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ELECCIONES Y BENDICIONES

Los obispos en época electoral


ALFONSO LÓPEZ MICHELSEN

Prohibir el aborto, el matrimonio gay y la eutanasia en términos indiscriminados es algo inadmisible.
Mi contribución al estudio del Derecho Constitucional fue siempre muy modesta. Si algo se me reconoce es haber vinculado al estudio del Derecho Público el tema religioso. "La teología es la luz de la historia", decía Juan Donoso Cortés. En efecto, la democracia, como suma de derechos individuales, fue originalmente fruto de la teología protestante, puritana. De ahí mi obra La estirpe calvinista de nuestras instituciones políticas, controvertida por eminentes jurisperitos nacionales y extranjeros residentes en Colombia, que hacen descender los orígenes de nuestra Carta, que ha sido prácticamente una sola, de las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino.

Sin embargo, sigo creyendo que la inspiración original fue la Constitución norteamericana de 1787, la primera Constitución escrita, que contiene en sus enmiendas los llamados Derechos del Hombre, pero bien puede ser que mis contradictores conozcan alguna otra que le sirviera de ejemplo a Antonio Nariño, en algún país católico precursor del constitucionalismo escrito. Hasta donde yo sé, los patriarcas de la Iglesia profesaban los mismos principios en sus tratados de teología, pero no intervinieron en la redacción de ninguna Constitución escrita.

Con estos antecedentes me atreví a descalificar, en Manizales, la reciente intervención episcopal en la política colombiana que, no por sutil, deja de ser obvia. Prohibir el aborto, el matrimonio de los homosexuales y la eutanasia, en términos indiscriminados, pero con referencia al voto del 12 de marzo, es algo inadmisible para los espíritus liberales. Claro que una joven extraviada que reconoce que va a ser madre soltera y se sirve de un aborto clandestino para evitarlo incurre en acto criminal. Cosa muy distinta es el aborto para salvar la vida de la presunta madre, el aborto para evitar el fruto de una violación, o el aborto para conjurar un mal mayor.

Otro tanto ocurre con el llamado ‘matrimonio de los gays’, como si se tratara de una ceremonia para legalizar una relación amorosa entre homosexuales con el beneplácito de la sociedad, como ocurre en algunos países, pero, en Colombia, se trata de legalizar los frutos económicos de una relación de trabajo prolongada entre dos personas del mismo sexo, ligadas por el afecto, es decir, una sociedad de hecho. Es algo semejante a lo que ocurre en el concubinato prolongado cuando, a la muerte de una de las partes, se liquida la sociedad y se obtienen la pensión y otros beneficios laborales, en razón de haber sido el patrimonio fruto de un trabajo compartido. Sin embargo, también la Iglesia lo combatió alegando que con ello se fomentaba el concubinato. Ahora, para condenar una simple enmienda de carácter laboral se recurre a asimilarla a una ceremonia nupcial, protocolización de la unión entre personas del mismo sexo.

La eutanasia, o provocar la muerte para evitar mayores males y sufrimientos a un enfermo irremediable, se quiere deslegitimar generalizándola, como si se tratara de autorizar la privación de la vida a un ser humano sin calificación alguna científica u otra que lo justifique. De ahí que el tema de morir dignamente, desconectando al paciente del adminículo que lo mantiene, sin conocimiento ni razón, en vida, se equipare, también, al hecho de provocar deliberadamente la muerte al prescindir de recursos que pudieran detener su proceso y mantenerlo vivo, lo cual es científicamente imposible.
Los anteriores temas han sido materia de controversia en casi todo el mundo, en donde, lejos de generalizarse, imponen distinciones o excepciones al principio general, permitiendo que quien opta por una de estas soluciones disponga de la totalidad de los conocimientos que le permiten hacer uso de su propio criterio.

Desde hace muchos siglos existe la controversia entre la ciencia y la religión, sin que se haya impuesto definitivamente la ciencia, porque aun, en épocas recientes, nuevos descubrimientos les dan la razón a las versiones más antiguas, propias de las creencias religiosas, sobre los orígenes y el desarrollo de la humanidad. Cuanto me dice mi conciencia es que no hay que tomar a la ligera, con una adjetivación más o menos desafortunada, estos ejemplos del bien y del mal, sin profundizar hasta dónde van los avances científicos y cuál es la conducta más ajustada a la moral de los sentimientos humanitarios. Religión no es lo mismo que superstición. Lo último es un terreno inconfundible, por donde no se debe transitar. La religión, en cambio, está inspirada en la moral y esta, lejos de ser ajena a la investigación, a ella recurre para arrojar más luz sobre la conducta humana.

¡Y pensar que el general Uribe Uribe, que estudiaba con sumo cuidado temas sociológicos, económicos, agrícolas, lingüísticos, etc., se vio obligado a escribir un folleto de carácter teológico sobre por qué no es pecado ser liberal, como respuesta a la intervención en política de un obispo nariñense, ya beatificado por su servicios al dogma!