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Jueves, 31 de enero de 2002
VISTO/OÍDO | EDUARDO HARO TECGLEN
El Papa y el sexo
El mejor matrimonio es ninguno. El acuerdo entre dos (¿o más?)
personas para unirse en la felicidad sexual (dentro de lo
posible), engendrar o no, separarse y emparejarse de nuevo es algo
personal. Una doctrina conocida, pero nunca puesta en práctica
salvo en círculos bohemios, y esa pasión ha dado grandes figuras
al arte: muchos han abandonado la burguesía paterna y se han
dedicado a la pintura o el teatro, o a la vida libre. Pero ha
habido siempre leyes persecutorias; en el otro sentido,
estimulantes. Este presidente de Gobierno pretende no se qué
ventajas para la familia, porque es el sistema reproductivo y
social que pertenece a su religión personal; y este Papa viejecito
y tembloroso exhorta a jueces y abogados a que no perpetren
divorcios (el mejor Papa, también, es ninguno). Es su trabajo
artesano: ninguna religión es ajena a la administración de las
poblaciones, implicada con el gobierno general de abundancia de
mano de obra y del ejército con numerosos soldados. Mezclar la
abominación del sexo es una argucia notable: es la mayor atracción
del mundo, pero sólo se puede practicar con la magia oficial y la
burocracia. Pero las cosas han cambiado: y sólo hacen falta
soldados enemigos para que nuestras máquinas los maten y los
guardias les torturen; el trabajo manual es innecesario, y si un
país necesita trabajadores baratos para que paguen nuestro retiro,
los importa. Y hasta se sienten felices de que les dejen
desarrollar ese trabajo de beneficencia, a la sombra del tricornio
y el alguacil, y con la vigilancia de los mozos del pueblo y sus
bestias garrotas. El mago que nos gobierna a través del OPS y
desde éste al Gobierno, y con el espantajo del demonio por una
parte y por otro del prestigio social, el 'Papa-Re', como le
llaman los periódicos italianos, hace lo que le enseñaron las
tatas polacas cuando era niño y sus catequistas: lo acentúa. Los
obispos españoles le secundan inmediatamente. Pero, ¿qué van a
hacer los jueces? Divorciar o dimitir: quizá poner toda clase de
dificultades y tiempo, creyendo que así irán al cielo casto, donde
no sé si hay alguno de su oficio. Y novios y novias le justifican:
'¡Es por mamá, la pobre!'. Por cierto: hay estadísticas asombrosas
que dicen que hay mucha gente que se divorcia casi inmediatamente
después de casarse: más aún que se casan para poderse divorciar
con arreglo a sus regímenes económicos.
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