LA CARNE *
Por Rosa Montero
El cuerpo es un banquete y es una cárcel. Desde el principio de
los
tiempos, los humanos nos hemos debatido como locos furiosos dentro
del
encierro de nuestro ser físico. Porque el yo, o el pensamiento, o
el
alma, aspira a la eternidad: y el cuerpo es el enemigo que nos
mata. Esa
carne sometida a las necesidades, ese cuerpo que precisa comer y
dormir
y beber, que duele y se cansa, que se enferma, nos recuerda
nuestra
absoluta fragilidad. Por eso hay individuos que se mortifican
físicamente, que se flagelan y ayunan; por eso existen los
tatuajes, las
escarificaciones, las perforaciones de orejas y de labios, las
pinturas
rituales o de guerra. Son siglos y siglos de actuaciones sobre la
carne,
sobre el cuerpo, intentos milenarios de controlar, poseer,
castigar,
reconducir, reinventar nuestra materia.
Y para colmo, el sexo. Dentro del conflicto de la carne, el sexo
es la
apoteosis de la confusión. Porque el sexo es pura piel y cuerpo y
jugos
animales, pero también (o quizá sobre todo) es imaginación y mente
y
espíritu. Si el sexo se redujera a la mera carne, la masturbación
no
tendría rival: porque quién nos puede conocer mejor que nuestra
propia
mano. Pero el sexo es esa actividad sísmica del organismo que
aúna, en
el relámpago de un instante, el cuerpo y la cabeza, la conciencia
aguda
del yo y la disolución de toda conciencia. La piel se incendia en
el
amor y, curiosamente, desaparece, anulando las fronteras
materiales
entre los amantes. Lo maravilloso del sexo es ese abismo: uno se
cae
dentro del otro. Durante un tumultuoso segundo te fundes con tu
pareja y
dejas de estar íntimamente solo, y mientras eres dos te sientes
inmortal, porque la muerte, enemiga cobarde, sólo ataca al yo
individual. Supongo que de ahí debe venir la famosa melancolía
post-coito: del dolor de tener que regresar a tu destino efímero y
humano, al encierro del cuerpo solitario que te mata.
Pero para que se produzca esa fiebre gloriosa y esa explosión de
vida
es necesario hacer el amor con la mente y con la carne al mismo
tiempo.
Si sólo implicamos el cuerpo en el asunto, el encuentro se reduce
a un
remedo de onanismo bastante estúpido, porque, además de las dudas
razonables sobre el resultado físico, encima es menester dar
conversación. Y si sólo aplicamos la cabeza, las consecuencias
suelen
ser catastróficas, una mera gimnasia sin enjundia, una frustración
de
los sentidos.
Pensaba yo todo esto mientras leía "La vida sexual de Catherine
Millet"
(Anagrama), crítica de arte y conocida intelectual francesa. Del
libro,
publicado en España hace algunos meses, se ha hablado ya hasta la
saciedad, porque Millet cuenta en primera persona cómo se acostó
con
miles de hombres (a veces con más de un centenar en una sola
noche) y
eso parece que impresiona. Peo lo que a mí más me ha sorprendido
del
fenómeno Millet es que casi todos los críticos parecen haberse
puesto de
acuerdo en decir que se trata de un texto "muy sincero",
confundiendo
quizá el exhibicionismo con la veracidad. A mí me da la sensación
de que
es un trabajo sustancialmente mentiroso, un tedioso y reiterativo
relato
de coitos multitudinarios contados como si no tuvieran ninguna
consecuencia ni ninguna importancia, como si todos fuéramos tan
felices
siendo tan amorales y tan modernos.
Sólo la cuarta y última parte del libro roza la temblorosa fibra
de lo
auténtico, sólo al final merece la pena la obra. Es entonces
cuando
Catherine habla de sus enormes dificultades para relacionarse con
los
otros; del sexo como intento fallido y frustrante de suplantar una
comunicación imposible; de que, pese al trajín orgiástico, tardó
muchísimos años en conocer el orgasmo (ya digo que separar cabeza
y
cuerpo es algo funesto); del dolor y el encierro de la carne.
Porque
nuestros actos sí tienen consecuencias, sí tienen importancia. Lo
interesante del libro de Catherine Millet no es la parte
estrictamente
amatoria, aunque se pase toda la obra hablando de fluidos
goteantes y de
genitales chapoteantes, sino el hecho de que, a través de esa
sexualidad
extremadamente disociada, podemos atisbar una tragedia elemental
de los
humanos: el conflicto entre la mente y la carne, el sufrimiento de
un cuerpo que es a la vez gloria y prisión. Verdaderamente somos
raros.
*Artículo de Rosa Montero, publicado en la revista
del Diario El País 05-05-2002 y titulado "La Carne", hace mención
al libro "La vida sexual de Catherine Millet (Editorial Anagrama,
España).
|