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La Haine
26/11/05 Otras isleñas en Lesbos: una mirada retrospectiva a la historia de
lesbianas en Cuba
por Belame R. Cuesta
En el invierno del año tres del siglo XXI, en una ciudad cubana,
hartas de
quedarnos a dormir en habitaciones prestadas por amigos generosos,
en
hoteles o en nuestras propias casas según dictaran los humores de
nuestras
madres, decidimos con Clara construirnos una habitación propia
Para mayores concordancias con la tesis de Virginia Woolf: Clara y
yo somos
escritoras. La pensión anual de pesos es escasa y la posibilidad
de
construir una habitación con las mismas manos con que nos amamos:
difícil y
ruda. Somos débiles, frágiles de cuerpo y ánima, no tenemos
hermanos
varones, tampoco padres, pocos amigos fuertes de ánima y cuerpo,
mas lo
decidimos y echamos a rodar el sueño. Así, aparecieron en la calle
donde
levantamos los muros: camiones cargados con bolsas de cemento,
piedras,
arenas artificiales, láminas de acero... y Clara y yo nos
dispusimos a
cargarlos, a ponerlos a buen recaudo bajo un techo prestado hasta
que
llegara el día de la obra.
Tomamos pala y carretilla; pero todo duró un segundo. Como en un
filme
fantástico, comenzaron a surgir de las esquinas muchachos jóvenes,
hermosos,
muy forzudos, de barrio, machistas, probablemente promiscuos y
maltratadores. Ellos saben quiénes somos y por qué queremos
construir una
habitación propia. Sin embargo, diáfanos, divertidos, solidarios y
deseosos
de competir entre sí a ver quién era el más fuerte de todos,
cargaron con
nuestros materiales constructivos.
El evento tiene por supuesto diversas lecturas. Quedan implícitas
la
supervivencia de la formación que tiene como base la distribución
de roles -
compartimentos estancos en los que un hombre jamás deberá permitir
que en su
presencia las mujeres les desafiemos transgrediendo justamente esa
distribución. Está también el viejo instinto competitivo que los
acosa y que
encuentra en tres o cuatro pilas de materiales para palear una
magnífica
oportunidad para hacer el pequeño campeonato, probar quién es el
más
valeroso. Y ese valor está en la agilidad, la fuerza. Y todo
remite al areté
del héroe. Y el héroe es siempre el mejor de los hombres.
Pero si está en medio de este espectáculo el elemento disonante
que
constituye una pareja de lesbianas entonces todo lo anterior se
desestabiliza. Ellos no tendrían que estar interesados en
probarnos nada con
relación a su areté, su hombría, su capacidad de seducción a
través de la
fuerza. Saben de antemano que no tendrán éxito.
Para el imaginario ortodoxo masculino, una pareja de mujeres que
ha elegido
una variante sexual que los excluye, no sólo está exenta de todo
valor como
sujeto social sino como actrices de esa realidad en la que
supuestamente no
existimos porque todo nuestro mundo está tapiado por el silencio.
Quedaría,
por supuesto, la posibilidad de ser la típica fantasía masculina
en la que
dos mujeres se aman sólo para que ellos las contemplen y más tarde
las
ensarten con sus miembros, a las dos, haciéndoles saber que el
verdadero
gozo de toda hembra será siempre completado en la cópula. No somos
inocentes. Probablemente al ayudarnos a trasladar el material,
aquellos
muchachos pretendían asegurarse la entrada nocturna a la
habitación que
construiríamos con Clara. Ayudarnos, ayudaba a consolidar sus
fantasías.
Quedaría sólo una posible tesis por exponer: la de la ayuda
desinteresada y
auténtica. Esa que asegura la idea en ciernes de que en la Cuba
del siglo
XXI, los únicos participantes de la realidad que siguen marginando
a las
minorías están instaurados en el poder. Y aunque esta sea una mala
noticia,
ya que el poder genera el 100 por ciento de los discursos
visibles, siempre
hemos tenido fe en los intersticios, en aquello que se cuela
secretamente
por las hendijas y que en el caso cubano se convierte en una forma
más de
contestación a un discurso político que se ha dado sostenidamente
a la
masculinización de la nación. Dicha masculinización ha sido
reforzada con la
imagen de un líder en botas y barbudo, de quien se destaca
invariablemente
el tamaño de sus miembros reproductores para reforzar el valor de
sus
proezas, siempre positivas, a través de consignas e imágenes
simbólicas.
En un país donde los niños en los primeros diez años de edad
escolar gritan
cada mañana la aspiración de ser como otro gran líder reforzado en
sus
atributos masculinos, su poder de seducción, su arrojo y su
belleza (el Ché
Guevara) debemos entender que ha llegado la hora de la
sobresaturación de
fetiches varoniles y que junto a la crisis del poder, se instaura,
con
pausa, una crisis de la masculinidad que tiene por supuesto sus
ecos en la
comunidad lesbiana cubana.
Para una buena proporción de la población heterosexual masculina,
las
mujeres que los han excluido de sus preferencias sexuales, ya no
son unas
enfermas aberradas y obscenas. Esto no es por supuesto un dato
cuantificable. Nada en Cuba lo es. Las estadísticas de violencia,
homosexualidad, travestismo, transexualidad, discriminación
laboral de las
mujeres, racismo y otros muchos síntomas desagradables a la
sociedad
"revolucionaria" han sido firmemente sepultadas. Todos aquellos
investigadores cubanos y extranjeros que se han dado a la tarea de
examinar
estos datos han sufrido la prohibición y la consecuente
frustración de sus
proyectos. Sin embargo, el simple y localizado gesto del grupo de
muchachos
colaborando desenfadados con el proyecto de habitación de una
pareja de
lesbianas en provincia, habla, cuanto menos, del desplazamiento de
imaginario que ha sufrido positivamente la heteronormatividad
cubana.
Los años 80 y el expediente de peligrosidad
Para quienes se han acercado a la historia de los últimos 25 años
en la
isla, no es un secreto que en la década del 80, cuando por primera
vez el
socialismo daba supuestamente su primer respiro a favor de la
economía
nacional, paradójicamente, aparecían los primeros signos de
desilusión y
crisis dentro de varios grupos generacionales. Esta paradoja tiene
su
explicación en que dicho respiro era en gran medida aparencial ya
que si la
economía crecía no era gracias a un desarrollo interno de las
potencialidades industriales del país sino a las fuertes
inyecciones de
capital insufladas por el Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME);
integrado
por los países de la antigua Europa del Este. Una nueva
generación, un nuevo
grupo que avanzaba silencioso, de jóvenes que habían sido
completamente
formados en la "ideología revolucionaria", asistía incrédulo a
esta
maquillada mejoría y así mismo contemplaba fascinado el modelo de
progreso
norteamericano que llegaba secretamente en las fotos de los
familiares
exiliados en la otra orilla de la isla cubana: la ciudad de Miami
y otros
enclaves menores de emigrantes tales como: Madrid, México D.F. ,
New York,
Orlando, Lima o San Juan de Puerto Rico.
El poder advirtió esta posición doble de incredulidad y
fascinación y como
es costumbre arreció la habitual política de mano dura y se
inauguraron así
los llamados y temidos "Expedientes de peligrosidad" que se abrían
en las
oficinas policiales de todo el país a aquellos jóvenes de
cualquiera de los
dos sexos que cometieran delitos tales como: vestirse con
camisetas que
ostentasen letreros escritos en lenguas extranjeras a excepción de
las de
origen eslavo (la inglesa era lógicamente la más demonizada);
reunirse
asiduamente en calles y plazas públicas con otros grupos de
jóvenes de
dudosa conducta política; no estudiar o trabajar en las
instituciones y
organismos del estado; parecer o ser homosexual; tener relaciones
muy
estrechas con tales sectores sospechosos; ejercer enmascarada o
abiertamente
la prostitución, en definitiva: ser sospechoso.
La policía para iniciar estos procesos de aperturas de expedientes
se
auxiliaba de dos cuerpos indispensables: los CDR (comités de
defensa de la
Revolución), estructurados en todas las calles y barrios del país
y
compuestos por los propios vecinos y dirigidos por los líderes de
cada
cuadra y en segundo lugar de la policía secreta o G-2; cuyos
agentes muchas
veces salían de estos grupos supuestamente marginales.
Daysi Gómez es una lesbiana que nació en el año 1966. A los doce
años había
descubierto su identidad sexual y comenzó a proyectarla. No sin
poco temor
ni poca angustia. A los 16, harta de las burlas de sus compañeras
de estudio
por su físico andrógino y su perenne silencio, decidió abandonar
la escuela
y se metió en su casa a intentar sobrevivir con pequeños negocios
de
estraperlo y las mínimas ayudas familiares. Cuando cumplió los 18
necesitaba
un amor de verdad. Se había vuelto a hartar, pero esta vez de
estar
encerrada como una enferma entre las paredes de su habitación,
también de
las miradas inquisidoras de las vecinas y sobre todo de la
insistencia de su
madre para que encontrara un marido o se fuera a trabajar. Daysi
decidió
salir todas las noches a la plaza principal de la ciudad, cuando
estaba todo
muy oscuro. Así conoció a Ana, una mujer de 35 años que saltaba la
ventana
de su habitación cuando el marido se ponía a roncar y se iba con
su joven
amante mujer a la orilla de uno de los ríos que pasa al centro de
la pequeña
urbe a desfogar su pasión secreta. Daysi pudo amar a Ana no más de
tres
meses, al cuarto estaba en la cárcel y también su amante, acusadas
las dos
de ser: "mujeres peligrosas al bienestar ciudadano, la decencia
cívica y los
valores del hombre nuevo de la Revolución". Las penas para estas
mujeres
fueron de diez años de privación de libertad y su delito:
encontrarse y
besarse en la madrugada a la orilla del río.
Los 70: La UMAP, la parametración o cásate para olvidarlo
Cuando los escritores Heberto Padilla, Lina de Feria, Antón
Arrufat y otros
muchos que entraron por fuerza al ruedo, fueron acusados de
escribir obras
que no respondieran a los intereses e ideologías de la Revolución,
comenzaron a volar en el país antillano muchas brujas que ya nada
tenían que
ver con las posturas políticas o las ideas sino con la vida íntima
de los
que debían ser por definición los actores, siempre consentidores,
del
proyecto nuevo que la sociedad construía: los intelectuales y
artistas.
En un tristemente célebre discurso que pronunciara el comandante
en jefe en
el año (1962) quedaron reducidas a una las posiciones que un
pensador o
simple ciudadano cubano debía asumir. La orden era clara: "dentro
de la
Revolución todo, fuera de la Revolución nada". Estos singulares
dentro y
fuera estaban justamente marcando las fronteras de lo imaginado y
consecuentemente dictado por ese poder.
De tal orden derivó una acuciosa y detenida cacería de
homosexuales:
intelectuales y no. Y para que dicha cacería fuera efectiva fueron
creadas
en primer lugar las Unidades Militares de Apoyo a la Producción
(UMAP) y en
segundo los procesos de parametración. Ambos tenían como propósito
común el
sacar a los intelectuales y artistas de sus puestos de trabajo (de
ordinario
en instituciones culturales) para llevarlos a campamentos o
fábricas a
trabajar en oficios que iban desde la agricultura hasta la
albañilería.
Pero había por supuesto una posibilidad de escapar al castigo: la
mentira.
Onélida Rodríguez estudiaba en el año 1973 la carrera de Letras en
la
Universidad de La Habana. Estaba enamorada y compartía ese amor
con una
compañera de estudios. Tras un año de mantener una intensa pasión,
medianamente visible, ambas fueron llamadas a contar por el decano
de la
facultad en la que estudiaban. Este les pidió, amable y
completamente
avergonzado, que solicitaran la baja docente de la institución.
Esa era la
mejor variante para las dos. De lo contrario él, se vería obligado
a llenar
sus expedientes, declararlas lesbianas y pasarlas a las filas de
la UMAP o
parametrarlas a alguna fábrica de provincias. Ellas eran
estudiantes de alto
rendimiento académico y él no les deseaba tal ostracismo; mejor
que se
fueran a casa, a esperar que pasaran los malos tiempos y después
matricularan otra carrera; tal vez en otra ciudad, donde nadie las
conociera. Tal vez casarse, aunque fuera con amigos, bajo acuerdo
mutuo...
que hicieran algo; pero que se marcharan de allí, en breve.
Onélida se fue a la ciudad de Matanzas y conoció a Juan, un
muchacho gay al
que habían separado del coro de cámara del Ministerio de Cultura
por su
proyección desenfadada como hombre que amaba a otros. Acordaron
que se
casarían y lo hicieron. Tuvieron una hija y han pasado los últimos
30 años
de su vida escribiendo espantosos programas musicales para la
radio. Han
tenido un sinfín de relaciones homoeróticas, pero siempre en la
madrugada,
donde se supone que nadie los ha visto o en la casa que fundaron
bajo
pretexto de colaboración laboral con esos amigos y amigas con
quienes han
convivido durante cierto tiempo para que "el proyecto que tenían
en marcha
diera sus mejores frutos".
Un flash back muy elocuente
En la década de 1920, la destacada periodista feminista Mariblanca
Sabás
Alomá, intentaba establecer todas las distancias posibles entre
mujeres
feministas y lesbianas. Para ello, aseguraba públicamente que el
lesbianismo
o garzonismo era "un asqueroso gusano que está corroyendo hasta
las entrañas
a toda una generación de mujeres". De esta manera, quien fuera una
de las
pioneras del movimiento de mujeres sufragistas (devenidas
feministas) en la
Cuba republicana, fue pionera también de una de las más viejas e
irresolutas
discusiones del feminismo tradicional: la exclusión de las
lesbianas del
cuerpo del feminismo más ortodoxo y militante. Con dicha escisión
y
consiguiente exclusión dentro de los debates feministas de todos
los tiempos
inauguraba el sostenido silencio que en la isla han sufrido las
mujeres
lesbianas que no han entrado en ningún caso a los proyectos
emancipatorios y
reivindicativos que han tenido lugar tanto en la Cuba pre como en
la post
revolucionaria.
La organización que se ha ocupado desde 1959 de los problemas que
afectan a
las mujeres todas (Federación de Mujeres Cubanas) no ha puesto en
acción durante los últimos 45 años ningún proyect que contemple o evalúe
los
derechos, ansiedades de visibilidad y representación de las
mujeres
lesbianas. Claro está que quedaría al gobierno de la Revolución la
atenuante
que aplica también para negros, mulatos, mujeres heterosexuales,
hombres
homosexuales, travestis, transexuales o campesinos. Y esta no es
otra que la
máxima democratizante que plantea la igualdad de deberes y
derechos para
todos los sujetos habitantes de la nación con independencia de sus
condicionantes de raza, clase o sexo. Bajo esta tábula rasa para
igualar a
los sujetos, han quedado sepultados todos los intereses disonantes
a la
propuesta del "hombre nuevo" que La Revolución definió muy
temprano, el cual
lógicamente empatiza con el sujeto occidental moderno: hombre,
blanco,
heterosexual, que ha estado entronizado al centro de las imágenes,
a pesar
de los muchos forcejeos verbales con que se ha pretendido, desde
la
dirección del país, desplazarlo.
Así mismo la FMC ha dialogado con un arquetipo de mujer cubana "la
obrera
socialista y federada": madre, esposa y también trabajadora. A
ella se le ha
cantado y para ella se ha diseñado toda una iconografía en la que
suele
aparecer con un niño en la mano y en la otra un fusil o un
instrumento de
trabajo. Se le ve en las fábricas o ejerciendo como médica
internacionalista
en cualquier pueblo hermano. Estoica y feliz.
En la última década, han cambiado paralelamente y de manera
violenta la
realidad del país y con ella una buena parte de su imaginario
tradicional.
De esta suerte han surgido nuevos tipos de mujer, atendidas
directamente y
con valor prioritario por la mencionada organización (FMC). Estas
mujeres no
son otras que las prostitutas (también silenciadas hasta su
irrupción
explosiva en las zonas de tolerancia pensadas para turistas). Las
mujeres
que ejercen la prostitución han aparecido en seriales televisivos
como
personajes siempre negativos, pero así mismo humanizados en sus
conflictos.
Mujeres cercanas que a pesar de ser representadas bajo la moralina
que
enseña qué no se puede hacer, están ahí, en la pantalla, como
imagen y
posibilidad. Mientras, las lesbianas (también crecidas en número
en el
último período) hemos seguido siendo el capítulo pendiente de la
federación
que en principio debería incluirnos, puesto que mujeres y cubanas
somos.
Ver para creer
Para seguir con el tema de la visibilidad hay un par de ejemplos
muy
ilustrativos y que también remiten a los medios de difusión
masiva, en
particular la televisión. En el año 1998 la televisión cubana
produjo una
telenovela titulada La otra cara de la moneda (TVC 1998). En ella
aparecían
conflictos que hasta el momento habían permanecido invisibles en
los medios
cubanos. Hablo de alcoholismo, prostitución, violencia doméstica,
homicidio,
uso de drogas entre los sectores juveniles y finalmente una
historia de amor
entre mujeres. Sorpresiva fue la aparición de la mencionada
subtrama. Tan
sorpresiva como breve. La pequeña historia de amor tuvo una
duración de tres
capítulos. En el primero las muchachas se conocieron y enamoraron.
En el
segundo, una de ellas abandonó a su esposo (un sujeto maltratador
y
alcohólico) y le expuso el amor que sentía por su nueva amiga y en
el
tercero una de ellas muere en un accidente de trenes.
Luego de un vacío de cinco años en los que ningún otro director o
directora
de televisión o cine se animara a matar amantes lesbianas,
apareció una
nueva historia de amor en una telenovela titulada El balcón de los
helechos
(TVC 2004); esta vez no murió nadie. Convivían juntas, eran
felices, estaban
asumiendo la crianza de un niño pequeño, funcionaban como una
familia
cualquiera sólo que su condición de pareja sexual hubo de
adivinarla el
televidente avispado. En ninguno de los cincuenta capítulos en que
transcurrió la serie hicieron alusión los personajes a su
condición o
funcionamiento como pareja. No hubo roce o detalle visible que las
representara como tal. Ellas convivían y no tenían una relación
consanguínea. Se ocupaban con idéntica fruición de la educación
del niño y
le prestaban igual número de caricias y mimos. A través de la
figura del
pequeño resolvió el angustiado guionista todas las posibilidades
de
legitimar la relación de las muchachas. Las elipsis verbales y
gestuales a
las que hubo de someter su texto sólo pudieron cristalizar en la
afectividad
que mostraban al hijo.
Una puerta, una pequeña puerta
Hace un año que ha sido creada bajo el auspicio del Centro
Nacional de
Estudios de la Sexualidad (CENESEX) la Sociedad Cubana
Multidisciplinaria de
Estudios para la Diversidad Sexual (SOCUMED). Cuyos objetivos,
entre otros
muchos, giran en torno a la eliminación de una serie de enunciados
ambiguos
con ciertas aristas homofóbicas, vigentes en el código penal
cubano. Así
mismo, ha prestado diversos espacios en su sede y fuera de ella
para la
exposición y proyección de obras de arte, documentales, conciertos
y obras
de teatro que abordan directamente la temática homosexual en
general y la
lesbiana en particular. La noticia resulta alentadora, más por la
esperanza
que para proyectos a largo plazo trae consigo, que por lo
realizado hasta el
día de hoy.
Esa distancia incuestionable y muchas veces insalvable que suele
haber entre
teoría y realidad, en Cuba ha sufrido una inversión que hace que
la creación
de SOCUMED dentro del CENESEX sean la teoría y el apoyo oficial
que llegan
con retardo. Por una vez han llegado primero los signos de la
realidad, del
cotidiano, que hacen visibles el desplazamiento del imaginario
heteronormativo; tal y como ilustré al inicio con el episodio de
los
muchachos colaborando en la realización de nuestra habitación y
las de otras
muchas parejas que resuelven, cada vez con mayor soltura,
convivir.
Nuestra habitación es en sí misma a la par que simbólica, también
sintomática de un cambio en la medida en que Clara y yo
respondemos a
ciertas condicionantes opresivas de clase y también a la formación
de una
adolescente por quien nos sentimos profundamente responsables.
Hemos de
admitir que veinte o treinta años atrás, probablemente ninguna de
las dos
hubiera arriesgado ni nuestros puestos de trabajo, ni la "sana"
pertenencia
de la niña a los círculos no marginales donde quedan situados los
hijos de
padres y madres heterosexuales.
Hacernos visible a través de un espacio tan altamente
significativo como el
de una habitación en la que convivir en un país donde es casi
imposible no
compartir la intimidad con familiares, vecinos y compañeros de
trabajo
porque las clásicas fronteras entre espacio privado y espacio
público han
sido fuertemente dinamitadas es un evento que habla en sí mismo de
las
relajaciones que la represión tanto oficial como popular han
sufrido en la
isla.
Lógicamente, no se ha comenzado a hablar en ninguna instancia de
poder de
derechos para parejas de mujeres u hombres homosexuales. El
matrimonio, la
adopción, el reconocimiento como parejas de hecho, la pensión o
algunos de
los reconocimientos elementales para las familias heterosexuales
son otro
capítulo pendiente del código penal cubano. No hay ningún
indicador que
verifique la existencia de un movimiento social y la comunidad
homosexual
cubana se mantiene, como en el resto del mundo, encerrada en sí
misma. Lo
anterior se hace especialmente visible en las fiestas populares
donde gays y
lesbianas suelen irse a sitios muy localizados, siempre
semiapartados del
resto de los participantes.
Hay un club nocturno en una ciudad del centro de la isla (Santa
Clara) que
desde finales de los 80 ha desafiado toda instancia de poder y
todos los
boicots con que han intentado desaparecerlo y de manera oficial ha
presentado shows de travestis: Los gays y lesbianas de todo el
país han
visitado ese club llamado "El mejunje" y sólo allí han expuesto su
amor de
manera desenfada y legítima. En el resto del país, se realizan
fiestas
secretas e ilegales en casas de personas que cobran la entrada a
los
homosexuales que se deciden asistir y allí bailan, se abrazan,
besan o al
decir de Lorca: dibujan un plano de su deseo para vivir en él.
Todavía cociendo habas
Como se puede comprobar en este brevísima y fragmentada
panorámica, la
sociedad cubana es en general otro espacio en el que se han cocido
y
continúan cociéndose las habas. Todas las habas. Pero estas de las
que
hablamos ahora, nuestras habas, se han cocido lenta y
retorcidamente. Y
siempre han dependido del cocinero. De cuando ha decidido
racionarlas, de
cuando las ha escondido porque apestaban, de cuando se ha hecho el
desentendido y ha dejado servida la mesa según la gula de cada
quien. El
cocinero ha sido siempre el encargado de la regulación y el
consumo de las
habas; pero lo que no ha hecho en ningún caso es poner la carta en
la acera.
Los comensales han tenido siempre la tarea de adivinar cuáles son
los platos
pasando dentro, arriesgando.
De momento, lo único que no ha podido manejar quien cuece las
habas son los
olores que cruzan las ventanas de su cerrada cocina. Los olores,
todos, han
sido los encargados de que después de tantos años de resistencia,
tanta, y
de lesbianas presas de quien nadie ha dado cuenta todavía y de las
suicidas
que es como si nunca hubieran existido y de las familias separadas
por la
vergüenza y el resentimiento; los olores han conseguido que los
muchachos
del barrio, ahora mismo se asomen a nuestra obra, pregunten cuándo
estaremos
viviendo en la habitación propia y nuestra hija sueñe hacer allí
una fiesta
con sus amigos.
Si parezco esperanzada, es porque lo estoy.
Matanzas, noviembre del 2004, mientras los albañiles ponen mezcla
de arena y
cemento en los techos. |