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QUITARSE LA ROPA, LEVANTAR LA CABEZA


Por Ana María Sanhueza


Muchos de sus maridos arrugaron la nariz cuando ellas les notificaron que posarían desnudas para una fotografía. Era abril del 2001 y en Chile pocos sospechaban de la existencia de Spencer Tunick: la propuesta que la fotógrafa Paula Ubilla formuló a cinco dueñas de casa, amigas y comadres de Conchalí no fue nada fácil de digerir ni para las protagonistas ni para sus familias. Pero a poco andar y a medida que caían las ropas fueron superando el pudor, los temores y la vergüenza por sus cuerpos hasta que la obra se consumó. Y en grande.
Después de la fotografía, una parte de sus vidas -según confiesan las protagonistas- cambió en algún sentido. Sus cuerpos les parecieron más amigables y muchas de ellas dejaron de agachar la cabeza cuando salían de compras por el barrio.
- Ahora nos sentimos más lindas y con menos rollos - dicen.
Jeannette, Susana, Paulina y Marcela son cuatro amigas inseparables que, entre todas, suman 14 hijos. Se conocen desde hace unos 15 años; sus casas en la Villa Eneas Gonel de Conchalí están separadas por apenas unos cuantos pasos; ven las mismas teleseries; se cuentan sus dramas y sus alegrías; se ponen melancólicas con las canciones de Camilo Sesto; saben perfectamente qué cocinará cada una a la hora del almuerzo; son apoderadas del mismo colegio y los domingo venden la ropa usada que juntas recolectan durante la semana en la feria persa del barrio.
Pese a toda esa historia en común, nunca se habían visto unas a otras en la forma en que lo hicieron cuando se sacaron de encima los prejuicios y la ropa y posaron para la exposición Cuerpos Celestiales, inaugurada el jueves 25 en el hall del Cine Arte Alameda, en Santiago.
Al grupo de modelos autodidactas se unió, en diciembre del año pasado, Marina, de 52 años y también de Conchalí, dueña de casa y hoy estudiante de Pedagogía en la Universidad Tecnológica Metropolitana. Tras su primer desnudo frente a una cámara fotográfica, su conclusión es una sola: se trató de un acto de liberación.
- Soy chica, mido un metro 50 y peso 80 kilos. Pero ahora me siento hermosa, porque al asumir tu cuerpo sientes recién tu belleza - dice con un semblante pleno. La fotografía fue un desafío para ella, sobre todo porque reconoce que sólo a la mitad de su matrimonio se atrevió a desnudarse frente a su marido, un taxista que la apoyó desde el comienzo en la aventura. Al igual que sus hijos, de 32 y 29 años.
- Cuando le conté lo del desnudo artístico, mi marido me dijo bromeando ¿y esto no es pornográfico, cierto? - cuenta Marina riéndose a carcajadas.


Las chicas superpoderosas

Es mediodía y Jeannette (37 años, dos hijos) pica rápidamente el apio que acompañará el almuerzo de su esposo, un carpintero que está apurado por irse a trabajar. En el televisor blanco y negro Ivette Vergara conversa con sus invitados mientras en la vida real, Jeannette se multiplica y, terminando con el apio, plancha una camisa.

- ¡No me vayan a sacar la foto planchando! - dice ella, y Marcela, Paulina y Susana la celebran con una carcajada. Las amigas fuman nerviosas y se pasean por la cocina de Jeannette: las fotos que se tomaron hace más de un año están a punto de convertirse en exposición.
- Nos duele la guata - dice Marcela, 30 años, tres hijos y la menor de todas.
Junto a Susana (39, cuatro hijos) parecen -sólo a primera vista- las más serias del grupo. Paulina -de 33 y seis hijos-, es la reservada y Jeannette, la dueña de casa, la explosiva, la chispeante, la que convierte lo trágico en divertido.
- Nosotras somos súper amigas, pero no nos habíamos visto nunca desnudas. Ni siquiera en traje de baño, ni en la playa ni en la piscina - dice Susana.
Por eso, cuando la fotógrafa Paula Ubilla llegó a sus casas para proponerles ser parte de su trabajo, a ellas se les movió el piso. Demoraron alrededor de una semana en tomar la decisión, sobre todo porque posar desnudas era algo inédito no sólo en sus vidas, sino también en el barrio.
Para la fotografía pusieron sus condiciones. Tenía que ser en su territorio, en Conchalí. Más precisamente en la casa de una de ellas. Si no, no.
- Lo que más nos costó fue sacarnos la ropa - dicen a coro.
Paulina, que se casó a los 12 años, saca la voz y confiesa:
- Es que nos daba vergüenza. Porque está sociedad no está hecha para gordas. Todo está hecho para las delgadas y una pasa desapercibida entre la gente. Nadie te ve porque eres gorda-.


Los maridos

Jeannette asiente, pero aclara que ha visto revistas antiguas "donde tienen puras gordas. Eran otros tiempos, parece. Yo también fui flaca, pesaba 58 kilos y era regia-estupenda, pero con mi segundo parto me desbordé", explica.
- La Jeannette, antes de la foto, caminaba como encorvada, con la cabeza gacha - dice Susana imitándola.
Jeannette cierra los ojos y dice que es cierto, que le daba vergüenza levantar la cabeza porque no se sentía bonita.
- Pero la Paula (la fotógrafa) nos enseñó a caminar como modelos. Y ya no ando encorvada. Es que nos sentimos como más liberales, ¿me entiende? Caminamos por toda la población y no estamos ni ahí. ¡Chúpate esa! - explica la aludida con una risotada.
Los vecinos de la casa de Jeannette corren discretamente -y no tanto- las cortinas para observarlas mientras caminan y juguetean por el pasaje pocas horas antes de que se inaugure la exposición que las convertirá en "estrellas". Contarles de su decisión a esos mismos vecinos, a sus maridos, familias y amigos, fue, tambié, toda una hazaña. El marido de Susana, un mecánico de parquímetros, le dijo que no estaba de acuerdo con que ella posara para las fotos. "Pero si es arte", alegó ella.
El 'no' fue rotundo, pero Susana respondió "me las voy a tomar igual" y en la exposición aparece sentada en un sillón emulando a una fémina de los años '20 y eso la tiene muy feliz.
- Las fotos nos liberaron -dice Susana, y Marcela agrega con una risotada: "¡Nos creemos las tops models!".
Marcela es la más alta del grupo y su esposo -que trabaja como obrero- le dijo que no iría a la exposición. A Jeannette el marido le explicó que estaba de acuerdo, pero que la decisión la dejaba en sus manos.

- Me dijo que me tomara las fotos siempre y cuando no fueran ni pornos ni para internet. Ni tampoco que yo saliera con cara de ..., cara de ... ¡california! - dice Jeannette a carcajadas.


El carnicero

Paulina, Marina, Susana, Marcela y Jeannette saben que el haber posado hace un año tiene su mérito personal. La madrugada del 30 de junio, con Tunick frente a cuatro mil chilenos entusiastas, ellas ya sabían de qué se trataba.
- Nos sentíamos pioneras - cuentan. - Si hubiéramos tenido un vehículo, habríamos ido.Nos gustó porque había pobres, ricos, de todos los estatus por igual.
Ahora tienen su propia exposición y no hay vuelta atrás: las invitaciones para Cuerpos Celestiales ya están repartidas.
- Como ha pasado el tiempo desde la foto, cuando vimos la "entrada" se nos hizo un nudo en la garganta.
En el barrio, rápidamente se corrió la voz: el diario y la radio comunal les han pedido entrevistas, pero el pudor, por ahora, es más fuerte. Y aunque no saben precisamente cómo se supo todo, alguna sospecha tienen.
- Es que le dimos una entrada a una amiga copuchenta y se divulgó.
La gran sorpresa se la llevó Jeannette cuando el carnicero la quedó mirando por encima del mostrador y le dijo que había visto las fotos.
- Pero yo le expliqué que era arte, para que no se fuera para otro lado.


"Partieron tapándose todo"

La fotógrafa Paula Ubilla quería explorar la escasa relación que las mujeres tienen con sus cuerpos, "un problema que se genera al no aceptarse y mientras no lo hacen, creen que no son bonitas para la otra persona". De ahí nació Cuerpos Celestiales.
A las amigas de Conchalí las contactó a través de una profesora del colegio donde ellas son apoderadas. "Me habló de un grupo que era súper unido y me dijo que si una aceptaba tomarse las fotos, lo harían todas".
"Les planteé que quería mostrar cuerpos que tuvieran que ver con la realidad chilena, con la gente que no sale en la televisión. Una de ellas me dijo que cada vez que estaba frente al espejo, sólo se miraba la cara".
"Frente a la cámara les dije que era la oportunidad de ser como ellas querían ser, que fueran libres. Se relajaron en la tercera sesión. Partieron tapándose todo. De a poco sacaron una mano, luego bailaban, jugaban y ponían música. Una de las últimas sesiones me emocionó mucho. A ellas se les cayeron las lágrimas y yo lloré con ellas".


Publicado en el Semanario "Siete + 7"
Santiago de Chile, agosto de 2002


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