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Japón
Las geishas
Madrid, 26 de junio del 2001 (prensamujer/Tertulia)
En el origen, hacia el siglo XI, un geisha era una persona que desarrollaba habilidades artísticas. De hecho, la palabra 'geisha' está formada por "arte" y "persona", es decir, que no se refiere en un principio al sexo de la persona. Sin embargo, con el paso del tiempo las mujeres pasaron a desempeñar esta profesión ya prácticamente desaparecida en Japón.
Las niñas, reclutadas previo pago de una importante suma a su familia, vivían durante años enclaustradas en escuelas especializadas donde se les enseñaba a agradar a los hombres con su comportamiento discreto y sumiso, el aprendizaje de la técnica tradicional de servir el té y el dominio de un instrumento musical. Casi siempre se las destinaba a un hombre, su comprador, que las instalaba en una casa de té donde la mujer ofrecía su encanto a los hombres invitados. Este escenario suponía un lugar tranquilo, sin tensiones, para el descanso del amo, que además gozaba de los favores sexuales de la geisha.
A pesar de la evidente esclavitud del oficio, de los sacrificios que las niñas debían realizar para aprender las complicadas danzas y cantos, de los años de encierro en la férrea disciplina de las escuelas, la vida de las geishas podía ser más libre que la de sus contemporáneas japonesas unidas a una familia convencional.
Con el paso del tiempo, las geishas japonesas han dado paso a mujeres que se dedican a la prostitución, normalmente en bares de alterne. Sin embargo, parece que el hombre japonés sigue añorando a esas mujeres que se les entregaban en cuerpo y alma, que consagraban su vida entera a agradarles, unas esclavas de lujo, formadas durante años para proporcionar placer y tranquilidad que, además, eran una muestra del prestigio del amo.
Estas mujeres anónimas, que perdían su identidad para pasar a identificarse por su profesión, se han convertido ahora en seres virtuales que los hombres japoneses visitan en la red. Las geishas infográficas ya no sirven el té para sus invitados masculinos, pero siguen presentándose modosas, sometidas, sin identidad, etéreas, sin carácter ni personalidad, dispuestas a satisfacer los deseos de los japoneses con la mente en blanco.
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