El derecho a decidir: un problema para los fundamentalistas
católicos de la región
Por Marta Alanís
Católicas por el Derecho a Decidir
Córdoba - Argentina
El papel de las instituciones religiosas en la formulación de
políticas
públicas y en la elaboración de leyes es hoy en día una cuestión
importante
y compleja, especialmente cuando se tratan temas que tienen que
ver con la
vida en familia, los derechos y la actuación de las mujeres en la
vida
pública, la sexualidad y la reproducción.
El derecho de una mujer a tomar decisiones con respecto a tener o
no tener
descendencia, cuándo y de qué manera, han producido una reacción
cultural y
política importante de grupos conservadores.
Desde la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo
de El Cairo (1994) y la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer
de Beijing
(1995), ha quedado claro por qué el punto de vista católico afecta
tanto a
las personas católicas como a quienes no lo son. En esas
conferencias,
quizás por primera vez en el siglo XX, la Iglesia, como Estado, se
reveló
como un actor político relevante en asuntos de trascendencia
nacional e
internacional. Los temas en discusión eran los derechos de las
mujeres, la
sexualidad, la salud reproductiva y las políticas de población y
El
Vaticano, junto con musulmanes conservadores y la derecha
cristiana,
explicitaron sus acuerdos para poder conservar ideas sobre género,
sexualidad y reproducción, basadas en principios religiosos y
ampliamente
rechazadas aún por los propios creyentes.
Hace apenas algo más de treinta años que se aceptó la separación
de Iglesia
y Estado con la Declaración sobre la libertad religiosa del
Concilio
Vaticano Segundo. Pero durante más de 17 siglos y hasta 1966
imperó la
creencia que la ley civil debe adecuarse a las enseñanzas morales
de la
Iglesia. Por lo tanto, es comprensible que los dirigentes
católicos tiendan
a creer todavía que ocupan un lugar sagrado en las decisiones
políticas. Lo
que realmente es inadmisible es que los dirigentes políticos le
concedan
este privilegio y los traten como jerarquizados interlocutores,
tratando de
complacer a un sector que supuestamente no tiene relaciones
sexuales.
¿Cómo pueden evitar esto los/las hacedores de políticas
públicas? Simplemente, haciéndose algunas preguntas al analizar
las
propuestas de cualquier sector. ¿A quién representan, a qué sector
social
representan? ¿Esta propuesta representa al conjunto de este sector
o a una
minoría? El resultado de encuestas en el mundo demuestra que hay
católicos y
católicas que no están de acuerdo con las posiciones que tienen
los obispos
sobre derechos sexuales y reproductivos. En una encuesta realizada
en
Buenos Aires el año pasado por el Instituto Social y Político de
la Mujer
quedó demostrado que solamente una de cada diez personas
entrevistadas
estaba de acuerdo con la posición de la Jerarquía en relación al
aborto;
nueve de cada 10 consideraban que el aborto debía despenalizarse
en
determinados casos. Los casos que consideraban eran los que tenían
que ver
con la salud de la mujer, con malformaciones del feto, con
problemas
sociales, con la cantidad de hijos que ya tenía una pareja, o sea
que la
opinión de la mayoría consideraba los casos por los cuales las
mujeres
recurren a un aborto.
En la medida en que la Iglesia ha aceptado (en teoría) la
separación de la
Iglesia y el Estado y la obligación de no promover leyes que
puedan imponer
límites en las prácticas de personas que tienen otras religiones o
que no
tienen religión alguna, va en contra de sus propias enseñanzas
cuando se
opone a leyes que garanticen la anticoncepción o permitan el
matrimonio de
homosexuales, ya que con esta actitud está limitando la libertad
de
personas con otras creencias. Una legisladora o un legislador que
abogara
por leyes que impusieran a personas de otra religión o sin
religión el punto
de vista de la Iglesia Católica, violaría fundamentalmente lo que
entendemos
por tolerancia.
En nuestra América Latina sabemos que las mujeres han tenido hijos
y los han
criado y cuidado aun en las peores circunstancias, en el abandono,
en la
pobreza, en la guerra, etc. El hecho de que las autoridades de la
Iglesia no
pueden admitir y confiar en que las mujeres son capaces de tomar
buenas
decisiones sobre cuestiones de planificación familiar,
esterilización y
aborto, habla de la importancia del patriarcado en el catolicismo.
Un
patriarcado que no solamente busca controlar a las mujeres, sino
también
acabar con todo debate y diálogo sobre esas cuestiones. La iglesia
ha
fracasado en imponer su moral a su feligresía y pretende lograr su
propósito
ejerciendo todo su poder para que esa moral sea asumida por los
estados.
Los dirigentes de la Iglesia Católica han optado por no confiar en
la
capacidad de las mujeres para tomar sus decisiones, y buscan la
manera de
acabar todo debate o diálogo respecto a sus derechos sexuales y
reproductivos. Esta negativa es inaceptable para la mayoría de las
y los
creyentes de esta religión, y no es ciertamente el mejor camino
para
elaborar políticas públicas, pues miles de mujeres mueren o son
atropelladas
en su dignidad y sus derechos.
Los Estados democráticos deben asumir, hoy más que nunca, la
responsabilidad
que tienen de legislar para una sociedad diversa y plural y
entender que las
creencias religiosas no deben influir la labor pública. El
laicismo es una
condición imprescindible para el ejercicio de los derechos, lo
cual
proporciona el sustento para el bienestar de todas las personas. A
los
Estados laicos, les corresponde garantizar la separación entre las
Iglesias
y el Estado, a las organizaciones de la sociedad civil nos
corresponde
defenderla y exigir que se mantenga.
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