Palabra de Antígona
Violencia Estructural
Por Sara Lovera López*
México, DF; 27 nov 07 (CIMAC)
El 25 de noviembre de cada año,
hace más de
dos décadas se realiza en todo el mundo una jornada de denuncia y
reflexión
sobre el significado de la violencia específica contra las mujeres,
cuyas
causas generadoras --y todas sus aristas, características y
consecuencias-- han sido estudiadas, diagnosticadas y documentadas
profusamente.
En 2007 lo sabemos casi todo. Millones de cuartillas han sido
escritas; se
conoce la estadística, se han clasificado los tipos de violencia
física,
psicológica y sexual. Hablamos ya del contexto, por época,
geográfico,
socioeconómico y criminal.
Hemos desglosado desde hace 20 años la geografía del feminicidio;
se
conceptualiza y se difunde qué hacer. Hemos clasificado cada ámbito
donde
se desencadena el horror y la negligencia.
Hay propuestas muchas y diversas; grupos, millones de voces se
indignan
cada jornada, como un eco.
Hasta la saciedad menudean los modelos de atención y prevención.
Los
Estados legislan todos los tipos penales relacionados con la
violencia de
género, cada sexenio se habla de planes y programas. Nos sigue
asombrando
cada nuevo dato, la constatación de este flagelo.
Ahí está, pertinaz, nos lacera, nos hiere saber que la violencia
específica, precisa, tremenda y dirigida, logra mediatizar el
desarrollo y
la libertad de millones de mujeres en todo el mundo.
La pregunta es, todavía entre algunos grupos y científicos, qué la
genera y
por qué se hace casi imposible pararla y disminuirla.
Parece a estas alturas ofensivo o cínico reconocer que una mujer de
cada 3
en el mundo la sufre. Se ha demostrado que hay impunidad y no hay
justicia.
Se explica de qué se trata. Se plantean salidas que parecen no
escuchadas.
Se realizan campañas costosas por medios de comunicación intensas
cada
noviembre.
La violencia contra las mujeres, me parece, está ligada a la
violencia
estructural de regímenes autoritarios, antidemocráticos y
dictatoriales, en
que los seres humanos hemos sido simplificados, reducidos en el
sistema de
mercado y consumo, donde el intercambio se efectúa en medio del
conflicto
cotidiano.
CALDO DE CULTIVO
En México la violencia contra las mujeres no puede verse al margen
del
contexto político y social. No puede reducirse a una explicación
simplista
de marginación y pobreza en un estado de desigualdad. No. Tiene que
analizarse en el contexto más amplio de autodestrucción humana,
donde no
alcanza una ley, o una medida temporal, como un plan, un programa o
un
reglamento.
La violencia contra las mujeres tiene su caldo de cultivo en un
Estado
donde no existe la gobernabilidad, ni confianza, donde el
capitalismo
salvaje mina día a día las relaciones sociales, de pareja, en el
espacio
público y privado.
Para parar la violencia que afecta al 67 por ciento de las
mexicanas, que
lleva a la muerte violenta a miles de mujeres, la violencia que es
la
segunda causa de muerte en mujeres de 15 a 29 años, según el
informe de
2006 del Consejo Nacional de Población, es necesario dejar de
hablar y de
dar nuevas explicaciones conceptuales, para actuar.
Y la jornada de 16 días, del 25 de noviembre al 10 de diciembre,
que han
promovido las feministas y no los órganos oficiales, debe
convertirse en
una cruzada comprometida y real. Porque es claro que los gobiernos
mienten,
que mienten los académicos, que ya no podemos seguir parchando
leyes que no
se cumplen por la ausencia de un Estado de Derecho.
Actuar es entre otras cosas organizar a las mujeres para cambiar
integralmente los medios de comunicación, el discurso del
conocimiento en
las escuelas donde se anida la agresividad y la competencia;
cambiar las
bases del desarrollo, cambiar la estructura de poder para
transformar la
economía.
Y si eso parece utópico, al menos hay que propiciar la honestidad
intelectual y denunciar que hay simulación oficial.
No podemos admitir en estos días que las voces oficiales se erijan
en
jueces de lo que esas mismas voces propician y toleran.
Por ello es importante tomar nota, cuidadosamente, de los discursos
vacíos
de quienes representan a ilegales autoridades; no se puede confiar
la
felicidad de las mujeres a quienes hacen política o se aprovechan
de su
supuesta autoridad intelectual para medrar económicamente con el
dolor y la
vida de las mujeres.
Estos días oiremos muchos discursos y promesas, anuncios de luchas
que se
diluyen en la tinta y el papel, sin verdaderos resultados.
Lo cierto es que la violencia estructural, sobre la que se ha
instalado la
administración pública federal, no puede, no podrá amainar este
flagelo que
parece no tener fin. Y saberlo ayuda para tomar decisiones claras.
No se
puede denunciar y ser cómplice de los tiranos.
¿Quién cree que la administración ahora sí tendrá voluntad
política, si
está erigido en un fraude? ¿Quién puede dialogar con la
administración cuya
divisa es el militarismo? ¿Quién?, mientras todo conspira contra la
población.
* Periodista y feminista mexicana, fue reportera en los periódicos
El Día,
unomásuno, La Jornada y directora del suplemento Doble Jornada,
directora
fundadora de Comunicación e Información de la Mujer, AC (CIMAC).
|