Helen - la última bruja de Escocia
Maciej Przybycien, Link Polska Magazine
Publicado el 3 de agosto de 2008 por Gazeta
Wyborcza
Traducido del polaco para RIMA de Bárbara Gill
El juez recorre con la mirada la sala, tras lo
cual anuncia la sentencia:
nueve meses de cárcel. Helen estalla en llanto
y se cubre la cara con las
manos. El jurado no tuvo en cuenta los otros
cargos, entre ellos el más
grave, conspiración, que podría ser penada
incluso con la muerte, pero
no obstante la declaran culpable del más
absurdo: la práctica de la
hechicería.
Los fundamentos para el cargo fueron provistos
por una ley histórica sobre
hechicería (Witchcraft Act), de 1735. Es enero
de 1944.
Los comienzos de la carrera
Helen Duncan, la última bruja de Escocia, nació
en noviembre de 1897 en la
pequeña ciudad de Callender, cercana a
Stirling. La pobreza reinante en la
región obligó a la muchacha a tomar empleo en
Dundee a los 16 años. Exceso
de trabajo y las maas condiciones de vida se
reflejaron rápidamente en la
salud de la adolescente. Helen contrajo
tuberculosis. En el sanatorio
conoció a su futuro marido, el veterano de
guerra Henry Duncan. En 1916
contrajeron matrimonio. Es probable que gracias
a él haya ingresado en el
mundo des espiritismo y haya descubierto sus
excepcionales dotes. No sólo
podía tomar contacto con el mundo de los
muertos, sino que también podía
materializarlo en ectoplasma. El rumor sobre su
increíble don se expandió
con la velocidad del rayo. Helen abandonó su
región natal y junto con el
marido comenzó una gira espiritista por toda
Gran Bretaña. La actividad
producía ingresos que ara la época eran
altísimos; la mujer comenzó a llevar
una vida que alguna vez sólo había podido
imaginar. Su popularidad crecía, a
pesar de que las denuncias oficiales no la
favorecían.
En 1931 la Sociedad Londinense de Espiritismo
llevaron a cabo estudios
científicos sobre el fenómeno Duncan. Las
conclusiones finales no dejar
lugar a dudas: Helen era un fraude. Harry
Price, director del Centro
Nacional de Investigaciones Psíquicas (National
Laboratory of Psychical
Research), tuvo la misma actitud escéptica
respecto al don de la médium. En
1934 un tribunal escocés la sentenció culpable
de falsedad al presentarse
como médium y por alterar el orden público.
El contacto con los muertos
A pesar de estos hechos, la popularidad de
Duncan no disminuía. El verdadero
boom de los servicios de la cuestionada médium
llegó con el estallido de la
II Guerra Mundial. Las familias de miles de
soldados muertos o desparecidos
eran un mercado inagotable para cualquier
oferta espiritista. Las sesiones
de Duncan por lo general se llevaban a cabo en
casas particulares, y después
de cada una crecía le pléyade de los que
afirmaban que gracias a su
intermediación habían podido contactarse con
sus familiares muertos.
Entre las decenas de encuentros que se
realizaron, hubo uno que años después
se reveló como el más importante en la vida de
la escocesa, y su sentido y
veracidad siguen siendo un enigma hasta hoy.
Hay algo seguro, esa sesión
destruyó la vida de Helen Duncan, la convirtió
en traidora y espía, en la
última bruja condenada a prisión en Europa, y
finalmente inclinó a expedirse
en el asunto al entonces Primer Ministro de
Gran Bretaña, Winston Churchill.
La sesión a la que los servicios especiales
británicos dedicaron tanto
esfuerzo, paradojalmente agregaron veracidad a
las excepcionales dotes de la
escocesa. Se realizó a fines de 1941 en
Portsmouth.
La sesión más importante de su vida
La habitación está en semipenumbra. Todos los invitados tomaron sus lugares.
Algunos tosen nerviosamente, otros parecen
ausentes. Cada tanto alguien mira
con nerviosismo la puerta o a la precaria
cortina y la silla vacía de la
médium. Llegó, se sienta. Lenta, concentrada,
pero tranquila. El ayudante
le venda los ojos. Durante un momento no sucede
nada, parece dormida. Pero
es ilusorio, algo comienza a salir de los
labios de Helen. Los invitados se
miran, nerviosos, y luego miran a la escocesa
ausente. Después de un momento
la substancia que sale de su boca comienza a
tomar formas humanas. Una de
las mujeres comienza a gritar. Luego estalla en
llanto, hace tanto que no
tenía noticias del hijo, le reconoce hasta el
uniforme. No sólo ella, todos
ven al marinero con uniforme completo. En su
gorra se puede leer "HMS
Barham". "Hundieron nuestro barco", dice la
aparición con voz temblorosa.
Efectivamente, en noviembre de 1941 los
torpedos alemanes habían hundido en
el Mediterráneo al acorazado británico "arham".
Murieron 861 hombres. Pero
esto había sucedido unos días antes de la
sesión de Portsmouth y la
información era estrictamente confidencial. El
gobierno británico, temiendo
afectar la moral de los soldados, decidió no
publicar esa noticia. El mundo
olvidó la sesión de Portsmouth durante un par
de años. Lo recordó a fines de
1943. En ese momento se estaba preparando la
mayor operación de la Segunda
Guerra, el desembarco de las fuerzas aliadas en
Normandía. La inteligencia
militar desde hacía meses estaba analizando
toda clase de informaciones que
podrían amenazar el éxito de la operación. Se
llegaba a verificar las
denuncias más vagas, y las acciones que se
realizaban con frecuencia eran
exageradas y cuestionables. El mejor ejemplo
fue precisamente la causa de
Helen Duncan.
La redada policial y la cacería del espíritu
En enero de 1944 Portsmouth no tenía tan
magnífico aspecto como cuando los
Duncan realizaron allí sus primeras sesiones.
Varios años de guerra dejaron
visibles huellas sobre las paredes de la ciudad
y sobre sus habitantes. Allí
estaba la sede del puerto de marina naval más
importante de Gran Bretaña,
estaba constantemente amenazada por los
bombardeos nazis; por lo tanto, sus
habitantes vivían "oscurecimiento" permanente.
La ciudad parecía
somnolienta, sin vida. Pero nada indicaba que
la sesión que se llevaría a
cabo en Porstmouth en enero se diferenciaría tan
dramáticamente de otras
organizadas allí con anterioridad.
La habitación en penumbras, iluminada sólo por
velas rojas. Helen está
tranquila y concentrada. Saluda a los
concurrentes y de a poco se prepara
para la sesión. Hay silencio absoluto, sólo se
escucha el siseo de la estufa
a gas. Cae en trance, en su frente aparece una
gota de sudor. De pronto, de
los labios, o quizá de la nariz de la médium
comienza a salir un substancia
que de lejos parece algodón. Cuando alcanza el
medio metro, la sesión es
brutalmente interrumpida. Un silbido agudo, el
estrépito de la puerta, la
movediza luz de linternas eléctricas sobre las
paredes y los aterrados
rostros enceguecidos de los participantes.
Golpetear de zapatones y gritos:
"¡Policía, quietos todos!". Alguien se lanza y
trata de atrapar el
ectoplasma que se desvanece. Es inútil. La
policía se conforma con la
médium. Helen Duncan es arrestada.
El absurdo proceso de Helen
Los preparativo insumieron siete días, y el
juicio pasó a la historia como
uno de los más absurdos de la historia moderna
de Inglaterra. Helen Duncan
fue acusada de varios delitos. Comenzando por
vagancia y terminando por
conspiración contra el Estado. La causa era
grave, porque en caso de que se
la hallara culpable de este último cargo, su
sentencia podría ser la muerte
en la horca.
Se escuchó a 44 testigos y no se encontró nada,
salvo la Witchcraft Act, ley
de 1735 para combatir a las brujas. Alguna vez
había sido una perlita y
motivo de orgullo para los juristas británicos
(la ley no preveía la pena de
muerte por brujería), pero con el tiempo se
volvió tan actual como la teoría
de la Tierra plana. Las democracias maduras, de
larga tradición y
permanencia del derecho encontrarán ejemplos de
antiguallas jurídicas que
siguen existiendo en los códigos (p.ej., hasta
hoy sigue vigente el derecho
a matar a un escocés en York, pero sólo por la
noche y con la condición de
que el escocés esté armado con arco y flechas).
Nadie sensato trata con
seriedad estas antigüedades; como mucho cada
tanto, por diversión, se hace
un listado de ellas y se las publica.
Winston Churchill defiende a la bruja
Quedó patente que la guerra, el planeado
desembarco en Normandía y las
amenazas imaginarias, atizadas por los medios,
que veían espías por doquier,
la justicia británica trasgredió los límites de
la sensatez.
Esto llevó a que interviniera el mismísimo
Primer Ministro de Gran Bretaña.
Winston Churchill mandó una carta en defensa de
Helen Duncan. Churchil no
anduvo escogiendo palabras y llamó "payasada" a
todo el juicio: "Enviénme un
informe de por qué una norma de 1735 sobre
brujería ha sido utilizada en el
sistema judicial moderno"- se ofuscaba el
ministro. "Cuál ha sido el costo
para llamar a los testigos desde Portsmouth y
cuánto gastó el tribunal en
ocuparse de esta payasada durante dos semanas".
El texto de la carta muestra
bien a las claras qué pensaba sobre la
sentencia uno de los británicos más
prominentes del siglo XX.
Pero ni siquiera Churchill consiguió algo (no
se le puede negar buena
voluntad, parece que incluso visitó en la
cárcel a la sentenciada). El Día D
(día en que comenzó l desembarco de las fuerzas
aliadas en Normandía)
absorbió todas las actividades de las
instituciones del Estado. Nadie tenía
tiempo para ocuparse del tema de la escocesa
sentenciada. Toda la situación
convirtió a Helen Duncan en la última bruja
mandada a prisión en Gran
Bretaña (la última sentenciada por hechicería fue
Rebecca Jane Yorke, quien
debido a su edad fue eximida de prisión. Su
juicio se llevó a cabo unos
meses después del de Duncan), y a la vez en
símbolo de la indiscriminada
aplicación de la ley por parte de las
autoridades.
Justicia más de 50 años después de muerta
En las fotos colectivas de posguerra Helen
sigue teniendo un aspecto
magnífico. El tapado negro apenas puede
envolver la potente figura de la
escocesa. Sigue viéndosela grave, concentrada y
digna. No obstante, sus
conocidos y amigos sostienen que la estadía en
prisión le arruinó la vida.
No volvió a ser la misma. A pesar de haber
cumplido la condena, la policía
no la dejó en paz. Durante un allanamiento
policial en Nottingham, durante
una sesión, en 1956, fue brutalmente sacada de
trance. Esto le provoca
graves quemaduras de estómago, a causa de lo
cual muere en diciembre de
1956.
Recién después de más de 50 años se le hizo
justicia. No sólo ella, sino
todas las mujeres condenadas en base a la
"medieval" Witchcraft Act. El 28
de febrero de 2008 el parlamento escocés aceptó
una petición para
rehabilitar a todas las personas condenadas por
brujería. La norma
alcanzaría a alrededor de 4 mil personas, la
mayoría mujeres, sentenciadas
en Gran Bretaña a prisión o muerte, sobre todo
en base a la Ley de
hechicería del año 1735. Era hora.
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