Los católicos y la homosexualidad
Luis Pérez Aguirre
Es un hecho positivo que nuestra sociedad se vaya poco a poco
abriendo a una minoría que permanecía clandestina o tabú. Me
refiero a la de los homosexuales. En Uruguay se han publicado
libros, se han realizado conferencias, programas televisivos, se
han hecho periódicamente manifestaciones en la vía pública. Ya
hace tiempo que homosexuales uruguayos (varones y mujeres) se
vienen asociando en diversas organizaciones, etcétera. Todo ello
trae un aire nuevo y es propicio para que los católicos hagamos
una puesta a punto de cómo enfrentamos esta realidad. Y en honor a
la lucha de los homosexuales por su dignidad sería bueno comenzar
por recordar aquello que solía decir Marañón: "no hay heroísmo
comparable al de hacerse superior a un estado de opinión
equivocado, sobre todo si en el error se mezclan las palabras de
moralidad, patriotismo, etc.". Porque ha sido alrededor de la
homosexualidad como de ninguna otra realidad donde se han
concentrado las más infames humillaciones, censuras, castigos,
prohibiciones y cosas peores.
Si la homosexualidad es tan vieja como la humanidad, si ella se
encuentra en todos los pueblos, culturas y lugares del planeta y
de la historia, si en todas esas instancias hay vestigios de que
se la condenó, pienso que la nueva actitud, la comprensión
distinta de la homosexualidad y el cambio de actitudes, se debe en
gran parte a que recientemente nos hemos puesto a pensar y
averiguar con un poco de sinceridad tanto las causas de ella como
las de su condena en las sociedades y en la Iglesia.
No pocos católicos nos hemos confrontado con el hecho insoslayable
de que la enorme mayoría de los homosexuales lo son sin ellos
elegirlo. Y ahí están, a nuestro lado, y afrontan las vicisitudes
de la vida como cualquiera de nosotros heterosexuales, tienen
iguales o mejores sentimientos que nosotros, tienen los mismos
derechos y entonces ya no aparece tan nítidamente la causa de
porqué se los proscribe, porqué la Iglesia se siente incómoda ante
la homosexualidad.
Pero vayamos por partes. Es evidente que la actitud de la Iglesia
católica ha variado en estos últimos años y debemos ser cuidadosos
en distinguir cuál es la condena que ella sigue manteniendo y
porqué. En la Carta sobre la pastoral de los homosexuales,
publicada en Roma el 1 de octubre de 1986 por la Congregación para
la Doctrina de la Fe, aparece con nitidez una nueva actitud
eclesial al afirmar que "es de deplorar con firmeza que las
personas homosexuales hayan sido y sean todavía objeto de
expresiones malévolas y de acciones violentas. Tales
comportamientos merecen la condena de los pastores de la Iglesia,
donde quiera que se verifiquen. Revelan una falta de respeto por
los demás, que lesiona unos principios elementales sobre los que
se basa una sana convivencia civil. La dignidad propia de toda
persona siempre debe ser respetada en las palabras, en las
acciones y en las legislaciones"(n.10).
La misma actitud de condena a la violencia en palabras o en actos
contra los homosexuales pide el Catecismo de la Iglesia católica,
(1992, n° 2358) al afirmar que "los homosexuales deben ser
acogidos con respeto, compasión y delicadeza". Pero si este cambio
evidente de actitud en el magisterio jerárquico de la Iglesia
señala una nueva línea positiva de relacionarse con los
homosexuales, no pocos quedan perplejos y desconcertados ante
otras expresiones de ese mismo magisterio tales como que "la
realización de la tendencia homosexual no es moralmente
aceptable", "los actos homosexuales son intrínsecamente
desordenados y en ningún caso pueden recibir aprobación", "la
condición homosexual es desordenada", "hay que establecer
claramente que la actividad homosexual es inmoral", "las personas
homosexuales que se empeñan en una actividad homosexual refuerzan
dentro de ellas una inclinación sexual desordenada" (Carta citada
n° 3,7,10).
El moralista católico Benjamín Forcano se pregunta ante esta
aparente contradicción "si la homosexualidad como condición y
tendencia profunda no es elegida por el homosexual, si en su caso
la homosexualidad le es constitucional, si se refuerza en él como
efecto de factores también externos, si no está en su voluntad el
excluir de sí esa condición (como no está en una persona el
rescindir la condición de su edad, de su color, de su estatura,
etc.) ¿en virtud de qué la estructura somático-psíquica del
homosexual es calificada de objetivamente desordenada, inmoral,
inaceptable? ¿Cómo exigir a esos individuos que vivan como si no
fueran homosexuales, es decir, desatendiendo por completo las
tendencias que les son propias?" (1)
Porque si nos atenemos a lo que la Iglesia afirma respecto de la
condición de inmoralidad intrínseca del homosexual, entonces se
está diciendo que esa persona incluye en sí misma elementos
desviados de la naturaleza y objetivamente desordenados,
moralmente inaceptables y se está haciendo con ella una
discriminación casi ontológica señalándola como indeseable por
cuanto se siente impulsada a realizar acciones inmorales (Benjamín
Forcano). De nada sirve entonces aquella recomendación eclesial de
comprensión y respeto al homosexual que citábamos al principio si
se sostiene a continuación que es un ser intrínsecamente inclinado
a actos pervertidos de la naturaleza.
Desentrañar el porqué de esta contradicción en el magisterio
eclesial es fundamental. En primer lugar cabe recordar con el
eminente teólogo Edward Schillebeckx que "respecto a la
homosexualidad no existe una ética cristiana. Es un problema
humano, que debe ser resuelto de forma humana. No hay normas
específicamente cristianas para juzgar la homosexualidad". Es por
todos sabido que en la Iglesia existen posturas muy diferentes
sustentadas legítimamente por parte de moralistas y los teólogos.
Si en Inglaterra, por ejemplo, se mantuvo hasta el año 1930 una
ley que castigaba a los homosexuales con trabajos forzados por dos
años o a perpetuidad, es bueno saber que el actual magisterio de
la Conferencia episcopal de Inglaterra el documento Social Welfare
Commission afirma que "la Iglesia tiene la grave responsabilidad
de trabajar por la eliminación de todas las injusticias cometidas
contra los homosexuales por la sociedad. En tanto que grupo que ha
sufrido con creces su lote de opresión y de desprecio, la
comunidad homosexual tiene un derecho particular a la preocupación
de la Iglesia".
Ante tal afirmación y la contundencia de la defensa de la
comunidad homosexual por parte del magisterio eclesial, cabe
preguntarse cómo se entiende entonces la dificultad que tiene la
Iglesia católica para aceptar en pie de igualdad a una pareja
homosexual y un matrimonio heterosexual. Creo que ello estaría en
que siempre ha enseñado que la expresión sexual (genital) del amor
está destinada, según interpretación del plan de Dios sobre la
creación, a encontrar su lugar únicamente en el matrimonio entre
un varón y una mujer. Además, la expresión sexual (genital) del
amor debe quedar abierta a la eventual transmisión de una nueva
vida. Dice el cardenal George Basil Hume, arzobispo de Westminster
y presidente de la Conferencia Episcopal de Inglaterra y del país
de Gales, que "por estas dos razones, la Iglesia no aprueba los
actos genitales homosexuales. Cuando la Iglesia describe esos
actos como "intrínsecamente desordenados", quiere decir que esos
actos no son coherentes con los dos principios fundamentales
mencionados antes" (2) . Y concluye en consecuencia que "ser una
persona homosexual no es ni moralmente bueno ni moralmente malo:
son los actos genitales homosexuales los que son moralmente
malos"...
Vienen al caso algunas observaciones del moralista español Forcano
a las propuestas del magisterio eclesial en este tema. Dice que si
se afirma que la homosexualidad es un "desorden" por referencia al
"orden heterosexual", habría que aceptar que para el homosexual
auténtico ese desorden es constitucional en gran parte y, por lo
tanto, premoral. No lo elige él. Es decir, que si no es un acto
personal, lo más que podemos decir es que en sí mismo, en su
objetividad, es amoral. Entonces, continuando con su razonamiento,
Forcano dice que si el heterosexual obra con corrección moral
siguiendo sus inclinaciones heterosexuales, habrá que demostrar
por qué el homosexual no obra así cuando sigue las suyas, que al
parecer son objetivamente amorales. Y más aún, si se dice que las
inclinaciones del homosexual le inducen a actos intrínsecamente
inmorales, se está afirmando que en eso su naturaleza es malvada,
mal hecha, y lógicamente habría que concluir que, por actuar uno
conforme a ella, deviene inmoral. "Pero entonces, ¿qué valor tiene
aquello de que la moral consiste en realizar (ser fiel a) la
propia naturaleza? ¿Qué responsabilidad tendría el que, en ese
caso, se aparta de ella? Desde el punto de vista del
comportamiento, ¿cuál es su alternativa? ¿Petrificar su actividad
homosexual asumiendo la castidad? ¿Renegar de su condición
objetivamente inmoral infligiéndose transformaciones físicas,
culpabilizándose, haciéndose desaparecer?" (3)
El pensamiento ético en la Iglesia hoy se va lentamente alineando
con la afirmación científica de que la homosexualidad no es una
enfermedad. Es una condición cuya génesis y desarrollo se debe a
diversas y complejas causas todavía no del todo bien conocidas
pero que la endocrinología, la neurología, y otras ramas del saber
comienzan a desentrañar. Tampoco es un desorden moral ontológico.
El conocimiento cada vez mayor de esta realidad nos va permitiendo
relativizar antiguos rigorismos y prejuicios precientíficos. Aún
en el caso de que se siga pensando que los actos genitales
homosexuales sean objetivamente malos, como afirma el magisterio
eclesial, la misma Iglesia pone en guardia contra "toda
generalización en el juicio de los casos particulares" (Carta
citada, n. 11).
Por encima de todas estas contradicciones está la sabia y
cristiana afirmación del Cardenal Hume de que "nada hay en la
enseñanza de la Iglesia que pueda ser orientado a sostener o a
aprobar, así fuese implícitamente, las campañas contra los
homosexuales, hombres o mujeres. Además, la «homofobia» no debe
hallar cabida entre los católicos. (...)Dios ama a cada persona
con un amor que es más grande que todo amor que un ser humano
pueda tener por otro. En todas las circunstancias y situaciones de
la vida, Dios llama a cada persona, cualquiera sea su orientación
sexual, a realizar la parte del plan querido por Dios para ella, y
que ella es la única que lo puede cumplir"(4) .
NOTAS:
(1) Benjamín FORCANO, Homosexualidad ¿Dónde radica la
discriminación?, Éxodo 28(1995)51.
(2) En Observaciones sobre la enseñanza de la Iglesia católica en
lo que respecta a las personas homosexuales, Actualidad Pastoral,
221-225(1996)309.
(3) Ver B. FORCANO, op. cit. p. 52.
(4) George B. HUME, op. cit. p. 311.
(Revista Uruguaya de Sexología, Montevideo, Año XV Nº 2, julio de
2000, p 16-18)
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