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4 de junio. Diario Clarín
Sencillamente humano
por Norma Morandini
nmorandini@clarin.com
No hay teoría que explique, ni doctrina que justifique. Por eso,
la
ideología es un parapeto para protegernos de las cosas de este
mundo que mal
entendemos. La pensadora alemana Hannah Arendt, que desarrolló
todo su
pensamiento dentro de la vida misma, observó que por mucho que nos
afecten
las cosas del mundo, por profundo que nos estimulen, sólo se
tornan humanas
para nosotros cuando podemos discutirlas con nuestros semejantes.
O sea:
humanizamos lo que le sucedió a Romina, la joven que mató a su
bebé porque
vio la cara de su violador, cuando podemos hablar de esto con los
otros.
¿Pero cómo analizar el caso de esa muchacha jujeña, sino es
exponiéndolo
como lo que es, un drama brutal, en el que aparece descarnada no
sólo la
fragilidad de lo humano, sino también ese cañamazo cultural que,
como un
fresco de la época, desnuda los valores sexuales, el lugar de la
mujer en la
sociedad. Y sobre todo la pobreza, esa inequidad que abre las
puertas a
tantas otras injusticias.
En el banco de los acusados está sentada la joven que mató a su
bebé. Una
acción por la que la muchacha lleva veintiocho meses en la cárcel
y que la
Justicia no puede eludir, aunque después surjan los atenuantes.
Pero también
estamos sentados todos.
Un Estado que la desprotegió en la educación, una cultura
masculina que
seduce sin responsabilidad, la masividad televisiva que vulgariza
el
erotismo y adolescentes que no dejaron las muñecas y ya cargan con
bebés en
sus brazos. Ese entramado de creencias y valores que configuran
una sociedad
y sobre la que se bordan las tragedias individuales. Por eso, lo
que le
sucedió a la muchacha de Jujuy no se puede reducir a una disputa
entre
aborto sí, aborto no. Seguramente si estuviera permitida la
interrupción del
embarazo, no estaríamos hablando de Romina. Pero no hubieran
desaparecido la
vulnerabilidad de las chicas pobres de provincias, ni la
prepotencia
masculina, ni las violaciones de cada día, ni que los violadores
estén
sueltos, amparados por las masculinas instituciones de la Policía
y la
Justicia, ni los embarazos adolescentes, ni que se sospeche más de
las
víctimas que de los delincuentes. Y por reducir todo a una
confrontación nos
privamos de ver el rostro humano en todo lo que nos pasa, y por
eso vivimos
deshumanizados.
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