Cara y cruz
Colombia:
El Estado debe respetar todas las religiones, no identificarse con
alguna en particular y garantizar que nadie sea segregado por sus
creencias
por Daniel Coronell
Después de muchos años está a punto de encenderse, otra vez, el
debate acerca de la separación entre Iglesia y Estado. Todo por
cuenta de un decreto sobre educación religiosa que expedirá el
gobierno en los próximos días.
Hasta ahora los colegios y escuelas públicas dan clases de
historia de las religiones y valores éticos en los horarios
reservados para ello. Sin embargo el intenso lobby de la jerarquía
católica logró revivir el carácter obligatorio de la asignatura de
religión en los colegios públicos y privados.
La 'obligatoriedad' es relativa. Los colegios deberán incluir la
clase de religión en sus programas, pero los estudiantes y sus
padres decidirán si la toman o no.
Aun así, esta contrarreforma puede salirnos cara. Desde ya se
anuncia que la religión que se impartirá será la que corresponda a
la "confesión mayoritaria" de los estudiantes. En los colegios y
las escuelas públicas será predominantemente católica.
La Conferencia Episcopal ya ha emitido su propio 'Decreto' (El
C1/99), en el que determina que los obispos serán los competentes
para expedir "certificación de idoneidad" a los profesores de
religión. Y exige de los docentes una "ejemplar vida cristiana".
Es decir, en los planteles públicos se impartirá una educación
religiosa pagada por el Estado, pero regida por la Iglesia
Católica. Una religión tan respetable como todas, y mayoritaria en
Colombia, pero no por eso la religión oficial del país.
La Constitución Política declara la libertad de cultos y la
igualdad de todas las confesiones e Iglesias ante la ley. También
establece que las personas pueden profesar su religión y tienen
derecho a difundirla individual o colectivamente.
En otras palabras, la religión es un derecho de quien decide
adoptarla, pero no un deber que pueda imponerse a través de la
educación pública.
Esto que es un hecho asumido en las democracias desarrolladas,
todavía es materia de discusión en Colombia por dos confusiones
fundamentales.
En primer lugar por el importante papel pedagógico que han
cumplido las comunidades religiosas católicas a lo largo de
nuestra historia. Una función sin duda llena de bondades, pero que
ha desdibujado la frontera entre educación y catequización.
Mientras que la educación es una obligación del Estado, la
catequización es un derecho de cada confesión. Derecho que debe
ejercerse en el ámbito de la familia o de los templos, con
recursos propios y fuera del horario escolar, si se trata de
planteles públicos. O en los colegios privados que adopten una
religión y así lo adviertan a alumnos y padres.
En la escuela pública -y en la privada no confesional- debe
considerarse enseñanza sólo lo verificable científicamente y lo
socialmente aceptable para todos, sin diferencia de credo.
La segunda confusión surge porque algunas personas piensan que los
valores morales de una sociedad son derivados de la fe religiosa.
Esto sólo es verdad en las teocracias. Las sociedades toman sus
valores de los principios universales de convivencia, los regulan
a través de la ley y los hacen cumplir a través de los órganos de
justicia.
Todos los ciudadanos están obligados a cumplir las mismas normas
independientemente de su religión. De otra manera se podrían
justificar conductas criminales a nombre de la fe. Sólo en
sociedades fundamentalistas sigue siendo válido, por ejemplo,
apedrear al pecador. Las religiones pueden establecer lo que es
pecado para sus fieles, pero son las instituciones civiles las que
determinan lo que es delito y la manera de castigar al
delincuente.
En las democracias las religiones tienen que acatar las leyes, y
no viceversa.
El Estado debe respetar todas las religiones, no identificarse con
alguna en particular y garantizar que nadie sea segregado por sus
creencias.
Así como el Estado no puede intervenir en la vida religiosa de los
ciudadanos, mientras no infrinja la ley, las iglesias no pueden
usar los recursos públicos para hacer proselitismo de su credo.
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