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Página/12 - Contratapa - miércoles 15.12.04
Repollo
por Sandra Russo
¿Hablarles de masturbación? Eso no. ¿Hablarles de género y
no de sexo? Mmm...
eso tampoco. ¿Hablarles de métodos anticonceptivos? Bue, eso sí.
¿Es el Estado
el que debe fijar los contenidos, o los padres? ¡El Estado, si los
padres se
han hecho cargo hasta ahora y así estamos! ¡Los padres, nadie
puede interferir
en la patria potestad! La propuesta de educación sexual para
chicos tiene
alterados a los adultos. Fueron hasta divertidos los debates
televisivos del
fin de semana: parece que a todo el mundo que defiende el sexo
reproductor le
han enseñado el abc de la sexualidad en el campo,
con ejemplos de cópulas
entre perros o caballos. Algunos quieren licuar la cuestión, como
para que
nuevas generaciones se entrenen como lo han venido haciendo varias
otras hasta
ahora: acá están las trompas de Falopio, por aquí llega el
espermatozoide, la
mujer ovula una vez por mes, los varones tienen poluciones
nocturnas. Higiene.
Sexualidad plastificada. Pero lo cierto es que el tema está sobre
la mesa, y
las perturbaciones que los adultos tenemos en relación con la
sexualidad -y
digámoslo: ¿quién, con la mala educación que ha recibido, no
padece hoy alguna
perturbación, quién no querría sentirse más pleno, más libre, más
dueño de sí?
¿Por qué no desear para nuestros hijos menos rollos y menos
culpa?- han
saltado como los naipes de un castillo mal armado.
La pugna entre proyectos en la Legislatura, las idas y venidas con
algunas
cuestiones que siguen resultando urticantes, las presiones y las
dilaciones
han mostrado un paisaje enrarecido, no sólo por las ideas de cada
quien sino
también por el pudor, que cada quien maneja mejor o peor con
respecto a su
propia sexualidad. Pero además, y esto es lo interesante, esa
pugna ha subido
el piso: con el Estado o con los padres, con trompas de Falopio o
con la
complejidad del orgasmo femenino, con vía libre para abordar
costados más
polémicos o con riendas cortas, como para no ir más allá de la
sexualidad
conyugal, nadie niega la necesidad de que los chicos tengan
educación sexual.
Incluso el debate sobre el aborto, que vino de colado y fue
atajado en el aire
por sectores que hace rato que vienen proponiendo la
despenalización, y por
otros, que lo consideran un simple asesinato, llevó más agua al
molino de la
educación sexual: para que haya menos embarazos que culminen en
abortos, debe
haber educación sexual. Aunque los legisladores no parecen
entenderlo, como
demuestra la votación de anoche, estamos zafando del repollo,
desprendiéndonos
de los brazos de la cigüeña. Estamos sexuándonos socialmente. Por
fin.
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