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Abortando el problema

Folha Online
Por Hélio Schwartsman
Traducción: Kattya Pérez



A pedido de varios lectores, arriesgo hoy un comentario sobre el aborto, asunto con que me topé en la columna de la semana pasada.

Comencemos con un pequeño experimento mental. Supongamos por un breve instante que las leyes e instituciones funcionasen correctamente en Brasil y que todas las mujeres que inducen o intentan inducirse un aborto correspondieran a las hipótesis previstas en la ley (riesgo de vida para la madre o embarazo resultante de un estupro) fuesen identificadas, procesadas y presas. En este caso, precisaríamos construir 5,5 nuevos presidios femeninos (unidades de 500 celdas) por día apenas para albergar a cerca de 1 millón de ex-futuras mamás que interrumpen ilegalmente sus embarazos cada año. (Utilizo aquí el número estimado por Mario Francisco Giani Monteiro y Leila Adesse para 2005).

Recursos igualmente abundantes tendrían que ser destinados a la edificación de orfanatos, para los millares de criaturas que quedarán desasistidas para que sus madres cumplieran su pena.

Conviene observar aun que mi cuenta no incluye un número significativo de médicos, parteras o simplemente comadres y amigas que de algún modo auxiliarían a nuestras reeducandas a librarse de los fetos no deseados y por ley también deberían ir a la cárcel.

Mi pregunta es muy simple: ¿piensa que a la aplicación universal que preconiza la ley de aborto tornaría a Brasil un país mejor o peor del que es hoy?

Si no responde que es mejor, habrá de acordar conmigo en que el problema del aborto no es una cuestión que se resuelva en la Justicia. Y que normas que la mayoría de nosotrxs no quiere ver integralmente cumplidas son serias candidatas a leyes que no sirven.

Y eso debería poner a casi todo el mundo del mismo lado. Es importante, en términos prácticos, crear las condiciones para que las mujeres no precisen abortar, lo que se consigue básicamente con oferta de métodos contraceptivos gratuitos o al menos muy baratos para la población (con lo que la Iglesia Católica no coincide) y con educación. Los estudios demográficos son unánimes en señalar una fortísima correlación entre el nivel de instrucción de la mujer y la disminución de la fecundidad y, por consiguiente, de los abortos clandestinos. Tal fenómeno, vale insistir, ya está en curso en Brasil. Trabajos de la década del ‘90 estimaban en hasta 1,4 millón el número anual de interrupciones de los embarazos.

El problema es que, aún avanzando a pasos agigantados en estas políticas, sobraría un contingente de mujeres que por las más diversas razones, no logró prevenir el embarazo y deseará abortar. En mi opinión, se trata de una decisión que cabe exclusivamente a ellas, pero me estoy anticipando.

Es un debate en el que parece haber menos interés en los aspectos prácticos (aunque sean los que de hecho importan) que en las discusiones de principio. Así, antes de proseguir, precisamos resolver algunas cuestiones previas como cuándo comienza la vida?, ¿existe el alma?, ¿cuál es el alcance del Derecho?.

El argumento central de los antiabortistas es que la vida tiene inicio en la concepçión y debe entonces ser protegida. Por esa visión el embrión tendría los mismos derechos que cualquier ser humano.

Es lo menos É no mínimo complicado afirmar que a vida comienza con la concepción. Tanto el óvulo como el espermatozoide ya eran vivos antes de unirse. Lo que daría para decir es que la fusión de dos gametos marca la creación de identidad genética del que podrá tornarse un ser humano, se las condiciones ambientales ayudaran. Una simiente no es un árbol y no recibe de Ibama el mismo nivel de protección que una respetable tora de mogno. Lo que la concepción produce es un ser humano en potencia, para utilizar la distinción aristotélica, autor tan caro a la iglesia. Y no tiene mucho sentido confundir potencialidades con actualidades; al final, a largo plazo somos todos cadáveres.

Si lo que torna coherente la posición del Vaticano es un dogma de fe: el hombre es un compuesto de cuerpo y alma. Y la iglesia se inclina a afirmar que esta es instilada al nuevo ser en el momento de la concepción. Sólo que nadie jamás demostró que existe alma y mucho menos que ella se instala en el embrión cuando el espermatozoide fertiliza el óvulo. El disenso ni siquiera opone religiosos a desalmados ateos. Una de las más importantes autoridades de la iglesia, santo Tomás de Aquino, afirmó, acompañando a Aristóteles, que el alma de los chicos solo llegaba al embrión a 40º día. Y la de chicas (ustedes saben cómo son las chicas!) sólo en los 48º día.

¿Será que la noción de alma queda un pie? Podemos decir que ella no calza muy bien con lo que sabemos de biología. Se estima que 2/3 a 3/4 de los óvulos fecundados jamás se adhieran en el útero, resultando en abortos espontáneos. La vida en potencia la mayoría de las veces, se torna no vida en acto, sino aborto en acto. Si el alma es soplada por Dios al momento de la concepción, cual es el sentido de ese verdadero holocausto anímico? Para cada alma humana que viene dos o tres son sacrificadas antes de ver la luz. Tamaño desperdicio sería menos insensato si la Iglesia Católica abrazase, como las religiones más antiguas, la doctrina de la transmigración de las almas. El alma no tuvo lugar en esta tentativa, paciencia, podrá más tarde. Pero, como el catolicismo renuncia a tal reencarnación, cada aborto resulta un alma irremediablemente perdida. Es bien cierto que esa aparente incongruencia no es un problema para el verdadero fiel, que jamás cuestiona los actos de Dios. Si El comanda un Auschwitz espiritual, debe tener motivos para eso aunque estos desafíen nuestra compresión.

Sólo que el desperdicio no es la única dificultad que la introducción del alma genera. Para comenzar, la propia concepción no es exactamente un instante, es un intervalo que varía de 24 a 48 horas. Ese es el tiempo que transcurre entre la penetración del espermatozoide en el óvulo y la fusión genética de las gametas. Será que el alma toma todo ese tempo para ser soplada en el nuevo ser? Peor, se asumimos todas las consecuencias de esa noción, mujeres que usan DIU o toman la píldora del día después deberían ser procesadas como asesinas en serie, pues esos métodos contraceptivos impiden que el concebido --ya con alma-- se implante en el útero. (La Iglesia Católica de hecho condena toda forma no natural de prevención del embarazo, la mayoría de los protestantes no va tan lejos).

Es entretanto el fenómeno de la gemelaridad el que revela todos los limites y contradicciones de la idea de alma. Como já expliqué en otras columnas, gemelos monocigotos (idénticos) se forman entre uno y 14 días después de la fertilización, cuando el embrión sufre un desarrollo anormal dando lugar a dos o más individuos con el mismo material genético. El alma, es claro, ya estaba ahí. Caben entonces algunas preguntas. Ella también se divide, u otras almas surgen para animar a los demás hermanos? De dónde vienen ellas? Quien queda como la original? Y si los gemelos compartieran el mismo alma, como queda el libre albedrío? Si un hermano peca, lleva al otro al infierno? O el alma buena prevalece sobre la mala llevando al paraíso una oveja negra? In dubio pro bono.

La situación se hace más divertida si pensamos en las quimeras, esto es, aquellos individuos compuestos por materiales genéticos provenientes de diferentes cigotos. El quimerismo es relativamente raro entre humanos, pero ocurre cuando dos o más embriones se funden antes del cuarto día de gestación. Si los óvulos son del mismo sexo, lo más probable es que surja un individuo perfecto, o a veces con un ojo de cada color o también con diferentes tonalidades de piel o cabello. En la hipótesis de ser uno de cada sexo, el resultado será o hermafroditismo.

Tendríamos aquí personas con dos o más almas dentro de sí mismas, cuál prevalece? Se una fuera buena y otra mala persona, se divide para ir al paraíso y al infierno? Cómo? Por turnos o por la repartición física? O se promedia y va al purgatorio?

Lo que procuré mostrar con estas consideraciones es que no es tan cierto que la vida comience con la concepción. Esa es una idea que depende mucho más de dogmas de fé no probados que de buena información colectada en campo.

Mi pálpito (y es sólo un pálpito, porque yo, al contrario de algunos religiosos, tengo muy pocas certezas) es que no se puede establecer un instante mágico a partir del cual el embrión se torna un ser humano. O mejor, hasta podemos elegir ese momento, pero será tan arbitrario como cualquier otro.

Y ya que la definición es necesariamente arbitraria, no veo motivos para no ajustarnos a nuestras necesidades.

Conviene reparar que es ese el tratamiento que la ley brasilera ya dispensa hoy al asunto, como se puede constatar a partir de la pena que reserva para el aborto (1 a 4 años) y para homicidio simple (6 a 20). La propia Biblia hace la misma distinción en el Éxodo 21:22.

Mi sugerencia es que dejemos la hipocresía de lado. Si creemos en la versión católica de la vida, deberíamos abolir el aborto en todas las ocasiones (inclusive cuando hay peligro de vida para la madre) y equiparar su pena a la de homicidio calificado (sin posibilidad de defensa para la víctima) que es de hasta 30 años. El optimista siempre podrá afirmar que la construcción de tantos presidios va a estimular la economía.

Alternativamente, podemos avanzar un poco más en la necesaria arbitrariedad de las definiciones y permitir que al inicio de la gestación la mujer pueda decidir libremente si quiere o no abortar y, a medida que la gravidez avanza, las protecciones dadas al feto vayan siendo ampliadas. Es la definición misma de proceso. ¿Eliminar un feto en estadios más avanzados de gestación significa tirar una vida? Es claro que sí, mas nuestro sistema jurídico admite varias situaciones, hasta el mismo homicidio, que son excusadas. Es el caso da legítima defensa, de estricto cumplimiento del deber, entre otros.

El mundo no es exactamente un lugar bonito. Pero no necesitamos empeorarlo más transformándolo en una inmensa penitenciaría.