Y finalmente, ¿quién decide?
En estas semanas hemos asistido a un intenso debate en torno a la
decisión de la Ministra de Salud de incorporar dentro de la oferta
pública de métodos anticonceptivos la llamada anticoncepción oral
de emergencia.
Resulta curioso en este país, pero los discursos han hecho mucho
énfasis tanto en el respeto a la Constitución y al orden legal
vigente, como en la rigurosidad científica para demostrar la
idoneidad del producto; la batería argumental ha tenido como un
centro de preocupación demostrar si la píldora es o no es
abortiva, dependiendo naturalmente de las visiones expuestas al
debate.
Palabras como concepción, anidación, fecundación, saturaron el
discurso de los primeros días; largas, interesadas y complicadas
explicaciones sobre el recorrido de los espermatozoides hasta
llegar al óvulo ocuparon penosamente parte central del debate.
También, es muy importante reconocerlo, aparecieron las cifras
alarmantes de los abortos clandestinos en el Perú, reportajes a
niñas y adolescentes embarazadas, impactándonos con esta imagen
conmovedora y violenta a la vez de niñas – madres. Se habló del
doble standard y su inaceptable sesgo discriminador: las mujeres
con recursos pueden ir a una farmacia y comprar estas píldoras,
las que no cuentan con dinero no pueden y se ven enfrentadas a
abortos clandestinos en condiciones de alto riesgo, o a tener
embarazos no deseados.
Pasan los días y nuevos argumentos van llegando a los medios de
comunicación: la píldora del día siguiente no es un medicamento
suficientemente probado, la Ministra de Salud está presionada por
la industria farmacéutica, etc.... Resulta tan increíble como
indignante, pero las mujeres casi no aparecemos como los sujetos
principales que somos en este asunto. Pareciera que el embarazo es
un hecho abstracto, que puede verse, analizarse y sobretodo
decidirse, independientemente del cuerpo y la subjetividad de
quien lo porta. He leído y escuchado asombrada como se deshumaniza
el debate en nombre de la vida: ¿ es posible defender con tanta
pasión la concepción y a la vez sentir tanto desprecio cuando no
indiferencia por esas personas de carne y hueso que somos las
mujeres? Es preciso que se entienda que sólo nosotras conocemos
vivencialmente el significado de la palabra embarazo y sus
infinitas claves tan abismalmente distintas si es deseado o si es
forzado. En estos días un señor muy conocido escribía en un medio
de comunicación una barbaridad tan grande como de enorme
insensibilidad, se preguntaba por qué las mujeres no podrían dar
en adopción a sus hij@s no deseados y así lograr para ell@s un
lugar confortable con parejas que no pueden tenerl@s. Este
comentario me hacía recordar a monseñor Durand, él tenía la misma
idea así como la misma imagen de mujer vientre al servicio de otr@s
que todavía nos persigue.
Se ha llegado a un consenso científico acerca de que este
anticonceptivo no es abortivo y por tanto se encuentra dentro del
orden legal, pero no podemos obviar la realidad que se trata
negar, más de 400,000 mujeres abortan cada año en Perú. Hay por
tanto varias preguntas que quedan haciendo eco luego de esta
decisión gubernamental., y una que para mí tiene mucha importancia
es ¿quién debe decidir la interrupción de un embarazo?, o dicho de
otra manera ¿quién ó quiénes tienen la titularidad ética para
hacerlo?
Quienes se amparan en la defensa del orden constitucional, deben
saber que esta es una respuesta parcial, los órdenes
constitucionales como todas las leyes son creaciones históricas,
no son inmutables, cambian con los tiempos y son expresión de las
disputas de poder de cada época. También deben saber que el aborto
no fue un delito sino hasta el siglo XIX. Pero además nuestro país
ha ratificado un conjunto de normas internacionales de derechos
humanos que consideran los derechos de las mujeres en una ecuación
bastante más compleja y sobre todo más humana que la que hemos
escuchado en estos días, en particular de los sectores más
conservadores y misóginos. La normatividad internacional de
derechos humanos se preocupa por derechos como la intimidad, la
autonomía, la salud, la integridad, el libre desarrollo de la
personalidad, la información, entre otros, y no se centra en la
microscópica ruta de un esperma en busca de un óvulo que fecundar.
Coloca a la mujer como sujeto de derechos y no como un vientre
bajo tutela, entiende que en el caso de un conflicto de intereses
y de derechos, el Estado tiene la obligación de ponderar estos
intereses en conflicto.
Quienes se amparan en la defensa de la vida deben saber que la
discusión sobre la vida no es tan elemental como pretenden, las
decisiones respecto a cómo las sociedades definen el inicio y el
fin de la vida están basadas en razonamientos de tipo filosófico,
ético y político, y así han sido marcadas y cambiantes a lo largo
de la historia. En una verdadera democracia o en una sociedad que
pretende ser democrática, esta decisión crucial debería ser el
resultado de un auténtico debate público, en donde la información
venza al prejuicio y a la manipulación, la diversidad de
experiencias vividas y compartidas venzan a la imposición del
pensamiento único, en donde la reflexión y la actitud dialogante
venzan al dogma y a las posiciones y actitudes fundamentalistas.
No necesitamos extrapolar, necesitamos dialogar, intercambiar,
escuchar, sentir. Nadie tiene la verdad, ella, si es que acaso
existiera en estos terrenos, todavía está por construirse.
Quienes se amparan en Dios también deben saber que esta creencia
es tan respetable como no creer en ningún Dios o en otro distinto
(aunque la negación de las otras nos haga hablar de la iglesia en
mayúscula y singular) . Por esta razón un dogma de fe sólo vale
para sus creyentes, no podría extenderse bajo ningún argumento a
toda la ciudadanía y menos aún servir de base para definir una
política de Estado. Ahora, pensando en l@s católic@s, debemos
recordar que esta doctrina se ancla en el concepto del libre
albedrío, ya sé que parece increíble que así sea, en particular
cuando escuchamos al cardenal Cipriani, pero es así. Ello quiere
decir que la titularidad moral está en cada sujeto, es decir en
cada conciencia, lo que significa que somos los seres humanos los
que asumimos nuestras responsabilidades y finalmente nos hacemos
cargo de nuestras decisiones. De otro lado, también es necesario
recordar como dato que el aborto no fue pecado sino también hasta
el siglo XIX.
La decisión sobre la vida constituye un asunto de central
importancia en la organización de toda sociedad, reconozcamos
entonces su complejidad, no evitemos su debate pero coloquémosnos
sinceramente a la altura de las circunstancias, depongamos el
miedo, el prejuicio, exploremos los significados y las
consecuencias de hablar y actuar desde una doble moral. Discutamos
desde nuestras visiones pero con los ojos en nuestra realidad,
venciendo los miedos atávicos de la diferencia, humanizándonos e
igualándonos, intentando integrar el corazón y la razón.
Recordemos que este es un asunto que le compete de manera central
a la democracia.
Lima, 24 de junio de 2004
Roxana Vásquez Sotelo
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