A calzón quitado
Para RIMA de P. 12
Las/12|Viernes, 11 de Mayo de 2007
Concha, conchita, zorra, cotorra o almeja del lado soez; vagina,
del lado de
la falsa corrección anatómica; lo cierto es que para la vulva no
hay palabra
que quede cómoda y por tanto ella, que tiene labios mayores y
menores,
infinidad de terminales nerviosas que convocan al placer en el
clítoris y
otras tantas glándulas y conductos; ella se queda muda.
Por Liliana Viola
"Palabra desagradable utilizada para referirse a algo
desagradable." Así
definía en 1785 el Diccionario de términos vulgares británicos la
palabra
cunt (un posible equivalente de coño, para España y concha, para
la
Argentina). Con tal entrada, por otro lado, dejaba testimonio de
que esta
"parte íntima", "lo de abajo", tampoco en el siglo XVIII poseía
nombre
pronunciable. Menos aún, no merecía tenerlo. No cayó mejor suerte
sobre el
Monte de Venus durante el victoriano siglo XIX, y a pesar de las
batallas
ganadas por las feministas en el XX, probada la existencia de la
sexualidad
femenina -y de la mujer misma- "aquello" siguió sin nombre,
atascado entre
la imprecisión y el error. Si no es por obscena es por imprecisa,
si no es
por pueril es por excesivamente médica, cada opción disponible
resulta
descartada de inmediato, mientras el objeto sin bautismo incita a
no mirar,
a desviar la vista.
"Eso que está ahí", por lo tanto, resiste sin nombre ni forma, y
tal vez por
eso se adapta tan sumiso a los pronombres demostrativos o pide
prestado un
apodo entre lo que encuentre cerca -"la colita de adelante" figura
entre las
opciones más surrealistas. "Mariposa", "florcita", "tesoro"
propone una
sexualidad de cuento de hadas. "La cotorrita", "la almeja", "la zorra" y "la
araña", una fábula moral donde siempre habrá tramposos y vencidos.
Tal vez esta mirada estrábica es lo que dio cabida, en un acto de
arrojo, a
que de pronto últimamente se decidiera llamar "vagina" a lo que no
lo es. La
afirmación de que "los niños tienen pene, las niñas tienen vagina"
vigente
en los más progresistas manuales de educación sexual es un avance
respecto
del discurso de la vieja guardia que dotaba a los niños con un
miembro y
definía a las niñas por la ausencia de él: "Los niños tienen pene,
las niñas
no". Pero es difícil discernir con qué criterio se determina ahora
que la
vagina es la característica definitoria de los genitales
femeninos, más allá
del reconocimiento de su papel importantísimo en la reproducción.
Y con qué
criterio la zona visible, externa, punto clave de concentraciones
nerviosas
o placer femenino, marca corporal distintiva, debe estar subsumida
en el
nombre de otro órgano.
Hace pocos años el asunto de chercher la palabra no era un
problema. La
tradición que madres a hijas transmitían sobre el propio cuerpo,
estaba
signada por la elipsis. El problema se presenta ahora cuando
madres y padres
se disponen a dotar de herramientas a las nuevas generaciones para
hacerles
más coherente el tránsito por una sexualidad no sexista, atenta y
respetuosa
de las diferencias, que se oponga con mismo énfasis a la
irresponsabilidad y
al dolor.
"Mientras queden mujeres en el mundo a las que se les mutile los
labios de
la vulva o se les extirpe el clítoris, no me digan que el
feminismo es un
movimiento superado", declaró Susan Sontag hace pocos años. Y si
bien es
cierto que por estos lares no hay registros de tales aberraciones,
la
palabra esquiva constituye también una forma de mutilación que
llevan a cabo
los hombres y las mujeres, iguales y hermanados por el mismo uso
del idioma.
Siempre libre, siempre vulva
Mientras tanto, es cierto que bajo este espeso silencio, desde el
latín
antiguo llega una palabra que consigue sobrevivir a los desdenes,
y
mantenerse intacta, idéntica -tal vez por su escaso uso- en una
importante
cantidad de lenguas. Porque curiosamente, en inglés, italiano,
español,
portugués, alemán, y apenas por una letra también en francés,
vulva se
dice -o se calla- con la misma palabra: vulva.
En la Antigüedad el término apuntaba al bulto de los genitales
femeninos
incluido el útero, pero con la intervención de los estudios
médicos y
anatómicos hace rato que la palabra quedó reservada para el
conjunto que
está a la vista (clítoris, prepucio, labios mayores y menores,
uretra,
glándulas de Bartholin, orifico de la vagina).
La mediática psicoanalista Harriet Lerner advertía hace unos 30
años ya en
su libro The Dance of Fear, que el fracaso en nombrar
correctamente los
genitales externos femeninos contribuye a crear vergüenza y
confusión sobre
la sexualidad. Una calificación errónea puede ser un determinante
-y no una
consecuencia- para la envidia del pene y las inhibiciones de
aprendizaje en
las mujeres. Desde la década del '70, se recomienda a las púberes
el uso del
espejo como emblema de conocimiento y libertad. Pero el hecho de
que dicha
exploración no pueda estar fijada por el lenguaje que nombre lo
que se ve,
no aquieta la ansiedad y suma desconcierto. Porque, de acuerdo con
nuestro
modo de relacionarnos con las verdades, lo que no se nombra no
existe y
aunque esté a la vista, no se ve.
La vagina monologa, la vulva se calla
¿Cómo es posible que haya sido finalmente la vagina, cavernosa
interioridad
carente de labios, la que consiguió llamar la atención con sus
monólogos en
las salas teatrales del mundo occidental? ¿Cómo es posible que
aquella otra,
"soto que atrae, umbría de vello casi en llamas/ granada que has
rasgado de
plenitud su boca/ trémula zarzamora suavemente dentada" donde
vivía arrojado
el poeta Miguel Hernández, no sea capaz de hacerse oír?
Víctima de vulgarizaciones y reduccionismos moralizantes, acusada
de dentada
primero y de insensible después, es loable que la vagina haya
encontrado en
la autora inglesa, Eve Ensler, una portavoz. El problema es que
esta autora
usa la misma palabra para referirse a cosas diferentes. Como dice
la
trabajadora social Emily Kofron, "dudo mucho de que los hombres
toleraran
una supuesta celebración de sus derechos y de su sexualidad que
basara su
discurso en un texto que confunde el escroto o los testículos, con
el pene.
¿Tan acostumbradas a la subordinación estamos las mujeres que nos
lanzamos
patéticas a agradecer un reconocimiento de nuestra genitalidad sin
importar
cuántos errores contenga?"
Sin elementos suficientes como para formular hipótesis sobre
cuáles son las
razones que llevan a esta confusión, y qué impulsa a elegir una
palabra en
desmedro de la otra, resta anotar que desde hace ya unos cuantos
años son
muchos los intentos desde diversas artes y sectores, de hacer
circular
"aquella palabra agradable capaz de referirse a algo agradable".
Sin ir más lejos, por ejemplo, en el mismo año (1998) en que
triunfaba en
los teatros de Londres Monólogos de la vagina, debutaba en el off-Broadway,
una obra teatral llamada Vulva Morphia con similares intenciones
aunque un
poco más precisa. El personaje central iba descubriendo su lugar
en el mundo
a medida que avanzaba en sus lecturas. "Vulva" lee primero un
manual de
biología donde descubre que una amalgama de proteínas y hormonas
gobierna
sus deseos, de allí pasa a los estudios de Masters & Johnson con
quienes se
entera de que los orgasmos vaginales no eran tales y que todo el
secreto
está en su propio clítoris. No sin orgullo se interna en los
escritos de
Lacan y Baudrillard donde termina por admitir que al fin y al cabo
ella no
es otra cosa que un signo, marca de la ausencia. Con un pene en la
mano para
seguir tomando nota de sus lecturas, decodifica el feminismo
constructivista
y se deprime definitivamente al advertir que sus sensaciones más
salvajes y
también sus temores han sido forjados por preceptos patriarcales,
imposiciones y condicionamientos. La autora de esta obra hace unos
años
convirtió este experimento estético y teórico en un libro con la
participación de artistas plásticos y fotógrafos.
Por otro lado, la página web 3dvulva.com ha sido diseñada con la
intención
de colaborar con hombres y mujeres para que puedan visualizar y
comprender
mejor el aparato sexual y reproductor femenino. Teniendo en cuenta
que las
imágenes anatómicas tradicionales están en 2D, esta propuesta
didáctica
aporta una ventaja, los dibujos son tan esquemáticos y por lo
tanto
tramposos como los clásicos y reiterados en todos los manuales,
pero los
autores hacen una salvedad que si no los redime al menos los
disculpa:
"Existe una enorme diversidad de tamaño y formas de los órganos
femeninos.
Estas imágenes no dan cuenta de ello ya que para eso
necesitaríamos tomar a
cada una de las mujeres del planeta como modelo".
Hace poco se editó el libro A New View of A Woman's Body que rinde
homenaje
a los 25 años transcurridos desde los pioneros Bodysex workshops
que
enseñaban a las mujeres a reconocer las diferencias de forma,
tamaño y
textura de sus "partes íntimas". Este libro es una larga sesión
fotográfica
a la que se han prestado numerosas mujeres de diversos puntos del
planeta y
entre 25 y 68 años para dejar en evidencia la tremenda variedad de
"aquello"...
El tamaño importa
Si bien el cuerpo femenino está más acostumbrado a los desnudos
-salvo en la
pornografía, el hombre cuando no tiene ropa tiende a mostrarse de
espaldas-,
los genitales masculinos han recibido mayor atención por parte de
los
discursos científicos y de divulgación. La Real Academia Española
fomenta la
tendencia cuando en su definición relega el término a la categoría
de una
mera antesala o envoltura: "Vulva: partes que rodean y constituyen
la
abertura externa de la vagina".
¿Nada más? ¡Atención! Porque es justamente aquí donde reside una
de las más
incomprensible y mansamente aceptada justificación del silencio:
los
genitales del varón son externos y por eso se conocen bien
mientras que los
de ella son internos. No pensaba lo mismo Rabelais que movido por
el odio
hablaba del "terrible animal, con movimientos de sofocación,
precipitación,
contracción y agitación". No piensa lo mismo una niña con menos de
tres años
cuando sin necesidad de espejo advierte lo que tiene entre las
piernas y
pregunta por el nombre. Una de las cuestiones más inquietantes en
la
pubertad de las mujeres es el crecimiento del vello. Y no es
posible afirmar
de cara al asunto que estemos hablando de algo confuso y con
partes
escondidas cuando todo está afuera y abierto a la inspección.
Por qué
esta masa de músculos, secreciones, latidos, no constituyen algo
visible?
Yendo hacia atrás y hacia el oriente, en el Kama Sutra las
indicaciones dan
como un hecho el asunto del tamaño de los genitales femeninos y
masculinos y
atendiendo a ello van sus consejos para sortear o sacar provecho
de esto.
Sin ir tan lejos, en sus Viajes por la América Meridional el
etnógrafo Félix
de Azara dejaba constancia de que los guaraníes varones "tenían
pene de
tamaño menor que el normal; pero, en cambio, la vulva de las
mujeres era muy
ancha y de labios abultados".
Mientras tanto, hoy mismo advierten muchos cirujanos plásticos que
muchas
mujeres se acercan a sus consultorios con la intención de
"corregir
imperfecciones o anomalías vulvares" basando su disconformidad en
los libros
de anatomía que insisten, por ejemplo, en dibujar los labios
mayores más
grandes y más largos que los menores cuando en la vida real las
proporciones
varían y la coincidencia con los gráficos es pura ilusión.
Chicas poderosas: Baubo y otras diosas sin bombacha
Hay un refrán catalán: "La mar es posa bona si veu el cony d'una
dona" (El
mar aquieta las olas si ve el coño de una señora) y cuentan
también que las
mujeres solían exhibir ante el mar sus genitales cuando los
maridos estaban
por embarcar. Traía suerte.
Las investigaciones antropológicas sobre las antiguas deidades que
personificaban a la vulva, de las que apenas quedan hoy una o dos
imágenes y
pocas referencias, dan cuenta de que la exhibición y por ende la
visibilidad
de estas partes tenía gran influencia en los asuntos cotidianos.
En Madras,
sur de la India, las mujeres detenían las tormentas abriendo las
piernas y
en la Polinesia asustaban a los dioses y espantaban a los
demonios. De hecho
hay registros de que uno de los ritos de los exorcismos consistía
en sentar
sobre el poseído una mujer con las piernas abiertas.
Ya en Occidente tanto Plutarco como Plinio dan cuenta de la
importancia de
esta parte femenina en varios episodios. Plutarco cuenta en El
valor de las
mujeres el episodio en que luego de una cruenta batalla, los
persas regresan
a sus casas vencidos y descorazonados. Pero en la retirada se
enfrentan con
sus propias mujeres que reunidas y en silencio exhiben sus
genitales a sus
maridos. Plutarco cuenta que los hombres regresan a la batalla y
vuelven con
la victoria.
La diosa griega Baubo tiene sus correlatos en otras deidades de la
mitología
hindú, egipcia, persa, japonesa. Es la diosa que "personifica" la
vulva:
impúdica y jocosa, siempre dispuesta a abrir las piernas, es la
que hizo
reír a la pobre Demeter cuando llora desconsolada y con ella se
marchita el
mundo entero, porque Hades le ha raptado a su virginal hija, Perséfone.
Baubo hace lo que sabe hacer: se desnuda, le muestra lo que tiene
entre las
piernas, sorpresa, estigma del placer y de la fertilidad. La ve
bailar,
ridícula y feliz y es entonces que Demeter ríe y la tierra no
muere.
El episodio y el nombre de la diosa exhibicionista ha sido borrado
o por lo
pronto minimizado en el afán monoteísta y púdico.
Ridícula y feliz, íntima y difícil de pronunciar, toda deidad,
habrá que
reconocer alguna vez, siempre encuentra la manera de llegar hasta
el
presente. La palabra sigue estando "aquí".
El perfume
En defensa de la sociabilidad, de las buenas costumbres y, sobre
todo, del
modelo standard, hace ya muchos años que las compañías de
cosméticos
intentan instalar en el mercado una línea de desodorantes íntimos,
promesa
de envanecer el olor característico, afrodisíaco dicen, para
aquellos a
quienes trae buenos recuerdos.
Este imperativo de asepsia -que por alguna razón no asalta los
botiquines de
los varones- ha empujado a muchas mujeres a exagerar en el aseo
con jabones
y productos químicos para eludir todo indicio (bajo riesgo de
arrasar con
todas las defensas naturales que tan bien evitan desde hongos
hasta virus y
molestas picazones).
El mismo imperativo gobierna las más osadas producciones
pornográficas y así
como también las del porno soft donde el pubis se expone como
nunca, pero
prolijamente rasurado. El olor y el vello, dos signos que marcan
la
distancia entre niñas y mujeres, deben ausentarse para satisfacer
las leyes
de un mercado bastante esquizofrénico.
Completamente del otro lado, una compañía europea acaba de sacar
al mercado
un perfume llamado Vulva Original que promete emular con eficacia
el aroma
en cuestión. Cuesta 20 euros. Candidatas ideales para comprarlo:
aquellas
que estén usando el desodorante íntimo y de pronto sientan
nostalgia.
La yunta de bueyes
Farmacia elegante de una ciudad española, una vendedora española y
una
clienta argentina recién llegada que quiere comprar un peine.
Haciendo gala de su amplio surtido, la vendedora ofrece:
- ¿Qué prefiere? ¿Peine común?, ¿de hueso?, ¿peine de concha?
- ¿Cómo? Un peine para el pelo, señorita, por favor.
La anécdota tan ridícula como cierta, es buen ejemplo de hasta qué
punto, la
palabra "concha" es la íntimamente elegida por las mujeres para
nombrar lo
innombrable. A la señora en cuestión, como salta a la vista, le
pareció más
factible que en el Primer Mundo se usara un peine para peinar las
partes
íntimas, que recordar que en España, esa palabra remite a otra
cosa.
|