemporánea, no pretende erradicar creencias
personales sino a
aquellos que intentan prescribirlas o proscribirlas. Es decir,
el Estado se
mantiene laico para que los ciudadanos puedan serlo o no serlo
según su
criterio. Y las convicciones de cada cual así amparadas no se
refieren
solamente a cuestiones religiosas o metafísicas, sino también a
estilos de
vida.
Son estos últimos los más difíciles de soportar para los
creyentes actuales,
que sólo se encuentran a gusto en la unanimidad de
comportamiento y están
dispuestos a exigirla de acuerdo con elevados principios morales
... que
dejan de serlo, claro, en cuanto se los impone por decreto. La
institucionalización democrática no debe pretender instaurar el
cielo en la
tierra -lo óptimo en dignidad humana, decencia y costumbres
edificantes-
sino permitir el marco político en el que, dentro de una
regulada
convivencia, cada cual pueda ir al cielo o al infierno por el
camino que
prefiera, según postuló Voltaire.
Lo contrario es volver a los usos teocráticos ... aunque sea
nominalmente
para desautorizarlos y prohibirlos. A diferencia de lo que
pretenden los
creyentes, el Estado laico no debe entrar en ningún tipo de
polémicas
religiosas. Ninguna fe puede convertirse en un eximente para
incumplir las
leyes civiles, pero tampoco en motivo para penalizar conductas
que no se
vetan explícitamente en los usos profanos. Si un conductor de
autobús
musulmán (el caso ha ocurrido en Reino Unido) no permite subir
en su
vehículo a un ciego acompañado de su perro guía, no es cosa de
comenzar a
discutir si realmente la saliva del animal es impura o no según
no sé qué
ortodoxia: la ley de ayuda a las minusvalías debe cumplirse y
punto.
De igual modo, una joven de la edad legalmente determinada debe
poder
comprar la píldora poscoital en la farmacia sin trabas, tenga la
persona que
maneja el establecimiento la opinión moral que fuere sobre esa
transacción.
Pero tampoco hay derecho a prohibir velos o tocados a nadie
porque se les
suponga significados religiosos indeseables según el creyente
persecutorio
de turno, cuando no despertarían recelo si se los justificase en
nombre de
la moda o de la extravagancia.
La indudable superioridad de las democracias laicas sobre las
teocracias es
que en las primeras las mujeres pueden ponerse el velo que
quieran y en las
otras en cambio no se lo pueden quitar. En cuanto a las
disquisiciones
teológicas, quedan para los ámbitos académicos y las fiestas de
guardar.
Como los creyentes ejercen su santa coacción en beneficio de las
almas de
los demás, su presa favorita suelen ser las mujeres, cuyas almas
tradicionalmente han sido consideradas más vulnerables que el
espíritu de
los varones. Sea que se tapen demasiado o que se ofrezcan
desnudas al mejor
postor, siempre deben ser reprimidas y encauzadas porque sólo
llegarán a ser
libres cuando se las convenza de lo dañino que es hacer lo que
les dé la
gana.
Antes, cuando la hembra era siempre revival de Eva tentadora,
tras cada
desvarío masculino alguien advertía: ¡cherchez la femme!; ahora,
como ya
sólo están autorizadas a ser víctimas, en cuanto se recatan o se
descocan
demasiado los creyentes claman: ¡cherchez l'homme! Porque se da
por hecho
que es un hombre siempre el que las desvía del recto sendero de
la razón y
la decencia. Desgraciadamente es muy frecuente que sean varones
quienes las
intimidan y mandonean, pero entonces será contra esos tiranuelos
contra
quienes habrá que actuar sin dejar de reconocer que ellas tienen
también
voluntad propia.
Cuidado con los moralistas que sin escuchar nuestra opinión se
sienten
legitimados para emanciparnos a fuerza de decretos ... A lo
largo de su
biografía, los creyentes a veces mejoran de dogmas y pasan del
comunismo a
la socialdemocracia o el liberalismo, de la ortodoxia teológica
al
cientifismo y la evolución, de las adicciones juveniles a la
salud pública,
incluso hay ex caníbales que acaban vegetarianos o antitaurinos.
Pero lo que
nunca pierden es el celo persecutorio que les asegura el subidón
de
adrenalina política.
Copyright Clarín y Fernando Savater, 2010.
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