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Campaña por una Convención de los Derechos Sexuales y los
Derechos Reproductivos
Primera versión
(para el debate)
MANIFIESTO
Nuestros cuerpos, nuestras vidas
La propuesta se inscribe en una de las tareas más importantes de
todo movimiento social: construir e impulsar referentes de cambio
para el
mediano y largo plazo, definir estrategias con potencialidad y
capacidad movilizadora, organizar ejes de trabajo para la acción
política,
generar alianzas y consolidar la acumulación de poder suficiente
para hacer oír nuestras voces y colocar nuestros puntos de vista
en
escenarios democráticos, es decir, espacios que habiliten las
condiciones para informar, debatir y garantizar la expresión de
las diferencias
en la perspectiva de construir canales de entendimiento mutuo, así
como en ámbitos nacionales e internacionales que cuenten con
actores
políticos, sociales y económicos para llevar a la práctica los
acuerdos alcanzados y dotarlos de mecanismos institucionales.
Sabemos que la democracia sigue siendo una construcción desafiante
y es hoy una meta por alcanzar. En este sentido necesitamos
repensar
los sistemas políticos, económicos, sociales y culturales
destinados a expandir y fortalecer las capacidades de todos los
seres humanos en
condiciones de igualdad sustancial y libertad real. Consideramos
que la tarea de cerrar brechas para eliminar toda forma de
exclusión y
discriminación debe convertirse en su consigna y objetivo
principal. En este lineamiento se inscribe nuestra propuesta.
Entendemos que se trata de una apuesta compleja pues en el centro
de nuestras aspiraciones y en la resignificación de las banderas
de la
igualdad y la libertad se encuentra la diferencia sexual,
precisamente aquella pieza clave para la definición y el goce de
los derechos
reproductivos y los derechos sexuales de todos los seres humanos.
La historia y la diferencia sexual
La diferencia sexual fue invisibilizada con el objetivo de no
reconocer a las mujeres como sujetos políticos, al mismo tiempo
que fue utilizada
para constreñir a las personas en roles únicos y fijos. En la
medida que la búsqueda por la igualdad pretendió hacer abstracción
de las
diferencias, construyó un paradigma excluyente. Desconocer las
condiciones objetivas, subjetivas y simbólicas de la diferencia
sexual fue un
camino equivocado. Las consecuencias de este error se extienden
hasta hoy y sus efectos se pueden percibir en las percepciones,
valores,
normas y prácticas construidas política, económica y
culturalmente. Todas ellas fortalecieron la noción de que todo lo
diferente al referente
abstracto "varón blanco, heterosexual y con recursos económicos"
es inferior.
Hoy, aquí y ahora, sostenemos que es necesario reestructurar los
contenidos del concepto de democracia. No podemos entender a la
democracia como un sistema excluyente sino inclusivo: la
democracia debe acoger siempre a los y las recién llegado/as
porque la historia no
sólo se construye por adhesiones, sino también por rupturas y
reestructuraciones.
El tratamiento que hasta la fecha ha recibido la sexualidad y la
reproducción ha sido opresivo para todos los seres humanos pero ha
transitado por un camino de particular barbarie en el caso de las
mujeres, los niños y las niñas. Mujeres, niños y niñas han sido
expropiados
de libertades y autonomía respecto de sus cuerpos, lesionando sus
vidas de manera definitiva. El discurso sobre el cuerpo de las
mujeres fue
siempre una construcción del otro. Ha sido recién con los
movimientos feministas que se han entendido los discursos
disciplinarios del
cuerpo y la consiguiente construcción de la naturaleza femenina
como representaciones sociales organizadas por los hombres e
introyectadas por las mujeres.
En la medida que nuestra propuesta se define como un aporte a la
construcción de la democracia se propone impulsar procesos que nos
permitan como sociedad, informarnos, discutir, debatir, revisar y
volver a pensar sobre estos asuntos. No pretendemos hacer lo que
criticamos: las bases de todas nuestras formulaciones serán el
resultado de debates intensos al interior de nuestras sociedades y
no sólo de las
ideas de un conjunto de especialistas.
Nuestro principal objetivo es establecer las conexiones que
existen entre las propuestas de desarrollo que hoy se debaten y se
aplican en
países como los nuestros, y el modo como éstas afectan nuestras
prácticas sexuales y elecciones reproductivas. ¿Ejercemos
realmente nuestros
derechos sexuales?, ¿y nuestros derechos reproductivos?, ¿la
actual propuesta de desarrollo económico y político de nuestra
región está
creando las condiciones para la ampliación y profundización de
nuestros derechos, o nos está llevando por un camino inverso?,
¿pueden
coexistir un enfoque de derechos humanos con un modelo de
desarrollo neoliberal?
La importancia y pertinencia de elaborar nuevos marcos normativos
de garantía y protección nos permiten defender con mejores
herramientas nuestros derechos sexuales y nuestros derechos
reproductivos. Por eso nuestra propuesta se inscribe en el marco
de las luchas
democráticas que el siglo XXI deberá enfrentar y consiste en
seguir transformando los malestares, demandas y necesidades de las
mujeres y
los hombres en propuestas de naturaleza política. Aún cuando
parezca una tarea audaz y muy difícil de alcanzar, es un quehacer
impostergable que recupera las tensiones del poder y que, a su
vez, propone referentes utópicos. Queremos que estos referentes
orienten
nuestra acción y la ayuden a cruzar la frontera que reta lo
imposible para ingresarla en el terreno de lo posible.
¿Qué pretendemos con una convención?
La propuesta, concebida a largo plazo, se inscribe en el objetivo
de garantizar y fortalecer los derechos humanos de todas las
personas
desde su nacimiento. Pretendemos institucionalizar un discurso de
derechos que coloque en el centro la recuperación y reapropiación
de
nuestros cuerpos y nuestras vidas, que por fin reconozca a las
mujeres su condición de sujetos plenos, desde una visión que
amplíe nuestras
libertades y otorgue nuevos significados al principio de igualdad
y no discriminación. Sin embargo, sabemos que lo que no se logra
instalar
en el imaginario social, no cala ni posee capacidad
transformadora. Por eso nuestra pretensión es incidir en las
dimensiones culturales y
sociales, contribuyendo a vencer prejuicios y resistencias, a la
vez que en las políticas, institucionales y jurídicas que en
última instancia
definen y orientan los recursos del poder.
La sexualidad y la reproducción constituyen dimensiones
sustanciales en la vida de los seres humanos. Históricamente han
estado
sobredeterminadas por numerosas variables económicas, políticas,
religiosas y culturales, por lo tanto, el ejercicio de la
sexualidad responde
como tendencia a las formas como se administró y organizó la
legitimidad, “la normalidad”, la legalidad; así como se excluyó y
estigmatizó
todo aquello que se alejaba o transgredía lo establecido en la
norma.
La reproducción, piedra angular de la diferencia entre varones y
mujeres, ha estado condicionada históricamente a través de un
complejo
sistema destinado al control y a la conducción de las capacidades
reproductivas de las mujeres, pretendiendo constreñir nuestra
identidad a
la maternidad y condenando, moral y jurídicamente, todas aquellas
conductas y actitudes que pongan en cuestión el mandato
reproductor.
Lineamientos centrales:
Por todas estas consideraciones pensamos que nuestra propuesta
deberá enmarcarse sobre la base de las siguientes orientaciones:
I. La definición de los derechos es una construcción histórica,
por tanto, su interpretación y análisis son dinámicos y
contextuales.
Afirmamos que la definición de los derechos es el resultado de las
pugnas de poder desarrolladas históricamente, por esta razón
representan
las valoraciones e intereses que son fruto de las visiones que
contaron con mayor fuerza en cada época y sociedad. Esta es una de
las razones
principales que produce como efecto inconsistencias, vacíos y
hasta contradicciones en nuestras leyes.
Debemos interpretar los alcances de los derechos, en la medida que
se trata de construcciones históricas, de forma dinámica y
contextual, es
decir, a partir de la capacidad de adaptarse a las nuevas claves
políticas, económicas, sociales y culturales que se generan con el
paso del
tiempo.
II. Es imperativo afirmar y desarrollar los principios de
universalidad, interdependencia e indivisibilidad de los derechos
humanos.
Todos nuestros Estados ratificaron en la Conferencia Mundial de
Derechos Humanos (Viena 1993), la importancia de afirmar estos
tres
principios, que significan no sólo que los derechos humanos son
para todas las personas sino, y esto es lo más importante:
requerimos que
todos nuestros derechos se ejerzan en forma simultánea, porque
para vivir con bienestar no se puede disfrutar sólo de algunos. No
hay
jerarquías entre los derechos humanos, no existen unos que son más
importantes que otros. Tampoco los Estados pueden subordinar o
diferir el cumplimiento de unos excusándose en que están
cumpliendo con los otros. La universalidad de los derechos humanos
no pretende
imponer una norma cultural ni identitaria fija ni única, sino una
norma jurídica que garantice una protección mínima, por debajo de
la
cual la dignidad humana deja de existir.
La revolución conceptual de este modo de entender los derechos
humanos es tal, que en general todavía no alcanzamos a entenderla
ni
mucho menos llevarla a la práctica. La aplicación de estos
principios rompe con la visión que normalmente tenemos de cómo se
deben
defender nuestros derechos y nos acerca a la vida misma, es decir,
a la manera de actuar y ejercer nuestros derechos en la cotidianeidad.
Para vivir con bienestar necesitamos trabajo, salud, educación,
vivienda; pero también libertad, integridad, dignidad y una vida
libre de
violencia. Es desde esta mirada integradora y sistémica que
pretendemos desarrollar nuestra propuesta.
III. Es imprescindible defender los derechos humanos frente a la
lógica implacable del mercado.
Creemos que la forma en que se respetan y ejercen los derechos
humanos en una sociedad constituye una de las expresiones más
evidentes de
los niveles de articulación entre sus sistemas político y
económico. No podemos entender los procesos de definición de
derechos, su defensa y
ejercicio al margen de los mecanismos de los que las sociedades se
dotan para promover y lograr su desarrollo.
La disminución general de las condiciones para asegurar la calidad
de vida, el aumento de las brechas de exclusión y el desplome de
los
Estados de Bienestar son alarmantes y representan la evidencia
suficiente para demostrar que la lógica del mercado entra en
nuestra región
en abierta contradicción con las concepciones y visiones que
sustentan los derechos humanos.
Mientras la lógica del mercado aboga por adelgazar las garantías
para el ejercicio de determinados derechos y diluir o postergar
las
obligaciones estatales; la teoría, doctrina y los acuerdos
internacionales en materia de los derechos humanos colocan en el
centro de su
preocupación el bienestar de todos los seres humanos, así como la
definición y cumplimiento progresivo y no regresivo de las
obligaciones
económicas y sociales de los Estados. Asimismo entiende que todo
interés económico que entre en contradicción, limite o ponga en
riesgo
la calidad de vida de las personas constituye un obstáculo que
debe ser removido.
La vigencia de los derechos humanos requiere de políticas
redistributivas y de un Estado que garantice el cumplimiento de
sus obligaciones
en el marco de los acuerdos a los que llega como parte de la
comunidad internacional.
IV. Debemos demarcar las responsabilidades estatales para la
generación de marcos de garantía para la ciudadanía.
Los Estados han mantenido intactas sus potestades legislativas,
ejecutivas y judiciales a través de las cuales regulan la vida de
lo/as
ciudadano/as, determinan la legitimidad de nuestras conductas y
juzgan nuestra actuación en los diferentes ámbitos de la vida.
Semejante
potestad fue acompañada de un conjunto de responsabilidades que el
modelo neoliberal no ha podido suprimir, aún cuando intenta
atenuar.
Nuestra intención es diseñar y precisar las obligaciones estatales
destinadas a proteger de manera efectiva la autonomía y la
capacidad de
decidir y disfrutar de nuestros cuerpos y nuestras vidas, pieza
central de una reivindicación consensuada y expresada públicamente
por
muchas organizaciones sociales a lo largo de la historia. No nos
interesa esforzarnos en detallar los derechos que definen la
sexualidad o la
reproducción, pues esta obsesión por la calificación de todo
derecho podría sustituir una cárcel por otra.
Nuestro empeño se centra en crear las condiciones para garantizar
efectivamente el ejercicio de los derechos reproductivos y los
derechos
sexuales, remover barreras discriminatorias de toda índole, así
como precisar las funciones que se derivan de las obligaciones de
respetar,
promover y proteger de los Estados.
V. Las feministas planteamos un enfoque diferente para garantizar
el ejercicio de la sexualidad y la reproducción.
Sabemos que la humanidad ha caminado, en particular en los dos
últimos siglos, hacia la ampliación y profundización de las
libertades. El
siglo XX se identifica históricamente como el siglo de los
derechos. Sin embargo, también sabemos que en este consenso
ganado, cuando
menos a nivel del discurso, existen importantes diferencias que
tienden a jerarquizar la naturaleza de las libertades, así como la
elección de
los sujetos que las detentan, neutralizando o limitando estos
avances.
La familia, piedra angular, material y simbólica de la
organización social, se ha convertido en una institución cuya
vigencia todavía se
coloca por encima de las libertades, los deseos y las necesidades
de los individuos. Un entramado de factores de tipo normativo y
cultural
nos reitera hasta la saciedad esta sentencia. Sin embargo, la
percepción de la familia como espacio intocable y privado que
simboliza
armonía, protección y cuidado, comienza a desdibujarse
precisamente cuando se hacen evidentes los abusos originados en la
asimetría de
poder que se vive en su interior. Uno de los resultados de este
abuso de poder, quizás el más deleznable, es precisamente la
violencia contra
las mujeres y los menores. Las cifras de los abusos son tan
alarmantes que la violencia familiar y doméstica ha merecido la
calificación del
crimen silencioso más extendido en el mundo por las Naciones
Unidas.
El fundamento patriarcal que organizó la idea y el funcionamiento
de la familia todavía subsiste, subyacen a su organización un
conjunto
de reglas opresivas y especialmente discriminatorias para las
mujeres, los niño/as y los adulto/as mayores que deben ser
erradicadas. Las
instituciones jurídicas vinculadas a la familia deben ser
revisadas desde una visión que corrija las desigualdades de poder
en su interior y
garantice el bienestar que tanto proclama para todos sus
integrantes. Su revisión, desde una perspectiva democrática, debe
anclarse en los
principios de libertad, igualdad y solidaridad para todos los
individuos que la componen, así como en la necesidad de reconocer
la
heterogeneidad de familias que existen. No es posible que hasta el
día de hoy persistan restricciones legales basadas en principios
morales que
impiden a muchas personas casarse y formar familia.
De otro lado, las libertades también se jerarquizan en razón de
las personas. El ejercicio de la libertad sexual no se garantiza
por igual para
todas las personas: las libertades sexuales para las mujeres,
independientemente de sus elecciones, tienden a ser más
restrictivas con una
especial orientación en razón de la edad, por tanto, son
fuertemente sancionadas y estigmatizadas cuando se alejan del
patrón
heterosexual, de la familia matrimonial o convivencial y de la
maternidad.
La libertad sexual de homosexuales y lesbianas no es comprendida,
aceptada ni respetada, menos aún la de los bisexuales,
transexuales o
transgénero, entre otras razones porque todas estas expresiones
vitales ponen también en cuestión los mandatos morales religiosos,
el
matrimonio, la familia heterosexual y su finalidad reproductora.
La dificultad de aceptar las diferencias es otro de los terrenos
en donde
hay que trabajar arduamente para desarticular la idea de lo
natural o del mandato único.
Modificar las lógicas del poder y sus discursos supone, también,
devolver y recuperar el poder y el valor a nuestras percepciones y
experiencias, que son las que finalmente contestan en nuestra vida
cotidiana a ese conjunto de premisas y prescripciones que
pretenden
decirnos “lo que debe ser” en terrenos pertenecientes
exclusivamente a nuestra vida y a nuestra libertad para actuar. Es
necesario poner en
cuestión los sustentos patriarcales que todavía subsisten, los
mandatos morales particulares con pretensión de universalidad,
pero también
es imprescindible resistir a la idea de modelo único: uno de los
grandes e inaceptables peligros reduccionistas de nuestros
tiempos.
De otro lado, el entendimiento respecto a que el ejercicio de
estas libertades es individual y privada ha dificultado esclarecer
las relaciones y
conexiones que existen entre la afirmación y ampliación de estas
libertades en tanto derechos, y los contextos políticos,
culturales, sociales y
económicos. Como sabemos las instituciones han pretendido moldear
y constreñir nuestros comportamientos sexuales y reproductivos.
Por
tanto, no basta con reconocer discursivamente y en forma abstracta
nuestras libertades. Para que éstas se puedan ejercer realmente
tendrán que generarse las condiciones institucionales, culturales,
materiales y subjetivas para su concreción.
Para hacer realidad nuestros derechos no basta con eliminar las
barreras jurídicas actualmente existentes, sino que es necesario
transformar
consistentemente la democracia, así como partir de un sistema
económico que apunte a la solidaridad y no sólo la ganancia.
La ampliación y el respeto de nuestras libertades sexuales
requieren de modificaciones sustanciales a todo nivel:
legislativas, judiciales, de
orientación en las políticas públicas, en la educación, en los
medios de comunicación, en las instituciones privadas y en las
organizaciones
sociales en general. Pero también requiere de un cambio cultural y
político, con el objetivo de eliminar todo contenido
discriminatorio, no
sólo del discurso, sino y fundamentalmente de las prácticas del
Estado y de la ciudadanía.
VI. Necesitamos resignificar el principio de igualdad liberal a
partir del fenómeno de la reproducción y habilitar el
reconocimiento de
la diferencia entre los sujetos.
La reproducción humana ha sido entendida como una tarea, como una
obligación social y moral más que como un derecho. Es muy
reciente la perspectiva que coloca como derechos de las personas
las decisiones sobre sus capacidades reproductivas. Sin embargo, y
tomando en cuenta que su desarrollo se sustenta en los principios
de igualdad y libertad formulados en el siglo XVIII, consideramos
que
resulta especialmente relevante revisar los alcances de estos
principios a la luz de una de las dimensiones de la vida en donde
con mayor
nitidez aparece la diferencia sexual.
Los principios de igualdad y libertad se conciben y desarrollan
tomando como referencia a un sujeto universal abstracto y
masculino; en esa
medida la gran mayoría de los aspectos de la reproducción fueron
obviados o, en todo caso, concebidos a partir de las visiones y
potestades
masculinas. Al estar ausentes las mujeres como sujetos políticos,
la organización social tomó determinados cauces jerarquizando lo
productivo por encima de lo reproductivo y trazando fronteras
entre lo público y lo privado.
A pesar que con el transcurrir del tiempo los principios de
igualdad y libertad se fueron ampliando y redefiniendo gracias a
las luchas de los
movimientos sociales, hoy es necesario advertir que todavía no se
ha encarado de manera suficiente los supuestos, contenidos y
efectos de la
diferencia material y simbólica en los procesos reproductivos para
varones y mujeres. Tampoco se ha cuestionado suficientemente la
jerarquización de las dimensiones productivas y las reproductivas:
todas las dimensiones de la reproducción humana siguen
directamente
asociadas a los intereses de la producción.
La noción de los derechos reproductivos constituye uno de los
aportes del movimiento de mujeres a la perspectiva de producir
transformaciones sociales que den una nueva configuración a la
ciudadanía con miras a una mayor democratización en la vida
social. Desde
esta perspectiva cabe preguntarse si es posible trabajar los
derechos reproductivos a partir de la extensión de un principio de
igualdad que
no fue concebido para reconocer estas diferencias.
VII. Apostamos por la visibilidad y corporeidad de las mujeres en
tanto sujetos con derechos, desterrando la visión tutelar que
todavía existe.
En el siglo de los derechos asistimos a cambios sustanciales, uno
de los cuales fue iniciar el camino del reconocimiento jurídico de
las mujeres
como sujetos de derechos. En esa medida las mujeres conseguimos la
titularidad del derecho al voto, a la educación, al trabajo,
siendo así
que nuestra condición de seres bajo la tutela masculina comenzó su
proceso de desmantelamiento. En la segunda mitad del siglo pasado
avanzamos más, se nos reconocieron nuevos derechos al interior del
matrimonio como el de contratar o trabajar sin requerir la
autorización del marido. En las últimas décadas el reconocimiento
fue sustancialmente mayor: con el develamiento de las fuertes
contradicciones al interior del matrimonio y la familia
heterosexual, se dio paso al reconocimiento jurídico de la
violencia contra la mujer
en la familia y la violación sexual dentro del matrimonio.
El reconocimiento de las violaciones a los derechos humanos de las
mujeres al interior del seno familiar significa no sólo haber
creado una
importante fisura a ciertos presupuestos conservadores que
pretendían seguir ocultando lo evidente, sino un avance en la
visibilidad y
reconocimiento de los sujetos femeninos en tanto seres humanos
autónomos de las instituciones a las que fueron confinadas. Por
ejemplo,
el "débito conyugal" de las esposas, que impedía el reconocimiento
jurídico de la violación sexual al interior del matrimonio,
confería
derechos a un sexo por encima del otro, despojando a las mujeres
de su condición de personas e instrumentalizándolas al servicio de
los fines
de la institución matrimonial.
En este camino hace falta todavía mucho por recorrer. Un aspecto
central para continuar dándole corporeidad y densidad a los
sujetos
femeninos es aceptar la autonomía de sus decisiones reproductivas,
es decir, continuar con el proceso normativo y simbólico de
autonomización de la mujer de su destino materno como clave de su
identidad. ¿Por qué se cree que las mujeres no pueden tener la
capacidad de decidir que hacer con sus cuerpos y con sus vidas?,
¿quién o qué se considera que podría tener más poder o autoridad
para
decidir por encima de la voluntad de una mujer con relación a sus
decisiones reproductivas?
Quienes creen que las mujeres no pueden o no deben decidir sobre
un proceso reproductivo que se desarrolla en sus propios cuerpos y
que
afectará sus vidas e identidades de manera decisiva, defienden una
visión tutelar y la idea que las mujeres todavía necesitamos de
alguien que
nos indique lo mejor para nosotras.
VIII. Afirmamos el Estado de Derecho laico como uno de los
sustratos básicos de las sociedades democráticas.
Considerando que la separación entre las iglesias y el Estado es
la única forma aceptable de gobierno en una sociedad democrática,
los
Estados deben adoptar una postura neutral ante los diversos dogmas
de fe. Conservar su carácter laico supone lograr una separación
total,
clara y absoluta entre las competencias de las iglesias, que
corresponde exclusivamente a lo/as creyentes, y las del Estado,
que corresponden
al interés público y ciudadano.
Advertimos con preocupación rasgos fundamentalistas en algunas de
las corrientes de pensamiento de las iglesias en nuestra región.
En este
sentido consideramos que un rasgo clásico del fundamentalismo es
la sumisión extrema a los dogmas de fe que pretenden prevalecer
por
encima de la razón, del adelanto científico, de las leyes del
Estado de Derecho y de los derechos de lo/as ciudadano/as. Una
característica
permanente en este tipo de razonamiento ha sido la afirmación de
la subordinación de las mujeres y su confinamiento a los fines
reproductivos y domésticos. Hoy, para desarrollar la democracia
como un reto desafiante, es imprescindible la afirmación y
fortalecimiento
de la laicidad de los Estados como garantía de equidad en especial
para todas las mujeres.
IX. Planteamos la revisión y redefinición del "contrato social".
El origen histórico de la igualdad fue excluyente. Las mujeres no
estuvimos presentes en las definiciones de los contratos sociales,
su enorme
importancia reside en que éstos no sólo construyeron las
relaciones entre los Estados y lo/as ciudadano/as, sino que
definieron la naturaleza
del Estado y la sociedad, así como la ciudadanía, por lo tanto,
nuestra condición de sujetos políticos y con derechos no integró
nunca esta
construcción histórica.
El hecho de que las mujeres fuéramos diferentes a los varones no
dio lugar al reconocimiento de dos sujetos diferentes pero en
posición de
equivalencia, sino que la diferencia fue observada, calificada y,
por lo tanto, construida a partir de las visiones que se
adjudicaron a un tipo
ideal, abstracto de ser humano, que se convirtió en el paradigma.
La diferencia fue entonces interpretada como carencia y su
resultado fue
la desigualdad: una condición de inferioridad que requería de
tutela.
En esta medida consideramos necesario promover la definición de
nuevos contratos sociales que partan del reconocimiento de la
existencia
de una multiplicidad de sujetos y de las diferencias entre ellos.
X. Proponemos desvincular la sexualidad de la reproducción.
El vínculo entre sexualidad y reproducción refuerza el imperativo
reproductivo en nuestras sociedades tanto para hombres como para
mujeres. Hoy quien no desea tener hijos se encuentra bajo
sospecha, de tal manera que la decisión de tener o no tener hijos
no es tan libre
como se proclama, no es fruto de una elección estrictamente
individual porque cargamos con todo el peso de una tradición
cultural que
califica y valora nuestras decisiones.
La vinculación entre sexualidad y reproducción diluye la
importancia de ambas como campos separados de realización humana,
pretendiendo que una es funcional a la otra, desvirtuando la
enorme potencialidad que tiene el placer en nuestras vidas. Una
cosa es que la
realización del acto sexual sea una de las vías más comúnmente
utilizadas para procrear, y otra muy distinta es que en nombre de
esta
conexión ambas dimensiones pierdan peso específico. De otro lado,
no olvidemos que el mandato social de la conexión opera
exclusivamente para las mujeres, pues en el caso de los varones
estos campos están normalmente disociados.
Finalmente debemos advertir que en la conexión entre sexualidad y
reproducción subyace una concepción exclusivamente heterosexual,
que
en principio excluiría las otras opciones de vivir y ejercer la
sexualidad, por ejemplo aquellas que omiten la reproducción. Una
prueba de la
poca importancia de su desarrollo independiente es que, hoy en
día, nosotras mismas los calificamos como derechos sexuales y
reproductivos, quedando aún pendiente el desarrollo específico de
cada uno de estos campos así como sus puntos de intersección.
XI. Es imprescindible la ampliación y comprensión de los derechos
sexuales y los derechos reproductivos más allá del ámbito de la
salud.
Los derechos sexuales y los derechos reproductivos abarcan las
diferentes etapas de la vida de los seres humanos desde su
nacimiento hasta su
muerte y contemplan las distintas facetas en el desarrollo y
actuación de su vida. De otro lado, estos derechos deben
establecer las relaciones
para garantizar que las decisiones individuales no sean afectadas
por contextos adversos, basados en posiciones morales
particulares, ni
discriminatorias. Asimismo advertimos, con preocupación, la
superposición entre la salud sexual y reproductiva y los derechos.
No dudamos de la importancia de los trabajos que se han
desarrollado para mejorar la salud de las personas en estos
ámbitos, ni de que la
salud como un derecho social es fundamental para la vivencia de
los mismos, sin embargo, debemos tener claridad de que los
derechos
sexuales, como los derechos reproductivos, no se pueden
circunscribir al campo de la salud.
Esta superposición conlleva el riesgo de medicalizar la sexualidad
y la reproducción, trasladando al campo médico el poder de
organizar,
clasificar y determinar los destinos saludables, por ejemplo, de
nuestra sexualidad. En esta vinculación entre la salud sexual y la
reproductiva, el peso en recursos y mayor desarrollo está en los
aspectos reproductivos, situación que nuevamente devuelve a la
sexualidad
un lugar disminuido.
XII. Planteamos promover la equivalencia en el ejercicio de las
relaciones de poder: no hacer daño a los otro / as.
Nuestro ordenamiento jurídico está cargado de un conjunto de
valoraciones y prejuicios producto de las visiones conservadoras
que han
predominado a lo largo de nuestra historia. Estas representaciones
sociales han traído como resultado concepciones en el ejercicio de
la
sexualidad que la circunscribieron al matrimonio heterosexual y al
mandato reproductivo como base de la familia La moral religiosa
fue, en
esta propuesta, el principal sustento ordenador.
Consideramos necesario revisar nuestra legislación descargándola
de orientaciones morales particulares, entendiendo que éstas
corresponden a las esferas personales y privadas de los seres
humanos, y no a la formulación de derechos ni obligaciones en
sociedades
democráticas. No es democrático imponer valoraciones o creencias
particulares al conjunto de la sociedad. Desde esta perspectiva la
obligación de los Estados es garantizar el respeto a los derechos
humanos fundamentales, asumiendo que no existe democracia real sin
el
respeto de los derechos de las mujeres, incluido su derecho a la
autonomía sobre sus cuerpos.
Trabajar desde una lógica de derechos supone entonces
comprometernos en la tarea de desarrollar contenidos que,
desprovistos de toda
carga discriminatoria, nos permitan aproximarnos nuevamente a lo
que entendemos por no causar daño a otro/a, revisando esta noción
y
volviéndola a dotar de contenido. Uno de sus elementos centrales
en esta nueva construcción, podría ser a nuestro juicio el abuso
de poder,
pieza clave en la historia de subordinación de las mujeres.
Lima, noviembre de 2002.
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