Homofobia en América Latina II
Del asesinato al silenciamiento
absoluto
18-06-2003
Por Norma Mogrovejo*
Amenazas de muerte. Detenciones arbitrarias y asesinatos de
activistas, principalmente
travestis. Propaganda que incita al asesinato. Cartas-bomba
enviadas a organizadores de una
Marcha del Orgullo. Violenta interrupción policíaca de otra
Marcha. Negación de personería
jurídica a organizaciones comunitarias. Esto y mucho más figura en
la lista de crímenes y
violaciones de derechos humanos contra lesbianas, gays,
transgéneros y bisexuales que compila
cada año el programa para América Latina de la Comisión
Internacional de los Derechos
Humanos de la Comunidad Gay y Lésbica (IGLHRC).
En América Latina, algunos países, como Nicaragua y Puerto Rico,
validan aún la penalización de
la homosexualidad. Otros tienen disposiciones municipales que dan
a la policía local amplio
margen para detener a homosexuales bajo cargos en los que la
moralidad es un valor
discrecional que permite la impunidad.
México: 190 asesinatos
En México, aunque la homosexualidad no está penalizada, la
Comisión Ciudadana contra
Crímenes de Odio por Homofobia ha reportado 190 asesinatos por
odio homofóbico de 1995 a
1999 (179 hombres y 11 mujeres).
En su investigación, la Comisión Ciudadana encontró que la gran
mayoría de las víctimas fue
asesinada con extrema violencia y saña, y que muchas fueron
torturadas. A diferencia de otros
homicidios, estos son verdaderas ejecuciones. Los victimarios
necesitan no sólo inflingir un daño
a las víctimas, sino castigarlas hasta el exterminio.
En la historia de México a los homosexuales se les ha quemado
vivos, se les ha hecho objeto de
linchamientos morales sistemáticos, se les ha expulsado de sus
familias y, con frecuencia, de
sus empleos, se les ha encarcelado, expulsado de sus lugares de
origen, exhibido sin
conmiseración alguna, excomulgado y asesinado con saña por el sólo
delito de su orientación
sexual.
Además del vandalismo judicial, el siglo XX les deparó razzias,
extorsiones, golpizas, muertes a
puñaladas, asesinatos, choteos rituales y trato inmisericorde nada
más, como dice el escritor
Carlos Mosiváis, “por ser lo que son y cómo son”.
En la investigación policíaca de los crímenes homofóbicos aún
imperan en México, como en la
mayoría de los países latinoamericanos, la indiferencia, el
desprecio y la negligencia por parte de
las autoridades procuradoras de justicia. La calificación de estos
asesinatos como “pasionales”
contribuye a la extorsión policíaca y a su desatención.
La promoción de odio homofóbico proviene en gran medida de las
autoridades de gobierno. Se
destacan las persecuciones policíacas de homosexuales por parte de
autoridades municipales
que justifican sus acciones con programas de “profilaxis social” o
“cero tolerancia al delito”,
identificando a la disidencia sexual con la delincuencia o la
inmoralidad.
Brasil, campeón
Con 35 asesinatos de homosexuales por año, México ocupa el segundo
lugar, en cifras
absolutas, de este tipo de crimen en 25 países del mundo, seguido
por Estados Unidos, con 25
muertos. Sin embargo, es Brasil el que ostenta el horrible récord
de ser el campeón mundial en
los asesinatos de homosexuales.
En 2001 fueron asesinados en Brasil 132 homosexuales (88 gays, 41
travestis y 3 lesbianas).
Cada tres días es asesinado salvajemente un homosexual, la mayoría
víctima de un delito de
odio. En su libro “El crimen antihomosexual en Brasil”, Luiz Mott
y Marcelo Cerqueira ofrecen,
con estas cifras, una radiografía de la crueldad y la extrema
violencia que año tras año lleva a
la muerte a más de un centenar de brasileños homosexuales.
“Gran parte de los homicidios fueron cometidos con rasgos de
crueldad, tortura, uso de armas y
elevado número de golpes, siendo ésta una de las peculiaridades
del crimen homofóbico”, dijo
Cerqueira en la revista gay estadounidense The Advocate.
Según Cerqueira, los homicidios suelen ocurrir en las capitales de
los estados brasileños, los días
sábados o en las noches de domingo. El 72% de las víctimas son
afro-descendientes (mulatos o
negros) de edades comprendidas entre los 18 y los 30 años y entre
éstos se incluyen casi todas
las capas sociales y profesionales. Cerqueira dijo que aunque
ocurran con móvil de robo o en
zonas de prostitución, estos homicidios son, en realidad, delitos
de odio.
Agregó Cerqueira que muy pocos asesinos de homosexuales son
identificados o juzgados. El
20% de los sospechosos son menores de edad y el 50% tiene menos de
21 años. Entre ellos
predominan policías, jóvenes estudiantes, motociclistas,
comerciantes, practicantes de artes
marciales y desempleados.
Técnicas del odio
El asesinato y la violencia física no son el arma única de la
homofobia. Una de las técnicas más
eficaces del odio contra los homosexuales consiste en cerrarles
todo espacio de expresión
pública, reducirlos por el silencio al anonimato absoluto.
Homofobia es también la voluntad de ocultamiento, el negar la
realidad homosexual a través de
la banalización del tema, o de su reducción al sarcasmo fácil.
Esto se manifiesta en todo los
niveles de la vida social, comenzando por el ámbito de la vida
familiar, donde el homosexual
crece odiándose por ser lo que es, por no dejar de sentir lo que
siente y por ser tan diferente.
Su silencio, su invisibilidad, su confinamiento en el closet se le
presenta como la condición no
negociable de su sobrevivencia social. El homosexual es siempre
responsable de todo lo que le
sucede, incluso cuando es violado multitudinariamente, incluso
cuando es asesinado.
El blanco de la violencia han sido principalmente las personas más
visibles o evidentes:
travestis, transgéneros o líderes activistas que sufren agresión
directa, tortura o asesinato de
parte de particulares o de instituciones militares del gobierno.
Ante situaciones de riesgo, muchas lesbianas, gays, transgéneros y
bisexuales latinoamericanos
se ven obligados a huir de sus lugares de origen, en busca de
otros territorios que les permitan
una existencia más libre. Los que se quedan a menudo se convierten
en extranjeros en sus
propias patrias. El asesinato, autoexilio o exilio de sus líderes
ha provocado la desmovilización de
organizaciones LGBT en algunos países de América Latina.
Hoy se puede ripostar
La diferencia fundamental con épocas pasadas es la posibilidad que
hoy existe de documentar
los delitos y la represión contra los homosexuales. Y de
verificar, señalar y registrar los avances
contra la intolerancia y de sentar precedentes a través de
triunfos jurídicos o culturales. Esto
último se da de manera evidente en Estados Unidos, por ejemplo,
donde en la mayoría de los
estados existen legislaciones contra crímenes de odio, que
crecientemente incluyen a los
crímenes por homofobia.
En marzo del 2000, la Relatora Especial de Ejecuciones
Extrajudiciales, Sumarias y Arbitrarias de
las Naciones Unidas, Sra. Asma Jahangir, incluyó en su informe,
por primera vez en la historia de
esa comisión internacional, el tema de “la vulneración del derecho
a la vida y la orientación
sexual”. En el informe se dice que “deben adoptarse políticas y
programas encaminados a
superar los prejuicios y el odio contra los homosexuales y a
sensibilizar a las autoridades y al
público en general ante los delitos y actos de violencia dirigidos
a miembros de las minorías
sexuales”.
Los asuntos de la sexualidad son cada vez más importantes dentro
del funcionamiento del poder
en la sociedad contemporánea. La historia de la sexualidad ha sido
una historia de control,
oposición y resistencia a los códigos morales. Se encuentran
ejemplos de resistencia en el
surgimiento de las subculturas y redes de minorías sexuales desde
fines del siglo XVII,
fundamentales para el surgimiento de identidades homosexuales
modernas que en los últimos
cien años se han expresado como movimientos de oposición
explícita, organizados en torno a la
sexualidad y asuntos sexuales.
La búsqueda de libertad para la disidencia sexual implica
principalmente el rechazo a los binarios
(gay/hetero, hombre/mujer), que no dan posibilidades a construir
identidades diferentes a las
establecidas. Las categorías fijas de identidad son la base sobre
la que se ejerce la opresión a
la vez que la base sobre la que se asienta el poder político de un
grupo.
Nuestras sociedades latinoamericanas, en constante reformulación,
tiene la obligación moral de
reformular al mismo tiempo sus leyes, reglamentos y modus operandi
para ofrecer una
convivencia incluyente donde las identidades individuales sean
respetadas y sus derechos
humanos garantizados. Es decir, que la disidencia sexual no sólo
sea posible y esté garantizada
en las grandes metrópolis como Nueva York o San Francisco, sino
también en cualquier ciudad
latinoamericana.
* Norma Mogrovejo, investigadora en la Universidad de la Ciudad de
México y el Archivo Histórico
Lésbico "Nancy Cárdenas", es la autora de Un amor que se atrevió a
decir su nombre. La lucha
de las lesbianas y su relación con los movimientos homosexual y
feminista en América Latina. Sentido G
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