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El caso Romina Tejerina
Esa chinita
Diana Maffía
Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género
Universidad de Buenos Aires
Pensemos en Romina Tejerina, salgamos de esa escena final que nos
horroriza
y se congela en el infanticidio, recorramos hacia atrás el camino
que la
condujo a ello ¿dónde tendríamos que detenernos?. Una niña pobre
jujeña, una
"chinita" como suele llamarse en el norte a jovencitas
indiscernibles,
reemplazables por cualquier otra, apropiables como un objeto, a
tal punto
que para esa apropiación existe un verbo: "chinitear".
Cuando se
nace mujer
la lucha por la vida es desigual, las relaciones de paridad no
existen Se
descuenta y consiente que la sexualidad de los varones es
irreprimible, que
la única barrera es el recato de las mujeres. Si la mujer es
violada se
supondrá como primera hipótesis que no ha tenido el recato
suficiente. Lo
supondrán los jueces, que interrogarán cómo iba vestida, si salía
de noche,
si estaba sola, y sólo aceptará como prueba lesiones físicas
graves y
visibles para admitir que hubo resistencia. Que la mayor parte de
los
embarazos de las menores de 18 años sea con hombres de más de 30
no se
considera un abuso de poder.
A Romina le gustaba ir a bailar, salir de noche. Su madre le
pegaba mucho
por eso, comentan las psicólogas. Ese castigo será interpretado
como la
expresión de impotencia del amor de una madre que procura (y no
puede)
evitar el destino marcado para su hija. No se concibe que la
adolescente
pueda salir de noche y divertirse sin que eso signifique entrar en
un
territorio de disponibilidad donde cualquier reclamo posterior es
imposible.
El destino de hogar de la madre, obedeciendo y en silencio, con un
cuerpo
sujeto al deseo y la voluntad de su hombre y todos los hijos que
lleguen,
tratará por la fuerza de conjurar el destino de calle para su
hija, donde el
cuerpo será igualmente apropiado.
Las feministas decimos "educación sexual para decidir,
anticonceptivos para
no abortar, aborto legal para no morir". Vale la pena preguntarse
si Romina
pudo decidir, si sabía cómo cuidarse, si tenía a su alcance la
consulta y la
provisión de anticonceptivos, si ante una relación forzada (en
caso de que
la hubiera habido) o ante un coito sin protección podía recurrir a
una
guardia y obtener no sólo anticoncepción de emergencia sino
también
antirretrovirales para el sida y prevención para enfermedades de
transmisión
sexual, además de apoyo psicológico para superar una situación
traumática y
violenta y asesoramiento para hacer la denuncia. Por temor a los
padres
Romina ocultó su embarazo, un embarazo no deseado, que no pudo
evitar y que
tampoco pudo interrumpir aunque lo intentó. De pertenecer a otra
clase
social habría tenido alternativas, aunque clandestinas, sin
riesgo; pero era
una chinita pobre: sólo le quedaba una maternidad forzada.
Y entonces llegó el crimen. Por ese crimen recibió una condena que
como
afirmó la Diputada Marcela Rodríguez (ARI Buenos Aires) es mayor
que la
aplicada a hombres que mataron a sus esposas. ¿Cuánto vale una
vida, cuánto
vale una muerte, quién pone el precio? En el caso Brizuela,
menciona
Rodríguez, la Corte Suprema de la Provincia de Buenos Aires
considera que el
marido cometió el homicidio en estado de emoción violenta porque
la mujer se
había separado y él sufría terribles perjuicios como el cuidado de
la casa,
la cocina y la limpieza. En un caso reciente resuelto por el Juez
Casals de
Rosario, se consideraron circunstancias extraordinarias de
atenuación del
homicidio que la mujer le fuera infiel.
Hace unos años a todas las mujeres nos consideraban dementes en el
puerperio. Como eso resultaba estigmatizante, se quitó del código
penal. Por
eso Romina no puede usar su estado puerperal como atenuante.
¿Queríamos un
trato digno? El Estado se asoció con el violador. Un castigo
ejemplar para
Romina, y una amenaza terrorista para todas las mujeres de este
país: las
cosas claras, con el patriarcado no se juega.
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