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La construcción del cuerpo

Rocío Silva Santisteban

Tertulia (Guatemala), 25-VIII-2001

En la Edad Media, cuando los médicos estaban prohibidos de realizar autopsias, los anatomistas en sus dibujos imaginaban los órganos sexuales femeninos como "órganos masculinos volteados hacia adentro". No es que el hombre era la mujer vuelto al revés, sino que la mujer era, debido a algún tipo de imperfección, el hombre que no había salido afuera. La explicación se basaba en que los fluidos del hombre eran más calientes que los de la mujer, entonces por ser tibia la mujer no lograba "sacar" sus genitales. Algo así como un globo desinflado, ni más ni menos. La mujer, pues, era un hombre atrofiado.
Los más reconocidos anatomistas representaban a la vagina como un falo interno. Incluso algunos autores como Jacobo Berengario sostenían explícitamente que "el cuello del útero es como el pene y su receptáculo, con testículos y vasos, es como el escroto". Estas representaciones posteriormente las tomó Leonardo da Vinci, quien también dibujó órganos femeninos con ese peculiar isomorfismo. Pero, aunque parezca increíble, esta percepción del cuerpo no era simplemente una muestra de las convenciones estilísticas de los dibujos de la época, era una visión ideológica por medio de la cual entendían los científicos que la mujer simplemente era un "infrahombre". El género construía al sexo.
Esto se demuestra más claramente años después, cuando el Estado y sus instituciones, en nombre del progreso de la ciencia, permiten la disección de cadáveres. Durante el Renacimiento los anatomistas por fin pudieron ver los genitales de la mujer en el interior de sus cuerpos sin vida, pudieron observarlos con detenimiento, tocarlos, cortarlos y diseccionarlos. Pero... ¡los seguían dibujando como "órganos volteados"! La concepción cultural de lo que debía ser el cuerpo de una mujer era tan fuerte que incluso se imponía sobre la evidencia biológica. Veían lo que querían ver.
Galeno, uno de los más importantes anatomistas de la antigüedad, quien pudo distinguir en numerosos cuerpos las diferencias anatómicas obvias, sostenía esta idea. Y es que creía firmemente en que la perfección la representaba el hombre, y la mujer era simplemente un escalafón menos en la evolución humana. "Dentro de la especie humana el hombre es más perfecto que la mujer -dice Galeno- y la razón de esta perfección es su exceso de calor..." El hombre ha sido (y desgraciadamente, para ambos sexos, sigue siendo) la medida ontológica de todas las cosas, la mujer apenas su sombra, de ahí la construcción de un sexo único y dos formas (revés y derecho) de serlo.
En nuestros días la perfección para representar la anatomía humana tiene visos de ciencia-ficción si pensamos en tomografías o ecografías que escudriñan hasta nuestra alma. Segmento a segmento de nuestro cuerpo, incluyendo tejidos y fluidos, son representados por fotos y videos. Pero hay algo que sigue siendo una constante: la idea de que el hombre es la medida de todas las cosas. La lucha por la igualdad de la mujer, si se le conceptúa como asemejarse al varón, sigue siendo la continuación de los malabares gráficos de los anatomistas renacentistas. Es preciso pensar y concebir a la mujer desde una categoría ontológica propia.

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