Siente un "gay" a su mesa
El País Fecha 10-01-2003
por Vicente Molina Foix
Muchos de ustedes, amables y heterosexuales lectores de este
periódico, se habrán comido el turrón con un homosexual, algunos
incluso a sabiendas. Es lo que tienen las fiestas navideñas: el
corazón del más duro ser se esponja, y los ojos pasan una mirada
lacia, perdonavidas, por los rincones oscuros de la realidad. En
otra Navidad, la del año 1960, situó Luis García Berlanga (muy
ayudado por Rafael Azcona en el guión) su ferocísima película
Plácido, en la que, recordémoslo, los ricos de una pequeña ciudad
española de provincias emprendían una humanitaria campaña de
Nochebuena bajo el lema Siente un pobre a su mesa. En la fábula
berlanguiana, los organizadores completaban su iniciativa
invitando a un selecto plantel de artistas secundarios, que no
sólo pondrían cara a los actos, sino amenizarían con su arte
incomparable la velada; por medio de una subasta pública, cada
familia pudiente tenía la posibilidad de llevarse a casa, para el
banquete benéfico, a un artista y a un mendigo.
La coincidencia de que el candidato de Los Verdes a la alcaldía de
Madrid, José María Mendiluce, dé a conocer su homosexualidad entre
las noches de San Silvestre y Reyes, cuando aún las bombillas de
colores lucen en nuestras calles, puede servir de reflexión a algo
que él mismo menciona en sus declaraciones a la revista Zero: los
grandes partidos políticos, incluido el PP, llevan un tiempo
coqueteando melindrosamente con los homosexuales, en lo que
constituye una sospechosa "rifa electoral" del maricón y la
lesbiana. Rifa o seducción interesada que el propio Mendiluce
desbarata con tan valeroso gesto personal, añadido en su caso a
unas ideas públicas de índole política y ciudadana enormemente
atractivas a mi juicio. Pero ¿qué pasará tras el fin de las
fiestas, o lo que es lo mismo, una vez cerradas las urnas de las
próximas elecciones? ¿Tendrán los mendigantes y demás (marginales)
artistas invitados una mejora estable en la aburrida normalidad
democrática, o el halago termina con las últimas copas de la
celebración?
Sin embargo, la homosexualidad está de moda, o eso dice la
heterosexualidad reinante. La propia revista Zero lleva en sus
páginas una sorprendente cantidad de publicidad "no tendenciosa",
incluido el anuncio de una gran compañía aérea que se muestra
orgullosa de extender sus ofertas de vuelo barato a las parejas
del mismo sexo. Y pongan la tele, donde no hay programa de
variedades sin su mariquita orgánico, tertulia de sobremesa sin
venenosa loca áulica, serie dramática que se precie sin personaje
gay a modo de mascota. ¿Tanto ha cambiado el país de los machos, o
seguimos en el terreno de la pura fábula?
Mi opinión es que no hay cambio profundo de actitud, sino limosna,
que para ser actuales llamaremos cuota. A los homosexuales se les
está aplicando en España el porcentaje de tolerancia dictado por
una buena conciencia aceleradamente puesta al día, del mismo modo
que el Gobierno fija anualmente el número de inmigrantes
paupérrimos que pueden acceder a nuestro suelo europeo con un
trabajo. La homosexualidad sigue siendo un "problema" ajeno,
extraño a lo natural y a lo propio, y muchos en España (no sólo
los comentaristas tipo 'jaime de campmany', que continúan
expresándolo al viejo modo fascista de su linaje) observan la
creciente visibilidad cotidiana de gays y lesbianas con la mezcla
de recelo y condescendencia con la que se ve en los informativos
la llegada de negros en patera. Aquéllos y éstos forman un invasor
ejército de otromundistas que sin duda tienen derecho a vivir y a
ser como son, siempre, claro, que no vivan en nuestros edificios,
que no se lleven a la cama a nuestros hijos e hijas, que no nos
ofendan con sus carnavales en cueros y sus veladas creencias, que
no exhiban en público sus amaneramientos (puede haber niños
mirando) o atuendos chillones; que no pretendan, en suma, ser como
nosotros, exactamente iguales a nosotros. Nuestra modernizada
conciencia es propicia a sacarles de la nada anterior, incluso a
darles papeles ("que sean así o asá, no faltaría menos"), pero su
naturaleza, su origen ("eso ya no es culpa nuestra"), les marca,
condenándolos de manera indeleble a la diferencia, a una posición
civil algo inferior y (bonachonamente) tutelada.
Uno de los síntomas de ese tratamiento de aparente progresismo y
hondo sexismo se ve en la recepción del arte, que se diría, sin
embargo, el campo de la máxima libertad. Como en la televisión o
en la publicidad, hoy las novelas, películas y piezas de teatro
con gay dentro abundan, pero siempre dentro de la cuota, es decir,
mientras la intención del autor o la autora no viole el
otromundismo de los personajes. Si cualquiera de estas obras
presenta comportamientos o pasiones homosexuales sin el sello
-patético, cómico, exótico- de su peculiaridad, si los presenta,
quiero decir, al mismo nivel de ternura, crudeza o desmelenamiento
erótico de los amores heterosexuales, sin más felicidad o condena
que la que la vida nos impone a todos por igual, entonces, ¡ah!,
entonces el artista está haciendo una "defensa de la
homosexualidad", o peor aún, entregándose a las "pautas del
mercado" (ese mercado lector que, como todos sabemos, está
únicamente deseando consumir novelas sobre homosexuales
fascinantes). Yo, en mi ingenuidad, en mi ignorancia, pensaba lo
contrario. Que lo homosexual es aún un ismo difícil e
incomprensible para la mayoría social, y que las obras artísticas
que lo reflejan sin tapadera, sin parodia, sin eufemismo,
pertenecen a otro mundo, el de los outsiders, y no rebasan nunca
la cuota o porcentaje de su propio público minoritario (aunque
estar muerto facilita la universal e indiscriminada eternidad,
como demuestra el caso de Cavafis, Cernuda o Genet). ¿Llegará el
día en que una película de grandes aventuras gay-lácticas o una
novela con homosexuales no folclóricos ni históricos ni lastimeros
arrase en las taquillas mundiales o gane ese premio literario que
en Navidad se vende tanto? Si tan dudoso día llegara me gustaría
estar vivo, sólo por ver a ciertos progresistas rasgarse sus
viejas chaquetas con la misma furia que los del Opus.
Plácido, que al fin y al cabo es un negro cuento de Navidad,
termina con un villancico, cuya tremenda letra dice que "en este
mundo no hay caridad, nunca la ha habido ni nunca la habrá".
Berlanga ha contado que la Iglesia católica se enfadó mucho,
convencida de que aquello era un apócrifo del maligno Azcona,
cuando se trata, asegura el director, de una popular canción
navideña española del siglo XVI. Parece que fue ayer. ¿O no fue
ayer cuando, en unas célebres declaraciones, Ana Botella, ese
producto político bio-degradante, degradaba a una vida de segunda
clase a todos los homosexuales españoles que aspiran a formar
núcleos familiares reconocidos legalmente? También a mí me
gustaría acabar como fabulista, cambiando en mi moraleja la
palabra caridad, que se nos ha quedado de derechas, por una más
civil y revolucionaria. Pasadas ya las entrañables fiestas, hechos
todos los brindis y digeridos todos los pavos, besugos y turrones
de Alicante, usted, que sin saberlo o sabiéndolo sentó en
Nochebuena un gay a su mesa, tiene la posibilidad de desmentirnos.
A Berlanga, Azcona y al libertario nihilismo internacional, a mí y
a todos los que como yo creen que en este mundo nunca la hubo y
sigue sin haberla: la verdadera igualdad. Social, racial y sexual.
Mientras el desmentido no se traduzca en hechos y actitudes
radicalmente distintas, el supuesto glamour y la tan comentada
pujanza de la sociedad homosexual serán, como en la película de
Berlanga, la fanfarria de un festival benéfico o una campaña
electoral, a modo de sordina de los remordimientos del más noble
espíritu solidario. Migajas del banquete que en fechas señaladas
dan los que tienen mucho a aquellos don-nadies que se contentarían
teniendo sólo lo suficiente: lo de todos.
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