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8/3/05
Jehová y el Día Internacional de la Mujer
Por Leonardo Moledo
"Jehová dijo a Eva: tantas haré tus fatigas como sean tus
embarazos: con
dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia. Y él te
dominará."
Génesis 3, 16
¿Festejará Jehová el Día Internacional de la Mujer? ¿Y el Papa?
Porque en
nuestra digna civilización occidental la discriminación contra las
mujeres
viene del Génesis. Ya en el tercer capítulo, Jehová maldijo a la
mujer sin
advertir siquiera que en el episodio de la serpiente Eva se
muestra como
inteligente, astuta, curiosa y desafiante, mientras que Adán
aparece como un
imbécil, sin pensamiento o iniciativa propias y llevado de la
nariz. Pero
curiosamente la conclusión que se derivó de allí es la
inferioridad
intelectual de la mujer "por naturaleza" y decisión divina.
Un poquito más modernamente, y a cierta distancia de la creación
judeocristiana, en la Universidad de Harvard, Estados Unidos, se
ha
levantado una buena polvareda sobre el tema: hace cosa de un mes,
nada menos
que el presidente de la universidad, Lawrence Summers, asistió a
una reunión
informal del National Bureau of Economic Research, una institución
de
investigación académica, donde tomó la palabra y constató que hay
muy pocas
profesoras de ciencias con status de "tenure" (contrato
permanente) en las
universidades, y lo atribuyó, entre otras causas, a diferencias
innatas de
género, que las harían menos proclives para las ciencias (a pesar
de haber
probado antes que el hombre el fruto del conocimiento), lo cual
muestra que
Summers o bien se cree Jehová, o bien no ha avanzado mucho
respecto de
Jehová. Nadie debe extrañarse, en consecuencia, de que un
distinguido alumno
de Harvard como Domingo Cavallo haya enviado a la científica
argentina
Susana Torrado a lavar los platos, lo cual hace suponer que la
tesis tiene
cierto peso en la universidad.
Cavallo seguía una ilustre tradición: cuando Marie Curie quiso
inscribirse
en la Universidad de Cracovia, le denegaron la entrada a la
carrera de
física y le sugirieron que se anotara en cursos de bordado y de
cocina
(Marie no quiso y optó por irse a París, donde inició la carrera
hacia sus
dos premios Nobel). También participaron en este asunto los
muchachos de la
Sorbona, que a principios del siglo XX organizaron una
manifestación de
estudiantes para impedir que una mujer se anotara en la Facultad
de
Medicina. Y no está de más recordar que hace menos de diez años se
organizaron protestas en el Colegio Montserrat, dependiente de la
Universidad de Córdoba, oponiéndose al ingreso de mujeres,
seguramente para
que no probaran la fruta del árbol del conocimiento.
Pero hubo discípulos de Jehová terriblemente firmes: en 1884,
cuando en
Oxford se propuso permitir a las mujeres ingresar a la
universidad, el
reverendo J. W. Burgon dijo en un sermón: "¿No tendrá ninguno de
ustedes la
generosidad o la sinceridad para decir a la mujer que desde el
punto de
vista del hombre se convertirá inevitablemente en una criatura
sumamente
desagradable? Si quiere competir con éxito contra los varones por
las
máximas calificaciones, habrá que poner en sus manos
inevitablemente a los
autores clásicos; dicho de otra manera, habrá que darles a conocer
las
obscenidades de la literatura griega y latina. ¿Se proponen
ustedes
seriamente hacer eso? Abandono este tema con una breve alocución
dirigida al
otro sexo: Dios os hizo inferiores a nosotros, y seguiréis siendo
nuestras
inferiores hasta el fin de los tiempos".
Las palabras de Burgon eran un sermón y por lo tanto podían
atribuirse a un
arrebato bíblico, pero ya había habido quienes enfocaron
"científicamente"
el asunto: en Francia, Gustave Le Bon (1841-1931), fundador de la
psicología
social y autor del muy famoso libro La psicología de las masas,
espantado
ante las propuestas de algunos reformadores norteamericanos, que
pretendían
facilitar el acceso de las mujeres a la educación superior,
escribía: "El
deseo de darles la misma educación, y como consecuencia de
proponer para
ellas los mismos objetivos que para los hombres, es una peligrosa
quimera...
El día en que, sin comprender las ocupaciones inferiores que la
naturaleza
les ha asignado, las mujeres abandonen el hogar y tomen parte en
nuestras
batallas, ese día se pondrá en marcha una revolución social y todo
lo que
sustenta los sagrados lazos de la familia desaparecerá". La
psicología de
las masas se estrenaba bien. Pero la antropología (que muchos
consideran que
siempre fue una ciencia progresista) había aportado su granito de
arena: en
algunos círculos antropológicos y médicos franceses se había
puesto de moda
considerar la inteligencia proporcional al peso del cerebro. Paul
Broca
(1824-1880), profesor de cirugía clínica de la Facultad de
Medicina de
París, fue un líder de esta corriente y fundó una verdadera
escuela de
medición y peso de cráneos y cerebros: la craneometría de Broca
sólo se
extinguió ya entrado el siglo XX.
Y así, sobre una muestra de 200 cadáveres, don Broca calculó el
peso medio
del cerebro masculino y el femenino y concluyó que el hombre era
181 gramos
más inteligente que la mujer. Naturalmente, hubo quien objetó esta
linealidad; el contraargumento de Broca fue interesante: "Como
sabemos que
las mujeres son menos inteligentes que los hombres, no podemos
sino atribuir
esta diferencia en el tamaño cerebral a la falta de inteligencia".
Lo cual
demuestra que las mujeres son menos inteligentes que los hombres,
como ya
sabíamos. Razonamiento perfecto (y perfectamente circular). Ni
Jehová (que
nunca se caracterizó precisamente por la limpidez lógica de su
pensamiento)
lo hubiera hecho mejor.
Pero la escuela de Broca no se detuvo allí: sobre la base de una
docena de
esqueletos prehistóricos, los craneómetras encontraron que en
ellos la
diferencia de pesos cerebrales era menor, y ni lerdos ni perezosos
concluyeron que la inteligencia del hombre había evolucionado más
que la de
la mujer, debido al papel predominante que éste, por "naturaleza",
juega en
la sociedad.
Y realmente, ya que estamos en el Día Internacional de la Mujer,
no viene
mal recordar esta verdadera perlita salida de la pluma del
inefable y antes
citado Le Bon: "Entre las razas más inteligentes, como entre los
parisienses, existe un gran número de mujeres cuyo cerebros son de
un tamaño
más próximo al de los gorilas que al de los cerebros más
desarrollados de
los varones. Esta inferioridad es tan obvia que nadie puede
discutirla
siquiera por un momento. Todos los psicólogos que han estudiado la
inteligencia de las mujeres reconocen que ellas representan las
formas más
inferiores de la evolución humana y que están más próximas a los
niños y a
los salvajes que al hombre adulto civilizado. Sin duda, existen
algunas
mujeres distinguidas, muy superiores al hombre medio, pero
resultan tan
excepcionales como el nacimiento de cualquier monstruosidad, como,
por
ejemplo, un gorila con dos cabezas; por consiguiente, podemos
olvidarlas por
completo". Esta auténtica joya literaria se publicó en la revista
antropológica más importante de Francia, allá por 1870.
Jehová habría estado verdaderamente feliz.
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