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Fuente: Diario Los Andes 3 de abril 2004 y RIMA
Embriones a la puerta del Paraíso
Por Umberto Eco
Recientemente el politólogo y editorialista del diario "Il
Corriere della Sera", Giovanni Sartori, ha intervenido en términos
filosóficos en la cuestión de los embriones y del inicio de la
vida, citando ampliamente la posición denominada \"creacionista\"
de Santo Tomás de Aquino.
Se trata de una posición que algunos autores laicos ya habíamos
recordado (yo, por ejemplo, hablé al respecto en una columna mía
de setiembre de 2000), pero que curiosamente nunca ha sido
retomada en los ambientes fundamentalistas católicos.
La posición de Tomás (que en el curso de los siglos la Iglesia
nunca ha negado expresamente, mientras que sí ha condenado la
posición opuesta de Tertuliano) es la siguiente: los vegetales
tienen un alma vegetativa, que en los animales es absorbida por el
alma sensitiva, mientras que en los seres humanos estas dos
funciones son absorbidas por el alma racional, que es la que hace
que el hombre esté dotado de inteligencia y lo constituye en
persona como \"sustancia individual de una naturaleza racional\".
Tomás tiene una visión muy biológica de la formación del feto:
Dios introduce el alma sólo cuando el feto adquiere, gradualmente,
primero el alma vegetativa y a continuación el alma sensitiva.
Sólo entonces, en un cuerpo ya formado, se crea el alma racional
(\"Suma teológica\", I, 90). El embrión tiene sólo alma sensitiva
(\"Suma teológica\", I, 72, 3 y I, 118, 2).
En la \"Suma contra los gentiles\" (II, 89) se dice que la
generación es un proceso gradual, \"a causa de las formas
intermedias de las que el feto está dotado desde el principio
hasta su forma final\".
Y es por eso por lo que en el Suplemento a la \"Suma teológica\"
(80, 4) se lee esta afirmación que hoy suena revolucionaria: tras
el Juicio Universal, cuando los cuerpos de los muertos resuciten
para que nuestra carne participe de la gloria celestial (momento
en que ya, también según San Agustín, volverán a vivir en la
plenitud de una belleza y una integridad adulta no sólo los que
nacieron muertos sino también, en forma humanamente perfecta, los
engendros de la naturaleza, los mutilados, los concebidos sin
brazos o sin ojos), pues bien, en esa \"resurrección de la carne\"
no participarán los embriones, al no habérseles infundido todavía
el alma racional y, por lo tanto, no ser \"seres humanos\".
Se puede decir que la Iglesia, a menudo de forma lenta y
subterránea, ha cambiado tantas posiciones en el curso de su
historia que podría haber cambiado también ésta. Ahora bien, lo
singular es que aquí estamos ante una tácita desautorización no de
una autoridad cualquiera, sino de la Autoridad por excelencia, de
la columna maestra de la teología católica.
Las reflexiones que nacen al respecto llevan a conclusiones
curiosas. Sabemos que durante mucho tiempo la misma Iglesia
Católica se ha resistido a la teoría de la evolución, no tanto
porque parecía estar en contraste con el relato bíblico de los
siete días de la creación (sobre esto ya estaban de acuerdo los
comentaristas antiguos: la Biblia habla mediante metáforas y
expresiones poéticas, y siete días podrían incluso querer decir
siete millones de años), sino porque anulaba el salto radical, la
diferencia milagrosa entre formas de vida pre-humanas y la
aparición del Hombre, porque anulaba la diferencia entre un mono,
que es animal, y un hombre que ha recibido un alma racional.
Paulatinamente, la Iglesia no digo que ha sostenido pero sí
admitido el darwinismo con tal de que se reconociera que, en la
continuidad de la cadena de la vida desde el primer organismo
unicelular hasta Adán, se introducía una rotura, el momento en que
a un ser vivo se le otorga un alma inmortal.
Sólo los fundamentalistas protestantes han seguido teniéndole
horror a la hipótesis evolucionista (y algún que otro
incalificable asesor de nuestro Ministerio de Educación, vista la
propuesta de cancelar el darwinismo de los programas escolares).
Está claro que la batalla ciertamente neo-fundamentalista sobre la
pretendida defensa de la vida, por la que el embrión es ya ser
humano en cuanto que en el futuro podría llegar a serlo, parece
llevar a los creyentes más rigurosos a la misma frontera de los
antiguos materialistas evolucionistas de antaño: no hay una
fractura (la que define Santo Tomás) en el curso de la evolución
de los vegetales a los animales y a los hombres, la vida tiene
toda el mismo valor.
Y efectivamente, Giovanni Sartori en su polémica se pregunta si no
se estará generando una cierta confusión entre la defensa de la
vida y la defensa de la vida humana, porque defender a toda costa
la vida en todos los ámbitos y con cualquier forma con la que se
manifieste llevaría a definir como homicidio no sólo derramar el
propio semen con finalidades no procreativas, sino también comer
pollos y matar mosquitos, por no hablar del respeto debido a los
vegetales.
Conclusión: las actuales posiciones neofundamentalistas católicas
no sólo tienen un origen protestante (que sería lo de menos) sino
que llevan a reducir el cristianismo a posiciones a la vez
materialistas y panteístas, y a esas formas de panpsiquismo
oriental por las que ciertos gurús viajan con una gasa en la boca
para no matar a microorganismos al respirar.
No estoy emitiendo juicios de valor sobre una cuestión sin duda
muy delicada. Estoy anotando una curiosidad histórico-cultural,
una curiosa inversión de posiciones. Debe de ser la influencia del
New Age.
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