Razones
Para Xande
Hay muchas razones por las que nosotros podemos considerar que los
derechos sexuales y los derechos reproductivos no son algo que nos
concierna. Nosotros –cualquiera que sea el nombre que nos reúna en
ese “nosotros”, hombres trans, transexuales de mujer a varón, ftms,
hombres con disforia de género…-sabemos mejor que nadie cuán arduo
es el camino de nuestra propia masculinidad. Sabemos, mejor que
nadie, cuáles y cuántas son las dificultades que enfrentamos cada
vez que intentamos afirmar nuestros derechos –el derecho a
sentirnos a gusto con nuestro propio cuerpo, a transformarlo o a no
transformarlo; el derecho a ser reconocidos como hombres en
nuestras familias y nuestros trabajos, el derecho mismo a trabajar,
a vivir bajo un nombre que podamos llamar nuestro, a que nuestra
identificación diga que somos hombres. Y sabemos también qué tan
poco espacio existe, en la política y en la vida, para
reivindicaciones como las nuestras –tan poco espacio y, tantas
veces, un espacio tan hostil.
Y sin embargo, hoy, ahora, voy a insistir. Hay demasiadas razones
por las que nosotros debemos considerar que los derechos sexuales y
los derechos reproductivos son algo que nos concierne.
Aceptémoslo. El hombre que somos vino al mundo con un cuerpo que no
se parece al del común de los hombres. Muchos de nosotros lo
modificamos, total o parcialmente; otros lo resignificamos. Algunos
lo odiamos por completo; otros aprendemos a convivir con él; otros
más lo disfrutamos, a veces con amargura, pero lo disfrutamos. Como
sea, ese es nuestro cuerpo, y todo lo que podamos ser depende de
ese cuerpo con el que nacimos y que, transformado o no, nos
sostendrá hasta el final. Es un cuerpo que, debemos reconocerlo,
nos vuelve muchas veces vulnerables. Aquello que somos parece
atraer la violencia a muchas vidas como las nuestras –hay más
hombres como nosotros que han sufrido violaciones de los que
podamos imaginar. Algunas de esas violaciones han resultado en
embarazos forzados. Es así. Somos hombres, y esa es una realidad
que nos toca, que les ha tocado a otros como nosotros, y que
debemos enfrentar unidos.
Somos una comunidad diversa. Muchos nos relacionábamos sexualmente
con mujeres antes de saber que éramos hombres; muchos lo seguimos
haciendo después. Muchos nos relacionábamos con hombres en la
prehistoria de nuestra vida como hombres; muchos lo seguimos
haciendo después. Muchos nos hemos enamorado de travestis, de
mujeres trans, de otros como nosotros, y ell* también han
compartido nuestra cama, y nosotros las suyas. Nuestra masculinidad
nunca ha dependido de quién nos desea. Tampoco ha dependido nunca
de aquell*s a quienes deseamos. Nuestra hombría no ha dependido
nunca de lo que tocamos en el cuerpo de l*s otr*s. Y tampoco ha
dependido nunca de lo que l*s otr*s tocan en el nuestro. Muchos de
nosotros solo penetramos y jamás permitimos que la mano de nuestr*
compañer* nos recorra; muchos de nosotros invitamos las caricias y
las ansiamos. Muchos de nosotros penetramos y somos penetrados.
Muchos de nosotros habitamos un mundo donde los hombres no solo
pueden tener pija, sino también agujeros.
Nuestras familias son tan diversas como nosotros mismos. Muchos de
nosotros hemos adoptado como nuestros, legalmente o no, l*s hij*s
de nuestr*s compañer*s. Muchos de nosotros hemos parido nuestr*s
propi*s hij*s. Otros soñamos con un mundo donde los padres sean
capaces de dar a luz –un mundo donde “útero” no signifique “mujer”
u “hombre”, sino, simplemente, “capacidad para procrear”.
Las leyes que prohíben la realización de cirugías de modificación
corporal; los impedimientos que las vuelven casi imposibles allí
donde están permitidas; las exigencias legales de esterilización y
semejanza corporal que los Estados demandan como requisitos para
reconocernos como hombres; la violencia de género, que usa nuestra
vulnerabilidad corporal para castigarnos por nuestra masculinidad;
la hostilidad velada o manifiesta de los servicios de salud, que
nos vedan el acceso a controles médicos imprescindibles; el
silencio y la ignominia a las que parece condenarnos la sociedad en
la que nos rodea. Todo eso conspira, al mismo tiempo, contra esos
derechos humanos que, siendo innegablemente nuestros, nos afirman
como seres sexuales y dotados de capacidad reproductiva.
Y es cierto: muy poco, en las agendas de derechos sexuales y
derechos reproductivos parece hablar de nosotros. Cuando se habla
de esas agendas no parece haber espacio para aquellos de nosotros
que precisan una mastectomía para que “placer” tenga sentido en su
vida; tampoco parece haber espacio para aquellos de nosotros que
quieren, además de una faloplastia, el derecho a ser penetrados por
el lugar que más les guste. No hay espacio para las violaciones
basadas en la expresión de género y, ¡mucho menos! para la
afirmación de nuestro derecho al aborto. Abrir esos espacios es
nuestro trabajo. Es nuestro derecho. No se trata de algo extraño,
por completo ajeno a nuestro modo de ser hombres en el mundo –por
el contrario, forma parte ineludible de quienes somos.
Mauro Cabral
Observatorio “Violencia Institucional contra las Personas Trans”
Mulabi – Espacio Latinoamericano de Sexualidades y Derechos
micabral@fibertel.com.ar
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