La moral revolucionaria
Las/12
01 diciembre 2006
difundido por RIMA - Red Informativa de Mujeres de Argentina
La penalización del aborto terapéutico en Nicaragua –práctica legal
desde 1830 hasta este mismo año–, justo en el momento en que el
Frente Sandinista volvía a ser gobierno, abre la pregunta sobre
cuál
es la relación entre la izquierda y las luchas de mujeres en un
continente que se supone está dando un giro hacia el lado rojo
aunque los mismos gobiernos que dan el volantazo siguen mostrándose
débiles a las presiones de la Iglesia Católica.
Por Verónica Gago
La izquierda política siempre ha tenido una relación compleja con
las luchas de las mujeres: muchas veces ese vínculo se traduce en
instrumentalización y neutralización política. Las estrategias son
muchas: reducir las batallas de las mujeres a un "tema" entre
tantos
otros, sectorializar y jerarquizarlas (la famosa "rama" femenina)
con un sistema de rangos que hace que los objetivos a conquistar
por
las mujeres no sean lo prioritario de ningún programa político,
simplificar lo que se reclama o defiende a una cuestión de cuotas
(cupos y reparto de cargos como único concepto de igualdad de
oportunidades), marginar los espacios donde lo personal es político
(sexualidad, soberanía del cuerpo, placer, etc.) o invisibilizar la
economía doméstica e informal en la que la presencia femenina es
mayoritaria. Más complejas aún son las condiciones de las
mujeres "dentro" de la izquierda misma, donde, por ausencia de
autonomía organizativa, las figuras de la "pareja de" o el rol de
bastión logístico y organizativo pero enmudecido, abundan.
Sin embargo, no deja de suponerse que la llegada al poder de
gobiernos a los que se les atribuye un perfil de izquierda –más o
menos lavado, según los casos– puede representar un avance, o por
lo
menos una posibilidad de avance, para ciertas luchas emblemáticas
de
las mujeres. El caso de la reciente campaña electoral en Nicaragua
y
el triunfo del ex sandinista Daniel Ortega revela una situación
dramáticamente contraria: la penalización del aborto terapéutico
(contemplado en el Código Penal de ese país desde la Revolución
Liberal de 1893) se convirtió en una bandera electoral defendida
por
todo el arco político y finalmente el artículo que legalizaba la
interrupción del embarazo fue derogado por mayoría en la Asamblea,
gracias a un acuerdo entre el derechista y saliente Partido Liberal
Constitucionalista (PLC) y el flamante ganador de las elecciones,
el
Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), al que se sumó
también la Alianza Liberal Nicaragüense (ALN). A partir de esta
reforma del Código Penal, la campaña conservadora de la Iglesia
Católica ha ganado la disputa en Nicaragua gracias a que todos los
partidos políticos se alinearon para hacer del cuerpo de las
mujeres
un botín electoral: a partir de ahora, quienes practiquen el aborto
terapéutico (según las estadísticas, se realizaban más de dos mil
por año) tendrán un castigo de cuatro a ocho años de prisión.
En un momento en que en América latina no deja de hablarse de una
ola de gobiernos progresistas o, incluso, de un "giro a la
izquierda" de la región, no está de más preguntarse nuevamente por
esa relación entre izquierda y feminismos.
El fantasma de una revolución
"Dramático es que parte de lo que fue la conducción de la
revolución
popular de 1979 hoy llegue al poder y en muchos lugares del mundo
se
crea que conservan algo de los valores de entonces. En Nicaragua
está claro que quienes se supone que podían ser los más
progresistas
en relación a lo que hicieron en los años '70 terminan siendo los
autores de las políticas más reaccionarias", sintetiza desde
Managua
la ex comandante sandinista Mónica Baltodano, la única mujer que
integró el alto mando del frente interno que derrocó al dictador
Somoza. Baltodano, quien además dirigió las tomas de Jinotepe, San
Marcos y Granada –donde el coronel que encabezaba las tropas
derrotadas pidió a la dirección insurreccional que pusiera a un
hombre a aceptar la rendición para no pasar por la "vergüenza" de
hacerlo ante una mujer–, es enfática: "Ortega sacó un 37% de los
votos con maniobras oscuras, por lo cual tiene mucha inseguridad
para gobernar. Esto lo hace aún más conservador y excesivamente
esforzado para quedar bien con los banqueros, la Iglesia y los
Estados Unidos. La derogación del aborto señala una situación de
retroceso brutal en el marco general de una fuerza política que
tiene que dar más muestras de compromiso a los sectores
reaccionarios que cualquier fuerza de derecha que llegara al
poder".
La ex comandante insiste en que el caso de Nicaragua es aún más
particular que el resto de los países latinoamericanos donde se
habla de gobiernos progresistas porque se tiene en las espaldas la
experiencia revolucionaria. La ex comandante, junto a diferentes
líderes sandinistas, se han reagrupado ahora en el MRS (Movimiento
de Rescate del Sandinismo): "En las condiciones actuales no puede
haber luchas de izquierda que no reivindiquen las luchas de mujeres
–aclara–. El movimiento de mujeres que se incorporó al MRS, por
ejemplo, fue el que le dio un perfil diferente a esta organización
partidaria y fue nuestro trabajo territorial con compañeras el que
nos permite reaccionar ahora ante la derogación del aborto
terapéutico".
Sofía Montenegro, también ex combatiente sandinista y una de las
actuales dirigentes del Movimiento Autónomo de Mujeres (MAM) de
Nicaragua, advierte que esa organización se ha decidido a
desconocer
al gobierno de Ortega y a declararse en estado de "desobediencia
civil": "Al actual FSLN no lo consideramos de izquierda a pesar de
su pasado revolucionario, porque entonces su programa incluía la
emancipación de la mujer, por lo que nosotras nos acercamos al
sandinismo. Hoy es un partido reaccionario privatizado por la
familia de Ortega-Murillo (esposa de Ortega), que se han mostrado
como `cristianos renacidos': se casaron por iglesia y bautizaron a
todos sus hijos". El MAM coordinó una poderosa contracampaña a la
penalización del aborto terapéutico con el lema No votes asesinos
de
mujeres, denunciando a todos los políticos y en particular a
Ortega,
quien antes de las elecciones ya había pactado el clásico
concordato
con la Iglesia al que han adherido los gobiernos derechistas de las
últimas décadas: "Esto supone negociar los cargos de los
ministerios
de Salud y Educación y la Secretaría de la mujer. Ortega incluso
habló de crear un ministerio de asuntos religiosos, lo cual es
absurdo en un país laico", señala Montenegro.
Un dato fundamental que las dos entrevistadas recuerdan: el electo
presidente de Nicaragua tiene en su haber la acusación de abuso
sexual que en 1998 le hizo su hija adoptiva Zoilamérica Narváez
(hija de Rosario Murillo, esposa de Ortega). En un reciente
artículo, la también ex militante sandinista y escritora feminista
Gioconda Belli relata el impacto de este episodio en la última
campaña: "... (Ortega) se ha extendido a la censura de algunos de
los argumentos de más peso que existen en su contra. Me refiero
específicamente al caso de las amenazas de que fue objeto el canal
10 de televisión, si es que se atrevía a transmitir la entrevista
que Zoilamérica Narváez, la hija de Ortega, brindó a Univisión y
donde ésta volvía a sacar a colación el abuso sexual de que fue
objeto por parte de Ortega cuando aún era una niña y durante su
adolescencia y más allá. Daniel Ortega no tendría que haber usado
las acciones que el FSLN tiene en el canal 10, ni el temor que
inspira su estructura en más de alguno, para evitar la transmisión
de la entrevista de Zoilamérica.(...) Lo cierto es que las
acusaciones de Zoilamérica son muy serias, y sólo en un país
machista y acostumbrado a la enfermedad del olvido es concebible
incluso que alguien, reformado o no, de un comportamiento de esta
índole, pueda aspirar a ser presidente".
Historia de la sexualidad
La incógnita de qué significa la llegada al poder de líderes que se
consideran de izquierda o que se embanderan en una retórica
progresista se expande a todo el continente. Después de más de una
década de neoliberalismo puro y duro, se habló de una "nueva ola"
de
gobiernos populares ya que en buena medida muchos llegaban al poder
luego de fuertes revueltas sociales.
Gabriela Leite, una de las organizadoras del movimiento de
prostitutas en Brasil y secretaria general de la ONG Davida de Río
de Janeiro, explica –en diálogo con Las 12– su posición ante el
gobierno de Lula: "Nosotras como prostitutas trabajamos cerca y
lejos del gobierno, porque al mismo tiempo que tenemos relaciones
con el Ministerio de Salud por los programas de sida, el Ministerio
de Justicia trabaja sobre el tema de tráfico de mujeres sin hablar
con nosotras, que somos las principales afectadas, y la Secretaría
Nacional de la Mujer se la pasa hablando de la mujer como víctima y
nunca nos preguntó qué pensamos nosotras al respecto. Entonces,
creo
que hay contradicciones aunque en algunos espacios hay más
posibilidades de diálogo. El caso concreto es nuestra posibilidad
de
intervenir en los programas nacionales de sida, donde avanzamos
muchísimo, porque hasta ahora las políticas públicas para las
prostitutas siempre fueron pensadas y hechas por otros, que decían
qué era lo mejor para nosotras; ahora somos nosotras las que
decidimos qué hacer con un alcance sobre la mayoría de las
prostitutas de Brasil. Claro que esto no fue fácil porque somos
mujeres prostitutas y esto para la izquierda siempre fue
problemático". Tal vez el moralismo de la izquierda –que es siempre
un doble discurso– sea otra de las caras imposibles de esta
relación. Agrega Leite: "La izquierda tiene una visión marxista y
economicista sobre qué es la prostitución, por eso siempre pensó
que
éramos víctimas, pobrecitas que no tuvimos otra oportunidad de
trabajo. Creo que esta idea se debe a que la izquierda nunca
trabajó
la historia de la sexualidad porque no consideran que eso sea una
discusión política".
Alianzas prohibidad
Patsilí Toledo, abogada chilena y miembro de la Corporación Humanas
(Centro Regional de Derechos Humanos y Justicia de Género), relata
que una de las propuestas de campaña de la socialista Michelle
Bachelet –y que en buena medida atrajo el apoyo de varias
corrientes
feministas– fue el sistema paritario de reparto de cargos. Sin
embargo, aclara, "hoy se aplica sólo a los cargos que dependen de
su
decisión y no se ha convertido en norma, por lo tanto está sometido
a las presiones que pueda tener". Sin negar cierto "impacto
simbólico" de que cada vez haya más rostros femeninos vinculados a
la política, Toledo aclara que "el gobierno de Bachelet le teme
mucho a la derecha y por eso busca la alianza permanente con esos
sectores. Se cuida de no tensionar ningún tema, especialmente los
que se llaman `valóricos', y se evita así cualquier debate". La
semana pasada se presentó en Chile un proyecto para restituir el
aborto terapéutico (derogado por Pinochet, después de estar vigente
desde los años '30) y para permitir el aborto voluntario en las
primeras doce semanas. La propuesta se declaró
directamente "inadmisible" en el Congreso: "Fue decirnos bien
claro `de esto ni siquiera vamos a hablar' –señala Toledo–. La
coalición de `legisladores por la vida' que hizo la declaración
agrupa desde la derecha a la pseudoizquierda y Bachelet no dijo una
palabra al respecto". La excusa comentada en voz baja es que la
Democracia Cristiana amenaza con romper la coalición de gobierno si
Bachelet hace algún gesto a favor de este tipo de iniciativas. A
pesar de presiones en su contra, la ministra de Salud logró que se
apruebe la entrega de anticonceptivos de emergencia a menores; sin
embargo, la medida generó muchas reacciones: desde impugnaciones
judiciales que fracasaron hasta la desaparición de esos
anticonceptivos del mercado.
Bolivia: Muchas mujeres, menos
reivindicaciones
En Bolivia, Evo Morales inauguró su ministerio dando cuatro
carteras
(Interior, Justicia, Salud y Desarrollo Económico) a mujeres; una
de
ellas ex empleada doméstica. Además de la impronta indigenista, el
gobierno boliviano del MAS llamó la atención por esta amplia
composición femenina en sus cargos más altos. "El gobierno de
Morales tiene, para variar, una doble moral: por un lado ha entrado
en la retórica neoliberal `correcta' respecto del género,
incluyendo, tanto en sus listas al Parlamento como a la asamblea
constituyente, a representantes de los intereses de las ONG y la
tecnocracia de género. Por otro lado, respecto de las mujeres
indígenas se ha desplegado una fuerte estrategia de copamiento,
control, cooptación y uso simbólico. Me explico: las organizaciones
de mujeres campesinas o trabajadoras del hogar o cocaleras, donde
encuentras mayormente a mujeres indígenas, han sido beneficiadas
con
dinero, espacios, etc., pero a cambio de un control sobre las
representantes y de una fidelidad ciega hacia la figura del
presidente. El caso de la presidenta de la Asamblea Constituyente
es
emblemático: su papel está despojado de toda dignidad, se trata de
un emblema fiel y mudo del caudillo, el caso de la ministra de
Justicia es muy similar. Como contraparte, el avance, por muy
pequeño que sea, de las `reivindicaciones' de estos sectores es
nulo; ahora, de cara a la nueva ley agraria, el derecho a la tierra
por parte de las mujeres está una vez más omitido del debate
político, que ha sido retratado como terratenientes versus pueblos
originarios y punto. Lo que Morales repite de la izquierda en
relación con las mujeres es el utilitarismo: quiere tener mujeres
en
el MAS pero despojándolas de todo papel político y de toda
dignidad.
Otro ejemplo interesante es el del concepto de `soberanía' hoy en
Bolivia tan utilizado en el campo de los recursos naturales. Cuando
nosotras propusimos en aras de la soberanía del cuerpo la inclusión
de la educación sexual en la nueva ley educativa, no tuvimos
derecho
ni a entrar a debatir al Congreso de la Educación boliviana. En
Bolivia hoy el tema de las mujeres está taponeado", señala María
Galindo desde La Paz, fundadora del colectivo feminista Mujeres
Creando.
Uruguay: Con el veto dando
El presidente uruguayo del Frente Amplio, Tabaré Vázquez, en marzo
último aclaró que si las cámaras legislativas aprobaban el proyecto
sobre salud sexual y reproductiva que incluye la despenalización
del
aborto, él se encargaría de vetarlo. Y en su momento dijo a los
legisladores de su coalición que estaba dispuesto a llevar
adelante "todos los caminos constitucionales" para impedir que esa
iniciativa se convierta en ley. María Delia Cuneo, del grupo
feminista uruguayo Las Decidoras –compuesto en su mayoría por
mujeres que tuvieron una militancia en la izquierda y varias de
ellas ex presas políticas–, aclara: "No teníamos muchas
expectativas
en el gobierno que se dice progresista porque desde que se presentó
el proyecto de despenalización del aborto –durante el gobierno
colorado anterior–, la izquierda del Frente Amplio ya decía que
estaba en contra. Se supone que estos procesos progresistas
deberían
corresponderse con una mayor apertura hacia los reclamos sociales.
Sin embargo, ahora la posición se ha endurecido porque es el propio
presidente el que dice no sólo que es contrario a la
despenalización, sino que en caso de que las cámaras aprobaran el
proyecto, él lo vetará. Lo cierto es que las presiones de los
sectores más reaccionarios pesan mucho y éste es un ejemplo claro".
Mientras dialoga con Las 12, María Delia relata que está viendo por
televisión una marcha de varones encabezada por el intendente de
Montevideo para protestar contra la violencia doméstica. ¿En ese
ámbito se puede señalar algún avance? "Fue votada hace dos años una
ley contra la violencia doméstica y se formaron juzgados
especiales,
pero no se los dotó de recursos y son claramente insuficientes como
manera de atacar el fenómeno, que se entiende de forma superficial
sin revisar las causas de la violencia sexista. Por ejemplo, no se
ha querido discutir la ley de educación para realmente poner en
tela
de juicio los valores patriarcales, que generan subjetivamente la
posibilidad de que un hombre maltrate a una mujer. Para decirlo
claro: los índices de violencia doméstica y abuso no han disminuido
y los de muerte por violencia doméstica se han mantenido. No
podemos
hablar de ningún avance que se pueda atribuir al `progresismo' del
gobierno, y eso que sólo estamos hablando de números sobre
denuncias
hechas."
Invisibilización y banalización
Además de repasar la dinámica de cuestiones clave como la postura
sobre el aborto, la legislación laboral y social para los derechos
de mujeres y también las fórmulas de representatividad que buscan
una proporción entre géneros, es necesario prestar atención a
aquello que la retórica del progresismo o la izquierda barre debajo
de la alfombra o directamente banaliza, de manera no casual, sino
estratégica.
"En Uruguay, los partidos de izquierda de los años '70 hasta la
actualidad ningunean ciertas cuestiones. Antes se hacía con el
argumento de que hombres y mujeres éramos iguales por estar en la
lucha armada y a través de razonamientos que marginaban todo
aquello
que no pasara por la contradicción capital/trabajo. Hoy esta forma
de pensar que hay cosas más importantes permanece intacta. Pero
además se suma otro problema: con el barniz discursivo del
progresismo a la orden del día, en cualquier ámbito encontrás las
palabras diversidad, equidad, minorías, pero todas encapsuladas en
una oferta dentro del sistema, dejando claro que no podés
cuestionar
al sistema en tanto fenómeno de sexismo, discriminación y
opresión",
señala Cuneo.
"Yo preferiría pensar en tres núcleos de luchas que son
invisibilizadas y banalizadas o disfrazadas por discursos
de `derechos' –aclara Galindo–. Primero: la autonomía organizativa
e
ideológica que significa no ser un apéndice ni las eternas
inquilinas políticas del sujeto universal que es el varón. Segundo:
el desacato de los mandatos patriarcales, sean éstos religiosos,
culturales, políticos, etc. Esta es otra lucha invisibilizada y
librada a los pactos de convivencia de intereses masculinos donde
vemos que pueden coincidir sorprendentemente indígenas, curas y
neoliberales. Ningún gobierno quiere poner en cuestión sus
relaciones con la Iglesia, por ejemplo, o el caso del `indigenismo'
que pretende sumergir a las mujeres dentro el concepto de los
intereses de la comunidad, sin reconocer las formas de opresión que
allí adentro existen hacia las mujeres. Por último, las luchas
vinculadas a la economía: son las más invisibilizadas porque se
parte del supuesto de que toda reivindicación económica que
beneficia a los trabajadores o campesinos tiene un valor universal;
es decir: el concepto que está detrás es la omisión completa del
lugar de las mujeres dentro de la economía".
Las críticas de los compañeros
La candidata por el socialismo Ségolène Royal (53 años) venció hace
dos semanas a sus dos contrincantes internos, por lo cual tiene
posibilidades de convertirse en la primera mujer en llegar a la
presidencia de Francia. Con más del 60 por ciento de los votos de
los afiliados socialistas y sin necesidad de segunda vuelta, sus
dos
rivales varones –Dominique Strauss-Kahn y Laurent Fabius–tuvieron
que aceptar darle su apoyo. Royal, sin embargo, había sido el
blanco
de críticas y de comentarios machistas por parte de sus propios
compañeros socialistas y socios de partido. La acusaron de no tener
ideas propias, de ignorar cuestiones de política interior y
exterior
de su país, de ser "demagoga" y de tener una "peligrosa"
inclinación
hacia la derecha. La prensa, a su vez, no dejó de publicar fotos de
ella en bikini tomadas durante sus últimas vacaciones. Su gran
popularidad, sin embargo, ya había obligado indirectamente a su
compañero, padre de sus cuatro hijos y primer secretario del
partido, François Hollande, a renunciar a su propia candidatura.
Con
experiencia de gestión –fue diputada y también ocupó los
ministerios
de Medio Ambiente, Enseñanza Escolar y Familia e Infancia–, ahora
intenta remontar el socialismo después de su gran derrota en las
elecciones presidenciales de 2002 y se perfila como la única capaz
de ganarle al candidato derechista Nicolás Sarkozy, actual ministro
del Interior.
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