La cruzada de Benedicto XVI
PAOLO FLORES D'ARCAIS (*)
17/12/2007
© Diario EL PAÍS S.L.
La Cruzada continúa. La encíclica de Benedicto XVI Spe salvi, del
pasado 30 de noviembre, ratifica y radicaliza el anatema de la
Iglesia católica contra una modernidad culpable de desobedecer a
Dios y que se está despeñando por tal causa en la desesperación del
nihilismo.
El outing es ahora completo. Incluso la democracia es mentira si la
soberanía de los hombres no se subordina al imperio de la "ley
natural", es decir, si la libertad no coincide con la obediencia a
los ucases de la Iglesia, única intérprete autorizada de tal "ley
natural" y de la voluntad de Dios con la que esta coincide. La
democracia debe ser cristiana, pues en caso contrario será
deshumana.
El misterio ha quedado finalmente resuelto. El culpable es Voltaire
o, mejor dicho, Bacon incluso. El Mal es la Ilustración, el
proyecto de autonomía del hombre. Autos-nomos, el darse el hombre
por sí mismo sus propias leyes, en vez de recibirlas de Dios, o de
sus subrogados y ministros (la "Naturaleza" y la Iglesia
jerárquica), ahí reside la Culpa inexpiable. El Enemigo (en el
sentido preciso de las Escrituras) es la razón que prescinde de
Dios, la razón que trabaja iuxta propria principia, la razón que
razona, en definitiva.
El autos-nomos, la pretensión de soberanía para todos y cada uno,
es más, supone la caída de la humanidad en el Averno de los
totalitarismos, donde todo es llanto y crujir de dientes, y cosas
peores aún: el Terror de Robespierre y Saint Just y el Gulag de
Stalin. A eso se llega, inevitablemente -Ratzinger dixit- si el
hombre, en sus relaciones con la naturaleza y con los demás hombres
(ciencia y política), se comporta como si Dios no existiera, es
decir, si toma en serio la propuesta de Grocio que salvó a Europa
de la autodestrucción de las guerras civiles de religión: Etsi Deus
non daretur. Precepto, por lo tanto, que es -históricamente
hablando- la única auténtica e indiscutible raíz de Europa.
Nada nuevo, se dirá. Extra ecclesiam nulla salus es la piedra
angular -desde hace siglos- de todas las exigencias "papistas".
Tales exigencias, sin embargo, llevaban varios decenios puestas en
sordina. La propia Iglesia parecía -no sin razón- avergonzarse de
su pasado "constantiniano" y de sus anatemas contra la ciencia, el
liberalismo, la democracia (dispuesta incluso a pedir perdón por
algunas cosas). No se citaba ya el Sílabo sino el Concilio Vaticano
II.
Desde entonces es como si hubiera pasado un siglo. Con el papa
Wojtyla primero, y con el papa Ratzinger ahora (que fue el más
estrecho colaborador de Wojtyla en la redacción de encíclicas
cruciales como Veritatis splendor y Fides et ratio) los contenidos
esenciales del Sílabo han vuelto a recobrar auge: la soberanía
pertenece a Dios, un Parlamento -democráticamente elegido por los
ciudadanos- que actúe contra la "ley natural" (por ejemplo con una
ley que autorice el aborto, aunque sea de forma limitada) se
convierte ipso facto en ilegítimo. Así lo manifestó Wojtyla en
Varsovia, solemne de furor y de cólera, contra el Parlamento polaco
(¡el primero libremente elegido tras medio siglo de comunismo!). El
aborto como "genocidio de nuestros días", como un nuevo holocausto.
Una mujer que escoge el drama del aborto es tan culpable como ! el
soldado de las SS que arroja a un niño judío al horno crematorio.
El mundo laico hizo como si no oyera o no comprendiera, subyugado
por la fascinación mediática.
Ahora, tal actitud no resulta ya posible. Para quien pretenda
buscar coartadas, el Papa alemán ha eliminado cualquier duda. O
Dios o la soberanía popular. No deben tomarse como exageraciones
polémicas. El razonamiento teológico-político de Joseph Ratzinger
es compacto, lineal y -en su lógica confesional y dogmática-
perfectamente coherente.
Veámoslo. La modernidad aspira a cimentar la existencia del hombre
en el binomio razón + libertad, autónomamente, prescindiendo del
Dios de la Iglesia. Pero de la "acción" del conocimiento (la
ciencia baconiana) se pasa inevitablemente a la "acción" de la
política, siguiendo una idea ilustrada de "progreso" como
"superación de todas las dependencias". Libertad ilimitada,
libertad perfecta "en la que el hombre se realiza hacia su
plenitud". Ya sabemos cómo acabó todo (Robespierre y Stalin) y
sabemos también por qué: el ateísmo como resultado de la
Ilustración.
Por lo tanto "es necesaria una autocrítica de la edad moderna" que
debe tener lugar "en diálogo con el cristianismo y con su
concepción de la esperanza". El eufemismo "diálogo" no nos debe
llevar a engaño: "sólo Dios puede crear justicia". Y, préstese
atención, "no un dios cualquiera, sino ese Dios que posee un rostro
humano y que nos ha amado hasta el final". El Dios/Jesucristo de la
Iglesia jerárquica, de la Verdad consignada en los concilios de
Nicea y Calcedonia, como ha sido remachado por el Papa alemán en su
reciente libro best-seller.
Pero tal "concepción de la esperanza", según la encíclica, equivale
ni más ni menos que a la certeza de la fe. El mundo, y en especial
el Occidente que ha surgido de la modernidad, sólo puede escapar
del estigma de la desesperación a través de "la apertura de la
razón a las fuerzas redentoras de la fe, al discernimiento entre el
bien y el mal". Obviando las perífrasis, pensando y actuando con
obediencia a la moral católica. De la vida a la muerte, siguiendo
todas las etapas de la sexualidad, y sin olvidar la investigación
científica. Células estaminales, aborto, contraceptivos,
institución matrimonial, educación escolar, interpretación del
darwinismo, terapias del dolor, eutanasia: todo debe obedecer a la
"ley natural", sinónimo puro y llano de la voluntad confesional de
la Iglesia jerárquica.
Desde un punto de vista cultural, bastaría con responder al Papa
teólogo que la modernidad, para empezar, no es fundamentalmente,
como él pretende hacernos creer, Terror y Gulag, porque de las tres
revoluciones "burguesas", de Cromwell, de los girondinos, de
Jefferson, nació una forma de convivencia extraordinaria, hasta
entonces desdeñada como utopía, la democracia liberal (cuyos
principios pisotean, con demasiada frecuencia, los establishment de
Occidente en sus acciones cotidianas). Y que Nietzsche y Marx, por
no hablar de Bacon y de los ilustrados, no se parecen en absoluto
al prontuario paródico pregonado en la Spe salvi.
Pero Joseph Ratzinger, a pesar de los indudables y prepotentes
artificios académicos que animan su pluma, es un hombre de poder lo
suficientemente desencantado como para saber que el peso de una
encíclica no depende de su claudicante aleación cultural.
De ésta proporcionó, por lo tanto, una auténtica interpretación
política al día siguiente, hablando frente a los representantes de
las organizaciones humanitarias no gubernamentales (ONG) de matriz
católica, al acusar a diversas agencias de la ONU de "lógica
relativista" que niega "ciudadanía a la verdad acerca del hombre y
de su dignidad, así como a la posibilidad de una acción ética
fundada en el reconocimiento de la ley moral natural". A tal
tendencia es necesario oponer los "principios éticos no
negociables" de los que la Iglesia es depositaria.
Como puede verse, con su outing contra la ilustración y el
autos-nomos democrático, el papa Ratzinger se postula
explícitamente para el liderazgo mundial del fundamentalismo
religioso, el no terrorista, obviamente. Su próxima intervención
ante las Naciones Unidas, prevista para el 18 de diciembre,
constituirá el acto oficial y solemne de todo ello. Confiemos en
que, al menos ese día, "quien tenga oídos para oír, que oiga".
(*)
Paolo Flores d'Arcais es filósofo y director de la revista
MicroMega. Su última obra publicada en español es El soberano y el
disidente, Ed. Montesinos, 2006. Traducción de Carlos Gumpert.
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