La hora de religión
No sé con qué presupuesto se organizarán los cursos de algún
colegio multicultural con alumnos que exijan formación islámica,
evangélica, taoísta...
por Héctor Abad Faciolince
Si creen que las clases de religión sirven para convertirlo a uno
en un católico ejemplar, me voy a poner, muy inmodestamente, de
contraejemplo: hice el kínder y los primeros años de primaria con
las hermanitas de Marie Poussepin y después todos los años que me
faltaban hasta el último de bachillerato en un colegio del Opus
Dei. Todavía me sé de memoria, no digamos el Padrenuestro, el
Credo, los Diez Mandamientos, el Angelus y el Magnificat, que eso
cualquiera se lo sabe, sino también los Mandamientos de la Santa
Madre Iglesia, las Obras de Misericordia (corporales y
espirituales), y las cinco vías y las montañas de silogismos
supuestamente irrefutables que Santo Tomás de Aquino se ingenió
para probar la existencia de Dios.
Una hora diaria de religión desde la más tierna infancia hasta la
más ardiente adolescencia no bastaron para convencerme de que debo
pagar diezmos y primicias a la Iglesia de Dios, o ayunar y no
comer carne cuando la misma lo mande. No oigo misa entera todos
los domingos y fiestas de guardar, no me confieso por lo menos una
vez al año ni comulgo por Pascua de Resurrección. Si doy posada al
peregrino, consuelo al triste o sufro con paciencia las molestas
cartas de mis prójimos cristianos, no lo hago por haberlo
aprendido en esas clases sino porque me nace de los cojones, como
tan visceralmente se dice en España.
No me convencen las pruebas de Santo Tomás y todavía menos las de
San Agustín. De la escolástica me gustan el apasionado énfasis
retórico y el rigor argumentativo -todo copiado de la lógica
aristotélica-, pero me decepcionan las conclusiones. Mucho más
convincente y razonable me pareció el libro que un querido
pariente me regaló cuando me gradué de bachiller: Por qué no soy
cristiano, de Bertrand Russell.
En fin, cuento todo esto porque en el ambiente de restauración
moral que propicia este gobierno, y por influencia de la Curia,
acaban de imponer otra vez como obligatorias las clases de
religión. No voy a poner el grito en el cielo, no voy a protestar
por este nuevo acto de clericalismo ni a denunciar lo obvio: que
en un Estado laico, las creencias religiosas de los ciudadanos y
los asuntos públicos deben ir separados. Esa perorata no cabe en
la cabeza de los restauradores de la nueva derecha.
Por eso, para no desgastarme, prefiero pensar que saber historia
sagrada tiene su encanto, que leer el Antiguo Testamento puede ser
apasionante, que estudiar los detalles de la Hégira no le hace mal
a nadie, que meditar en la vida de Buda venerable es instructivo,
y que (para conocer a fondo los delirios humanos) tampoco es
dañino oír los argumentos de quienes creen en la reencarnación. Si
uno dispone de antídotos, la enseñanza de la religión no te lava
el cerebro.
Cuando uno estudia historia de las religiones se da cuenta -con
esa infinitud de dioses que han nacido y muerto, desde la
antigüedad hasta las religiones amerindias- de lo fecunda que ha
sido la fantasía humana para inventarse sitios y seres
ultraterrenos, y las más diversas esperanzas y temores
post-mortem. Toda esa explosión demográfica de deidades debería
ser ya un indicio, no de lo que Santo Tomás llamaba el "consenso
universal", sino más bien de lo frondoso que es el árbol de la
imaginación humana, sobre todo en esa parte que Borges llamó "una
rama de la literatura fantástica" (la metafísica y la teología).
No sé con qué presupuesto organizará el Ministerio de Educación
los cursos de religión cuando le resulte algún colegio
multicultural con alumnos que exijan formación islámica,
evangélica, ortodoxa rusa, adventista, judía, animista, taoísta,
católica, budista y, por qué no, religiones neoaztecas y neomayas.
Se supone que para cada uno de ellos tendrán que contratar un
profesor especializado y recomendado por cada secta, y pagarle su
respectivo sueldo, sus cesantías y prestaciones sociales.
En cuanto a agnósticos, ateos y humanistas, la ley no dice nada, y
aquí sí me permito, muy humildemente, hacer una sugerencia. Tengo
dos hijos que hacen su bachillerato muy cerca de la Sede
Apostólica. Allá también, si los alumnos o los padres lo desean,
se imparten clases de religión. Pero las ponen a última hora de la
mañana o de la tarde, de manera que los hijos de padres no
creyentes se puedan ir a la casa antes, a leer, a estudiar algo
que les interese más, o simplemente a descansar.
Me parece aceptable que les den religión y les califiquen la clase
a todos los creyentes. Pero también tendría que haber una puerta
abierta -o una clase alternativa de ciencia, por ejemplo- para los
estudiantes que ven la religión como un importante fenómeno
cultural, pero no como una materia doctrinaria de estudio
obligatorio. En un Estado laico, esto es lo mínimo que se debe
pedir.
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