¡Ay, mi niña!
Maria Luisa Lerer
RIMA
Nosotras parimos, nosotras decidimos. La vieja consigna feminista
cobra nueva
vigencia. Dueñas del poder de concebir, muchas exigen ahora el
derecho a parir como
quieran, más allá de la asistencia uniforme, impersonal y medicalizada de los
hospitales. Así se pare en España.
No es un grito ni un gemido ni un aullido. El lamento de una mujer
en las últimas
contracciones del parto no se parece a nada. Sale de las entrañas.
Acaba como
empieza. Intenso, profundo, sostenido. Como si no pudiese doler
menos ni más. Como
si fuera la vida en ello. Pilar Rubio lleva 40 minutos mugiendo de
esa manera cada
90, 60, 30 segundos.
Está en un cuarto en penumbra, sentada en un taburete semicircular
que la mantiene
en cuclillas a 40 centímetros del suelo y echada sobre su marido,
al que estruja las
manos en cada empujón. Enfrente, agachado a su altura, Antonio, el matrón. Un aura
de inminencia lo impregna todo. "¡Empuja, fuerte y seguido, como si
estuvieras en el
váter, que ya la tenemos!". Otro bramido sobrecogedor y ocurre. La
coronilla morena
que asomaba entre las piernas se escurre a las manos de Antonio y
surge de repente
el cuerpo de la pequeña Pilar.
-¡Ay, mi niña!
El suspiro exhausto y feliz de la madre segundos antes de que la
hija rompa a llorar
sobre su pecho certifica los hechos. El nacimiento de una ciudadana
española en el
hospital público La Inmaculada, en Huércal-Overa (Almería), a las
ocho menos diez de
la tarde del 15 de febrero de 2007. Uno de los casi medio millón de
partos que habrá
este año en España. Pero el de las dos Pilares ha sido un parto
particular.
Desde que empezó a "tener molestias" en su casa de Vera hasta que
ha visto la cara a
su bebé, el cuerpo de Pilar ha hecho solo el trabajo. Todo el
trabajo. Ha ido a
recoger a su hijo José al colegio. Ha comido unas patatas con
salchichas. Ha fregado
los platos. Ha dejado al crío con los abuelos y ha enfilado con su
marido a
Huércal-Overa con contracciones cada cinco minutos. Al ingresar,
con seis
centímetros de dilatación, las patatas se rebelan en vómito. Será
la única
incidencia en las tres horas escasas que tarda Pilar en parir sin
más soporte
técnico que las manos y la voz de Antonio Navarro. Un parto con
dolor, ya se ha
oído. Pero sin casi nada más. Un parto fisiológico. Natural.
Normal. ¿Y eso qué
tiene de particular? ¿Acaso no lo son todos?
El pasado 13 de agosto, Rosa Montero publicaba su columna en esta
revista bajo el
título El desastre de parir. Se trataba de una reflexión a
propósito del libro La
revolución del nacimiento (Granica, 2006), de Isabel Fernández del
Castillo. El
ensayo ilustra -y deplora- el catálogo de actuaciones médicas con
las que se aborda
protocolariamente la asistencia al parto en España. Un rosario de
actuaciones
rutinarias - rasurado genital y aplicación de un enema a la madre;
monitorización
inmovilizante de parturienta y feto durante la dilatación;
perfusión de oxitocina
para acelerar las contracciones; la obligación de parir tumbada
boca arriba, o la
realización sistemática de un corte en el periné- que, según la
doctrina de la
Organización Mundial de la Salud, no sólo son innecesarias de forma
general, sino
que pueden provocar más sufrimiento que seguridad a madre e hijo.
La embarazada, sostenía Montero citando a Del Castillo, no está
enferma. Su cuerpo
sabe parir. El creciente número de cesáreas -así acaba el 35% de
los partos en
clínicas privadas y el 21,5% en las públicas- en España sería el
colofón del
"círculo vicioso" de "estrés y dolor" que provoca la aplicación
indiscriminada de
unos protocolos basados en una "visión patológica, intervencionista
y jerárquica del
parto".
La respuesta de los lectores fue fulminante. Más de 200 correos
electrónicos y
cartas inundaron la redacción. Madres traumatizadas por la
asistencia
"intervencionista y deshumanizada" a su parto. Médicos y sanitarios
ofendidos
reivindicando su trabajo "por la seguridad de madres e hijos". Pero
también madres
satisfechas con la atención "técnica y humana" a su alumbramiento.
Y profesionales
-muchas matronas, algún ginecólogo- que, trabajando dentro del
sistema, abogaban por
un cambio. Montero había tocado una llaga.
Que tengas una hora corta, se desea a las embarazadas aludiendo a
los rigores del
parto. Un proceso fisiológico que se inicia con una serie de
contracciones in
crescendo hasta provocar 10 centímetros de dilatación en el cuello
del útero y
culmina con el alumbramiento del feto y la placenta. El trayecto de
12 centímetros
desde el claustro materno al exterior es el viaje más arriesgado de
la vida. Un
periplo de mucho más de una hora. Seis, doce, quince horas son
tiempos habituales
entre dilatación y expulsión. El dolor, los nervios, incluso el
miedo, son
consustanciales a la aventura de parir. Pero también la ilusión, la
alegría, incluso
la euforia. La experiencia es tan intensa que en muchas cenas de
cuarentones ellos
acaban contando sus milis y ellas sus partos. Y cada una lo cuenta
como le fue.
La web de la Asociación El Parto es Nuestro -www.elpartoesnuestro.es-
rebosa de
relatos de este tipo. "La página nació en 2002, cuando varias
mujeres traumatizadas
por una triste experiencia de parto nos encontramos en Internet y
decidimos intentar
cambiar las cosas", dice Francisca Fernández, de 39 años, abogada y
fundadora.
Francisca es madre de una niña de cuatro años nacida en un hospital
público, "el de
Móstoles, donde pisotearon mis derechos y los de mi hija", y de dos
gemelos que
parió en su casa, asistida por una matrona, en un parto "natural y
gozoso" elegido
-y pagado- por ella tras evaluar las alternativas.
Fernández y sus compañeras abogan porque eso, la libre elección
sobre la forma de
traer a sus hijos al mundo, sea "un derecho, y no un bien de
mercado o una lotería,
según el equipo que te toque". "Reivindicamos una mejor atención al
parto, un trato
más humano y respetuoso, que nosotras y nuestros hijos seamos los
protagonistas. Que
las mujeres tengan información y puedan decidir cómo quieren parir,
dejando de ser
objeto pasivo de intervenciones rutinarias. En definitiva, que se
respeten las
recomendaciones de la OMS".
Fernández se refiere al documento Tecnología apropiada para el
parto, contenido en
la Declaración de Fortaleza y publicado en Lancet en 1985. En él,
la OMS aboga por
un modelo de atención al parto sin más ayuda técnica que la precisa
en cada caso. Y
concluye: "Algunos países con la menor mortalidad perinatal tienen
menos de un 10%
de cesáreas. No puede justificarse que ninguno tenga más de un
10%-15%".
El profesor José Manuel Bajo Arenas es, como presidente de la
Sociedad Española de
Ginecología y Obstetricia (SEGO), el encargado de legislar los
aspectos médicos de
la atención al parto en España. Es un hombre vehemente. No admite
tirones de orejas.
Ni siquiera de la OMS. "La culpa de que se hagan esas cesáreas es
de la demanda. En
un doble sentido. Los obstetras somos, después de los plásticos,
los médicos que más
demandas recibimos. Los padres no aceptan que un mal resultado
pueda no ser culpa
del médico. Entonces, pocos se arriesgan a partear un parto duro
-unas nalgas, un
fórceps- por abajo y van a la cesárea. Pero es que hay otra
demanda. Se habla mucho
de las que quieren parto natural, pero no de las que, cada vez más,
vienen pidiendo
una cesárea. Porque no quieren parir, porque es rápida y segura.
Por lo que sea,
pero la piden. La Ley de Autonomía del Paciente las ampara, y si un
ginecólogo no se
la hace, se van a otro. Ahí tiene usted las causas de las cesáreas.
Y vamos a más.
En Estados Unidos están en el 50%, y nosotros llegaremos. La
obstetricia se acaba".
La calidad de la atención al parto se mide, según Bajo Arenas, en
seguridad. "Desde
que se estandarizó el parto hospitalario se ha mejorado
espectacularmente. Se ha
pasado del 30 por mil de mortalidad perinatal en los años sesenta
al siete por mil
actual. Y de las dos mujeres cada 100 que morían pariendo en casa a
principios del
siglo XX, a una sola muerte por cada 17.000 partos que se atienden
ahora en el
hospital. En África hoy muere una mujer por cada 90 partos".
Eso, respecto a la cuenta de resultados. En cuanto a los
procedimientos, Bajo remite
a las Recomendaciones para la organización de un servicio de
obstetricia y
ginecología, un documento editado por la SEGO bajo su mandato.
"Hemos adoptado las
recomendaciones de la OMS que nos parecen razonables. Decimos que
el rasurado y el
enema no son necesarios, que la estimulación con oxitocina no debe
ser sistemática.
Que se deje caminar a la mujer en la dilatación, que la postura de
parto sea libre y
que no se haga episiotomía rutinariamente. Mírelo usted: no voy a
defenderme de
cosas que no son ciertas". La última revisión del manual, en 2005,
recoge
efectivamente los cambios. Pero ¿se aplican en los paritorios?
"Nuestro documento es
taxativo, pero no me puedo hacer responsable de lo que cada uno
haga en su hospital.
Eso es como decir que está prohibido robar, y hay gente que roba".
El tono de Bajo Arenas revela cierto mar de fondo insólito en una
institución
supuestamente sosegada como una sociedad científica. "Sí", admite,
"nos sentimos
atacados por quienes dicen que la asistencia al parto en España es
deplorable.
Estadísticamente, entre un 20% y un 30% de los embarazos son de
riesgo, pero eso no
quiere decir que el otro 70% u 80% no los puedan tener. Nunca se
puede saber a
priori cuándo un parto va a ser normal. Un parto es una situación
de riesgo
potencialmente mortal para la madre y el niño, y quien no sepa eso
es que no ha
visto parir en su vida. Todos se pueden complicar, y hay que tener
los instrumentos
adecuados al alcance. Medios técnicos. Un quirófano. Se trata de
preservar la vida
materna y la del niño, y eso sólo se logra en un hospital".
Es entonces, cuando se le menciona el caso de otros países -como
Holanda- con
excelentes indicadores de morbimortalidad y que promueven y
sufragan la asistencia
domiciliaria al parto normal a cargo de matronas especializadas,
cuando el profesor
estalla:
- Ya estamos con eso. Los holandeses lo hacen. ¡Pues mal hecho! Aquí
es inviable. Una
mujer en riesgo trasladada de urgencia en medio de un atasco es una
temeridad
inasumible.
El debate se ha venido larvando durante años y empieza a desbordar
el ámbito de los
paritorios o los hogares. No hay alarma social. No hay
manifestaciones ni grandes
titulares -"la mayoría de las mujeres no protesta, se conforma con
tener a sus niños
sanos y se calla el mal trago", dice Francisca Fernández-, pero
algo se mueve en las
maternidades españolas. Y la presión de grupos de mujeres como El
Parto es Nuestro
es sólo una de las partes implicadas.
El Observatorio de Salud de la Mujer, dependiente del Ministerio de
Sanidad, ha
tomado cartas en el asunto. Su directora, Concha Colomer, cree que
la atención al
parto "es buena respecto a los indicadores habituales de morbimortalidad, pero se
puede mejorar". ¿Cómo? "Humanizándola. Disminuyendo prácticas no
necesarias y
favoreciendo la participación de la mujer". Consciente de que los
cambios "no se
pueden imponer", Colomer ha impulsado un proceso de debate e ideas
para promover una
"red de buenas prácticas" que "prediquen con el ejemplo y
demuestren que se puede
mejorar la calidad humana de la atención sin que los índices se
resientan". "Hasta
hoy ha primado la seguridad, ahora aspiramos a la calidad".
La Federación de Asociaciones de Matronas de España (FAME) agrupa a
muchas de las
6.000 profesionales -tituladas después de tres años de Enfermería y
dos de
especialización- cualificadas para asistir partos normales. Ellas
son las que bregan
con las parturientas en los paritorios públicos. No tanto en los
privados, donde las
embarazadas exigen -y pagan- la presencia de un ginecólogo en su
parto. Su
presidenta, Dolors Costa, confirma "la movida".
"Las matronas estamos muy concienciadas. Nuestra tendencia es
favorecer el parto
fisiológico. Dejarlo progresar sin prisas y sólo intervenir con
otros medios en caso
necesario". La FAME, algunas de cuyas integrantes aplican sus
convicciones -"hacemos
partos naturales si la mujer lo pide, en el turno de noche, cuando
no están los
jefes de servicio", dicen algunas-, ha pasado a la acción. Va a
publicar un
protocolo para la asistencia natural al parto normal. Será su
"contribución" a una
"deseable adaptación de los hospitales para albergar un espacio de
parto natural
donde las mujeres que lo deseen puedan sentirse como en casa, y dar
a luz de forma
fisiológica, pero con la infraestructura hospitalaria al lado".
Algo así como lo que ocurre en el hospital de Huércal-Overa, donde
la recién parida
Pilar Rubio trata de que su hija se le enganche a la teta. Fueron
las matronas las
que, ya en 1987, "enseñaron" al nuevo jefe de obstetricia, Longinos
Aceituno, que se
"podía parir con igual seguridad" dejando a la mujer "su tiempo y
su espacio" que
con todo el arsenal técnico y farmacológico que el doctor había
aprendido en la
residencia.
Desde entonces, en Huércal-Overa se pare como lo ha hecho Pilar. En
la cama, en la
silla o en el potro obstétrico, dependiendo de la evolución y las
preferencias de la
embarazada. Con oxitocina, epidural, paritorio y quirófano a mano.
Pero sólo si la
mujer lo pide o lo precisa. Coordinador del Proceso de Embarazo,
Parto y Puerperio
del Servicio Andaluz de Salud, Aceituno recorre los hospitales de
su comunidad y es
el primero en constatar la reticencia de sus colegas a los cambios.
"Yo he podido
introducirlos porque soy el jefe, pero en muchos sitios prima la
inercia. Por varias
razones. Está el miedo a las demandas, claro. Lo primero que hace
un juez es tirar
de protocolo, y si tú no pones un enema y hay una infección, por
ejemplo, te va a
preguntar por qué no lo pusiste". Una mezcla de inseguridad ante
las dificultades e
inquietud ante una posible pérdida de influencia -y poder- de los
obstetras a favor
de las matronas en los hospitales podría explicar el no de los más
reacios.
Consuelo Català se "congratula" de estas iniciativas "y otras",
como el hospital
Clínico de Barcelona, o el de Santa Caterina, en Girona, o la casa
de partos que
acaba de aprobar el Gobierno balear en Palma, pero cree que "no
bastan".
Català, buena conocedora de los ambientes sanitarios -es enfermera,
y su marido,
Enrique Lebrero, es obstetra y dirige la clínica Acuario, en
Alicante, especializada
en parto natural-, es diputada socialista en las Cortes
Valencianas. Lleva 20 años
"luchando por los derechos de la madre y el niño en el nacimiento",
y cree que éste
es el momento de cambiar el sistema. "Algunas comunidades han
legislado sobre la
oferta de parto natural, pero luego no se concretan si no se
implican los
profesionales. Hay que dejar claro que no se trata de una guerra
gremial. Ni de
obligar a nadie a parir de una forma determinada. No hay que
renunciar a nada. Ni a
la epidural, ni a la técnica, ni al quirófano, si hace falta. Se
trata de crear
unidades de parto natural en los hospitales, de informar a las
mujeres sobre las
distintas alternativas y dejarlas que decidan. La oferta generaría
la demanda".
Català, como Costa, como Lebrero, es realista. Y consciente de que
lo de "parto
natural" puede sonar a tortura china a una generación habituada a
pedir la epidural
antes de ver la marca roja en el Predictor. "Lo que no saben,
porque no se les dice,
es que mucho del dolor de un parto medicalizado lo provocan los
protocolos
innecesarios. La oxitocina acelera artificialmente las
contracciones. La
monitorización constante impide dilatar moviéndose. Y con los
nervios y el estrés
piden la epidural a gritos. Pero un parto natural, con tu pareja, a
tu ritmo, con
sólo la ayuda que tú demandes, puede ser una vivencia maravillosa.
Intensa y
salvaje. Como un orgasmo. Sí", dice Lebrero, "el parto es sexy".
En España, hace poco más de medio siglo, sólo parían en el hospital
las pobres de
solemnidad. "La hospitalización empezó por las madres solteras,
para las que se
crearon unas maternidades a finales del siglo XIX. Pero la gente
paría en casa,
atendida por una matrona. Las ricas pagaban a un tocólogo que las
atendía a
domicilio. No fue hasta entrados los años cincuenta cuando se
generalizó la atención
hospitalaria". José Antonio Usandizaga, de 78 años, es autor del
primer volumen de
la Historia de la ginecología y obstetricia española (SEGO). Bajo
su dirección como
jefe del servicio de obstetricia del hospital La Paz nacieron más
de medio millón de
madrileños. El baby-boom. Entre 70 y 80 partos diarios, con días de
100. El doctor
Usandizaga recuerda la monitorización fetal y la aplicación de
oxitocina para
regular el parto como grandes hitos técnicos de su época. Los que
"permitieron tener
muy controlados a la parturienta y al feto, detectar precozmente el
sufrimiento
fetal y aumentar espectacularmente la seguridad". La aplicación
sistemática de esas
técnicas se vivió ?Usandizaga se jubiló en 1998? como una "gran
tranquilidad para
médicos y mujeres".
Así nacieron las embarazadas de ahora. Las que quieren decidir cómo
parir. Algo
ocurrió en algún momento entre 1990 y 2000. El INE llevaba años
constatando la caída
de la natalidad. Las mujeres tenían menos hijos, más tarde. Y ya se
sabe que lo raro
vende. El embarazo, un estado transitorio cuyas consecuencias en la
imagen muchas
trataban de minimizar, cuando no de ocultar, se convirtió en
tendencia. Las firmas
premamá empezaron a contratar a modelos embarazadas. Mujeres reales
con tripas de
verdad. La barriga era bella. La industria pasó de camuflar el
vientre gestante bajo
informes túnicas a exhibirlo con ajustados modelos que pregonaban
al mundo: sí,
estoy preñada.
Quizá sea cosa de la edad. Las primíparas no son ya veinteañeras
inexpertas, como
muchas de sus madres. Son mujeres hechas y derechas. Treintañeras,
incluso
cuarentonas. Universitarias, trabajadoras. Independientes, con
ideas propias. Dueñas
del poder de concebir cuándo y cómo quieren que empiezan a
reivindicar parir como
desean.
Como Aitana Sánchez-Gijón e Icíar Bollaín, que coincidieron en sus
respectivos
segundos partos en Acuario. Aitana, para sentirse "como mujer, con
capacidad de dar
a luz, dueña de mi parto, sin intromisiones, sin estrés añadido,
haciendo lo que me
pedía el cuerpo, y no atada a un potro antinatura. Y sí con dolor.
Pero un dolor
natural que estás preparada para soportar. Transitar por ese dolor,
vivirlo
conscientemente, es un privilegio, y me ha hecho más fuerte". Icíar,
para vivir un
parto "suyo" después de un primero "frustrante" en el hospital de
La Concepción de
Madrid.
Pero también como Remedios Calero, que acaba de parir a Sofía en la
clínica privada
Belén de Madrid y está "encantada" con su parto programado: "Así he
podido venir
tranquila y dejarlo todo organizado". O como Ana Urías, feliz con
sus gemelos tras
una cesárea en La Paz: "No quiero protagonismo, lo importante es la
seguridad". O
como Conchi, que ha pagado 1.900 euros a una matrona para tener a
Darío en su casa.
O como Paz Vega, que ha hecho casting de ginecólogos antes de
decidirse por la
clínica Ruber Internacional. La misma donde vino al mundo, mediante
cesárea, Leonor
de Borbón Ortiz, heredera del heredero de la Corona, y donde nacerá
pronto su
hermana pequeña.
Mientras tanto, media hora después de parir, a Pilar Rubio le han
traído la cena.
Sopa, merluza y flan. Huelen bien. Pero ahí se quedan: "Aún me
estoy acordando de
las patatas con salchichas".
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