Jugando a la ruleta rusa con los embarazos
infantiles
En Nicaragua, una de cada 4 muertes maternas ocurre en
adolescentes
por
Sylvia Torres*
Viendo jugar a las niñas de mi entorno, mis sobrinas, las hijas de
mis amigas o vecinas, muchas en sus nueve, diez u once años,
observo que están entregadas a descubrir los secretos de la
división a cuatro cifras, misterio inalcanzable para mí sin el
auxilio de una calculadora, a aprenderse la última canción de
Britney o del reggaeton, o ensayando bailes y peinados.
Me da escalofríos imaginarlas “panzonas” o “conviviendo” con
parejas, ya no se diga pariendo producto de una violación. Ser
madres no es cosa de niñas, ellas están en una edad en la que se
debe jugar, soñar y aprender.
La violación y el abuso sexual a niñas, y el embarazo infantil
producto de esas agresiones se repite tan a menudo que personal
médico y policial, ya lo empieza a ver como natural. Cómo podría
ser natural para una niña tener que cargar de por vida con el
trauma de un embarazo producto de la horrible agresión que
significa una violación sexual.
Según la ley, cualquier relación de tipo sexual con un niño o niña
menor de catorce años es por definición delictiva. Desde una
perspectiva de derechos humanos, la maternidad es una decisión
informada de mujeres adultas que eligen libremente cuándo y
cuántos hijos tener.
El derecho a decidir
En el mundo por el que luchamos muchas mujeres el tener hijos debe
ser producto de la libre elección de la pareja. Revuelve el
estómago pensar que la falta de apoyo estatal imponga la
maternidad a las mujeres al dificultarles o impedirles la
realización de una interrupción cuando la "barriga" es producto de
la violencia sexual. El asunto es peor cuando se trata de una
chavalita, como ocurre en el caso de la nueva niña violada y
embarazada, esta vez en Managua.
La súplica infantil de que le saquen “eso”, expresada por la niña,
y apoyada por su abuela está respaldadas por la Constitución y por
las Convenciones Internacionales sobre Derechos Humanos firmadas
por Nicaragua. Como niña, el Estado tiene que proteger su
infancia, en tanto persona el Estado tiene que proteger su vida.
El miedo a perder la vida expresado por la niña, es justificado.
Citando cifras oficiales, un diagnóstico sobre el Estado de los
Derechos Sexuales y Reproductivos en Nicaragua del período
1997-2003, realizado por Cladem-Nicaragua, registra que
la tasa de embarazos en mujeres de 15-19 años es la más alta de
Centroamérica, y que como resultado de ésta situación, en
Nicaragua, una de cada 4 muertes maternas ocurre en adolescentes.
Si estamos hablando de riesgos reales para las muchachas de 15
años, apenas se necesita un poco de responsabilidad social para
reconocer que éstos se multiplican cuando se trata de una niña.
La engañosa probabilidad
Hay personas que alegan que hay al menos dos casos de niñas que
sobrevivieron físicamente embarazos a temprana edad, pero nadie
puede asegurar que en los nuevos casos los pequeños úteros no
estallen con el crecimiento del feto.
Las autoridades de Mifamilia, hasta ahora a cargo de la tutela de
la niña, han ignorando la petición de la afectada, y declarado que
no ven la necesidad de la valoración de una Junta Médica que
pudiese pronunciarse sobre un aborto terapéutico. Tomando en
cuenta la actuación de ésta institución en el caso de Rosita, en
donde no se le brindó información sobre los riesgos, cabe
preguntarse cuántas presiones y manipulaciones está sufriendo la
niña para aceptar un hecho que aunque se vea como natural, no lo
es.
El Estado entero está en entredicho, a sus instituciones
corresponde proteger la integridad de la vida de esta niña, ante
todo porque en el Arto. 9 del Código de la Niñez se establece el
principio del Interés Superior de la Niñez, que menciona que
primero se debe pensar en lo que más favorece a la vida de la
niña, y luego aquello que es necesario para su crecimiento y
desarrollo.
El pasado Día de las Madres la primera en serlo fue una niña de 14
años, quien a causa de su embarazo, dejó de estudiar el quinto
grado de primaria, y quien, según la nota informativa, tenía dos
convivir maritalmente con el padre de la criatura. Al entregar la
respectiva canasta, el ministro felicitó sonriente a la chavala,
sin hacer una reflexión y apurar medidas para prevenir esta
situación, más que promoverla.
En el caso de la niña violada y embarazada, se repiten muchos de
los tropiezos y negligencias ocurridos con Rosita: tardanza en el
acceso a la justicia, ocultamiento de información y que en la
decisión de realizarse un aborto terapéutico pesen más las
opiniones religiosas que los dictámenes médicos y el mandato de la
ley.
Si algo fatal le sucede a esta niña, los representantes del Estado
serían responsables, al menos de un homicidio culposo. No se puede
jugar a la ruleta rusa con la vida de las niñas ni obligarlas a
cargar con un hijo de un momento que quisieran olvidar.
* Antropóloga y periodista
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