Literatura light, o yo también como liviano*
Pía Barros (Chile)
El lugar común es aquello a lo que recurre el lenguaje en el doble estándar de la significación: lo que es común a todos, por sabido, por derecho (como los refranes o los parques y las plazas), o lo que es vulgar por repetido, liviano, saturado. Sabemos que el primero que se refirió a los dientes como "perlas de tu boca" fue un genio, pero quien lo repitió fue un tonto y quien lo re-repitió debe ser encerrado.
Aquello que conocemos como literatura "light", podríamos fácilmente inscribirlo en el lugar común. Es próxima, depende muchas veces del azar y se construye como una ideología.
El sistema neoliberal en el que nos encontramos necesita de la literatura "light"; más bien, de toda una cultura "light". Una cultura que roce la superficie, que pareciera acercarnos a problemáticas del lugar común, pero jamás desgarrarnos con ellas; que acuse a la injusticia pero no la cuestione; que dé cuenta de los privilegios de clase y género, pero no los degrade; que enuncie, pero no cometa desacato.
No es casual que la cultura de hoy rinda culto al objeto: necesitamos objetos para erigir lo neoliberal. Y es el turno en el arte de la plástica y, en especial, de la pintura. Por supuesto que no es culpa de los pintores que el sistema de lo tangible y lo inmediato, el sistema del evento (por lo eventual), necesite objetos tangibles en qué invertir. Y por supuesto, dentro de la pintura, aquello que es claro, "bello", técnicamente perfecto, se lleva la palma.
En el otro extremo de la mesa, la pariente más pobre, la música docta, recibe migajas o nada. Es su culpa por intangible, no fácilmente comerciable, por la efímera belleza que además "regala" y no vende.
Nosotros/as (y desde aquí diré nosotras, que para eso éste es un encuentro nuestro) estamos en la mitad de la mesa. Y comemos liviano no sólo porque nos toque menos, sino también porque, al hacer la compra en el supermercado, permitimos que junto a la mayonesa "light" nos vendan literatura "light". Porque permitimos a los editores ser empresarios de nuestros textos y omitir, cambiar, acomodar, "porque así se vende más". Al haber una "industria" cultural, se establecen "productos" de inserción.
En mi país, la mejor escritora es la que menos vende. Y no me refiero a una abstracción, sino a un nombre concreto: Diamela Eltit. Plumas como ésa, por desgracia o por asombro, nacen sólo cada cincuenta años. El mundo la consagra y la academia no puede referirse a la literatura en nuestro país sin que cada frase pase por ella; la poesía joven le debe no sólo su temática y su estética, sino también su desacato. Pero también, el sistema coopta y necesita íconos, constructos desde los cuales probar su tolerancia. El mercado banaliza producciones, es cierto, pero la academia a su vez sacraliza, estigmatiza, crea modas, construye y dirige el canon.
Consecuencia y obsecuencia
¿Se comen, qué son, qué?
Yo era una quinceañera para los setentas, esos años en que nuestro cono sur se vio tan vapuleado, y crecí al amparo de una palabra grande, sonora: consecuencia. Había que ser consecuente para vestir, para leer, para pensar y hasta para comer. Luego vino el horror y el miedo, y ese espíritu carroñero que es la sobrevivencia me/nos enseñó las dietas, lo externo, la delgadez, los gimnasios para sublimar, los libros para pasar el rato, la cultura del evento. Nos volvimos eventuales, pasajeras, cosistas.
La memoria quedó sepultada como una mala palabra pero, como sucedáneos, accedimos a libros que hablaban de zagas familiares, de personajes unívocos, de conflictos leves: en suma, amamos la protección del protectorado. Y debemos reconocer (o al menos yo reconozco) que nos alegramos por esas puntas de lanzas, o extremos de la soga, que en el primer mundo hacían visibles a las mujeres de este tercer mundo. En mi caso, estoy en deuda con Isabel Allende, porque ella me y nos hizo visibles. Ella fue la punta de lanza que abrió camino para nosotras.
Ahora, como toda estructura es perversa en sí misma, desde los sesentas, nuestra América fue vendida como exótica. También la literatura de género fue un exotismo para un mercado de hastíos y que perdía poco a poco sus pasiones: fuimos, gozosamente, la diferencia. Permitimos que nos vendieran como exóticas especies. En resumen, permitimos que el extremo de la soga se diera vuelta para ahorcarnos.
Y si la memoria es un lujo que no se puede permitir a países del tercer mundo, aunque lleven entre diez y veinte años implorando por el tema, el sistema pone en la mira del lector la novela histórica, y les seguimos el jueguito: histórica y del pasado lejano, "para que las entiendan las mujeres", el pasado inmediato es renunciable por molesto y por razones aún más inceribles: porque divide a las familias. Lo maravilloso es que las mujeres, como dijo Josefina Ludmer, sustentamos las "estrategias del débil", y así podemos leer a autoras como Silvia Miguens, que construye una memoria histórica desde las vidas de las mujeres: no importa el virrey, importa Ana, y otras, que hacen de la historia una torsión para re-contarnos, para ser el pulso de lo que fuimos.
Por otra parte, el feminismo académico daba otras variables y nos decía que las mujeres éramos fragmentarias y múltiples, y enviamos a nuestras personajas a fagocitarse la ciudad, a vivir diversas experiencias en una movilidad que atendía sólo a eso: al movimiento, no al fin de éste. Cumplimos con la academia y con el mercado; con dios y el diablo: hurra por nosotras, sobrevivientes. Fuimos obsecuentes. Toda cultura neoliberal necesita de nuestra obsecuencia, más aún el mercosur. Las viejas de mierda del siglo que pasó, o las mujeres propositivas del siglo que vendrá.
"La poesía no vende, porque no se vende", dice Jorge Montealegre, que aparte de ser el tipo con quien duermo, es un poeta que me gusta.
Acúsome de creer en la poesía (no en los maridos, en la poesía); acúsome de creer en la bella inutilidad de los gestos; acúsome de pensar que el humor es la mejor arma de la guerra; acúsome de escuchar tanto a Bach como a Joaquín Sabina; acúsome de odiar la tolerancia y adorar el respeto, la diversidad, las opciones; acúsome de irreverencia, de preferir lo micro por sobre lo macro; acúsome de amar las palabras, y a las mujeres que las ocupan; acúsome de creer en lo que vendrá, en las borracheras y el pan hecho en casa; acúsome de apóstata y creyente; acúsome del asombro. Acúsome de escribir aunque sepa que ni una palabra puede cambiar el mundo; acúsome de haber aprendido, como Zitarrosa, "que un traidor puede con mil valientes" y aun así tener el corazón a la izquierda.
Pero basta de acusaciones. He sido víctima dos mil años y no pienso seguirlo siendo otros dos mil. Creo firmemente que todo está cambiando, que la escritura de las mujeres se ha ganado el derecho de escribir sin dar explicaciones, el derecho de ser más que una profesión, un goce, la absoluta alegría de romper con el eje reproductivo y asumir lo creativo. Creo que la diversidad escritural, que va desde lo "light" a lo meramente intelectual, nos ofrece una gama infinita de posibilidades y no quiero renunciar a ninguna.
Hemos escuchado todo este siglo que debemos elegir, y elegir es renunciar siempre a algo, y creo que ya tenemos el derecho de fagocitarnos el todo, no las partes.
Si mi generación escribió desde lugares oscuros, con pocos personajes, donde la voz interna priorizaba a un diálogo escaso e imposible, cuestionando desde la maternidad hasta la militancia, desgarradas y carentes de salida, la generación de los 90 reivindicó el uso del habla, los espacios urbanos, el derecho a la frivolidad. Y ahora vienen más, y están produciendo. Me abruma que sus personajes tengan la traición como vínculo, el traicionar y traicionarse para ser sobrevivientes, pero lo veo como un gran aporte, no como una marca moral, y me gusta que las jóvenes se desacaten y sean menos románticas que los jóvenes en las mismas circunstancias. Alejandra Costamagna, Nona Fernández, Flavia Radrigán, Lina Meruane son las voces que ya empezaron a publicar y se han ganado un sitial en el siglo que empezamos.
No sé si optarán por el mercado o por la sacralización de la literatura. Tampoco me importa. Es maravilloso que no quieran ser salvadas, sino denunciarse. Proponer es tal vez el abrazo más grande entre nosotras y yo me siento abrazada por las que vendrán.
* Ponencia presentada en el II Encuentro Internacional de Escritoras. Rosario, Argentina, 9-12 de agosto del 2000. Correo electrónico:
piabarros@hotmail.com
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