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La Primera - Lima
28 de agosto de 2006
Orgasmo e Iglesia
por César Hildebrandt
El orgasmo es la fiesta de los sentidos. Fue una palabra prohibida
para las mujeres y no usada por los hombres en una sociedad que,
siguiendo al cristianismo, puso al cuerpo en la celda de los
castigos.
Para la religión mayoritaria en esta comarca el cuerpo es la
residencia del pecado original y el origen y destino de la maldad.
Es
algo que llevamos a cuestas, un saco de carnes y huesos que la
muerte
hará descansar y que la mortificación disciplinará.
Las pinturas religiosas con desnudos exhiben el cuerpo matronal de
las
paganas o el levitante de los angelitos con la certeza de que esos
cuerpos no significan nada en sí y que son tan sólo envolturas del
espíritu, como si la metáfora del barro primordial del que estamos
hechos nos dijera que jamás abandonaremos ese linaje degradado.
Si el cuerpo es el mal, el goce del cuerpo es la falta mayor. ¿Por
qué
el placer y el cristianismo siempre riñeron? Muy sencillo: porque
la
creación de la culpa como fundamento del miedo demandaba esa
autoabominación. Sin culpa no hay miedo y sin miedo no hay Iglesia.
Sobre el caballo de la culpa original la Iglesia ha cabalgado dos
mil
años. Dos mil años persiguiendo el placer mientras se ejerce el
sádico
placer de mandar no es poca cosa. Sobre todo cuando de mandar a la
hoguera a los gozadores se trataba.
De la obra de Erich Fromm es perfectamente deducible que nada
supera
en narcisismo a la Iglesia católica, endogámica por naturaleza,
blindada por sus dogmas, autosatisfecha hasta cuando pide perdón
por
sus errores.
La lucha eclesiástica en contra de la sensualidad no contrariada
fue
siempre extrema, así como fue cómplice la posición del catolicismo
respecto de la violencia.
La llamada indulgencia plenaria, es decir el perdón de todos los
pecados, fue otorgada por los papas Alejandro II (año 1063) y
Urbano
II (año 1095) a todos los participantes de las Cruzadas aun antes
de
que estos partieran a matar moros por toneladas.
No al placer y sí al exterminio de los infieles. Se comprenderá que
una religión así pueda considerar al sexo una inaceptable
jurisdicción
de la libertad. Porque una religión de estas características no
puede
aspirar a otra cosa que no sea la sumisión mental y el suicidio de
toda racionalidad.
Y, desde luego, también a la renuncia a la soberanía individual
expresada en la castración por mano propia de todo asomo público de
goce. Por eso es que la palabra maldita es orgasmo, el viaje que
Satán
nos propone para contento de la carne, el tour del diablo hacia el
centro medular.
El orgasmo es el olvido momentáneo del barro patriarcal del que
venimos, la cima de todos los sentidos, la tormenta perfecta del
sistema eléctrico que en el fondo somos.
Su persecución resulta clave para quienes aspiran a conservar el
imprimatur de los libros y la censura de los cuerpos reteniendo
para
sí el derecho de juzgar cuando un coito puede tener la aviesa meta
de
no añadir un ser humano a la población.
Para Reich, la función del orgasmo sería, fundamentalmente, la de
evitar la neurosis. Ya Freud había maridado la incapacidad
orgásmica
con la neurosis de angustia. Reich llegó a escribir: "No hay un
solo
neurótico que tenga esta capacidad" (la de disfrutar sexualmente).
De allí que sirva a la neurosis colectiva la sensación creada por
la
prensa más amarilla al asociar, casi siempre, el sexo con lo peor y
más perverso de la especie.
Es un triunfo del oscurantismo castrador convertir en sinónimos
sexo y
paidofilia, sexo y asesinato, sexo y violación. En suma, sexo y
muerte. Es como decir que como hay infecciones gastrointestinales
epidémicas deberíamos prescindir del estómago.
Y cuando los cronistas de dos por medio hablan de que algún
depravado
"sació sus bajos instintos" no se sabe si ese modo de frasear alude
a
lo bajuno de la perversión o al hecho de que los genitales estén
debajo del vientre.
El orgasmo es la idolatría pagana menos extirpable y, por lo tanto,
más peligrosa para las jerarquías de lo oscuro. Cuando se ama la
naturaleza deja de ser un enigma, dijo alguien. Y es cierto.
La función del orgasmo es recordarnos nuestra sociedad con la
lluvia y
el pasto, con el relámpago y las erupciones, con las manadas y las
avenidas de los ríos. El orgasmo es el puente insuperable que nos
une
con los latidos, también desordenados, de la tierra.
Para quienes persiguieron a los heliocentristas y mandaron quemar a
quienes descubrían la materialidad de la circulación sanguínea es
lógico que la naturaleza sea el gran adversario.
Anatole France señaló con el énfasis que le era habitual: "No hay
castos; sólo hay enfermos, hipócritas, maniáticos y locos". Y eso
que
en los tiempos de France el Opus Dei no había sido fundado.
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