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Hable con ellas

Por Esteban Peicovich


12 de enero de 2003
La Nación line



Salta a la vista y es el secreto mejor guardado del mundo. La naturaleza lo tiene claro. La cultura, no. Y es de manual: para ser un hombre pleno se necesita tener dentro una mujer. La mitad de la persona de uno. Pero en mujer. No es travesura: es biología. La historia flaquea por exceso de hombre a secas, esto es, sin mujer puesta. Y mal que anda, al borde de sí misma, en progresivo Apocalipsis, por no tener resuelto (cultural, masivamente) el misterio de esta simetría elemental.

La mitad del contrato está cumplida: la mujer viene portando al hombre desde siempre. El hombre no sabe o no puede (o se hace el macho). Esquiva el bulto, mira hacia otro lado, se aniña y, encaprichado de inútil soberanía, sigue sumando estropicio siglo tras siglo.

Está más que visto que el trámite inicial de la costilla fue poco técnico. Fue una chapuza: las costillas debieron ser dos. La de ella y la de él intercambiadas ante escribano mayor del Paraíso. Pero no. Apenas una pálida leyenda versicular bajo manzano y ningún contrato labrado el día de autos con sello celestial. Nadie que especificara el fifty and fifty del trueque realizado.

Los renglones del Paraíso se han borrado y el preámbulo no aclara el motivo de empezar con uno, siendo que naturalmente eran dos en cada uno. Lo tiene aireado ya la ciencia y bien lo sabe cada cual, a poco que sincere su espinazo sensible. Para colmo, este error derivó en otro, garrafal: el infeliz poseedor de la única costilla donada se sintió con derechos a royalty, copyright y otras trampas. Así que se salió del libreto y se desnaturalizó. Se deformó hasta quedar sólo hombre, lo cual, como probadísimo está, no es más que un productor de desastres.

No para siempre. Existen trámites que pueden hacer regresar a la especie a la senda perdida. Uno de ellos (bien lo vio Almodóvar) es que Adán hable con Eva para regresar las cosas al instante previo del quiebre del Paraíso. Adán debe recuperar la genuina mitad mujer que como varón primigenio desechó. Tiene que volver a ser dos en uno. La pobre Eva debe continuar como está. (No así las feministas recalcitrantes: ellas también deberán aprender a ser dos en una).

En 1982, un fugaz encuentro con Marco Ferreri (singular cineasta: El cochecito, La abeja reina, etc.) me alertó sobre esta salvación de la especie de la que las Naciones Unidas jamás se ocuparon. Se discutía lo errático y demencial del curso histórico y cada especialista despachaba lo suyo. Ferreri pasó de largo y no abundó en teoría alguna. Se acarició la tonsura, se guardó para el último turno y despachó una tesis que dejó boquiabierto al resto: “Parole, parole... La crisis de la humanidad sólo tiene una salida. Y podría ser inmediata en todo el mundo. El hombre está perdido. La única solución... –graduó su pausa con tal timing que obligó a la cámara a ir del primer plano de su rostro al paneo de los otros fijados en el suyo–, la única solución es que cada hombre de la Tierra se tome de la mano de la mujer más próxima y se deje llevar por ella”. Y, con brochazos sorprendentes, empezó a diseñar la humanidad que resultaría de esta renuncia masculina unísona y mundial.

Le respondieron con risas. Ferreri los miró desde su lejanía, movió su cabeza de bulldog desactivado y comentó: “Mientras esto se siga tomando como chiste, la historia humana continuará siendo una aventura de imbéciles”, y se refugió en el trámite solitario de armar un puro. Los demás se perdieron en el bosque de la sociología.

El despiste general de la masculina historia, el discurso del arte de siempre, y ahora el estupendo Hable con ella, de Almodóvar, me inducen a tomar partido y convertirme en fundamentalista vocero de la tesis de Marco Ferreri. Sé que es tema polémico. Y que da para un libro. ¿A quién se debe que sólo hace poco (y todavía muy pocas) hayan podido acceder al mundo? ¿Cómo es que no hubo Padres de Plaza de Mayo? ¿Por qué da en decir Cervantes: “Mitad de la vida son los hijos; mas las hijas, la mitad más entera?” ¿No sería inmerecida una cumbia en la que se cantase: “La cosecha de los hombres nunca se acaba”? ¿Por qué en idioma alemán Sol es femenino y Luna masculino? ¿Cuántas barras bravas de mujeres conoce usted? ¿Cuántas son las guerras declaradas por mujeres a lo largo de la historia? ¿En que proporción mujer-hombre se acosa sexualmente, se viola, se es proxeneta, torturador, asesino serial, punguista, profanador de tumbas, terrorista, verdugo o depredador de la fauna y de la flora? El motivo por el cual el hombre a secas (seco de mujer interior) encara estos derrumbes tiene que ver con una interrupta brújula moral que en el caso de la mujer (salvo excepciones) es natural, estable y dirigida a la preservación de la vida, no a su daño.

Adivino ya a la contra acudir con trilladas pancartas mentando Fedra, Lady Macbeth, Thatcher. La lista de mujeres con prontuario semejante se agota en menos de un minuto. No hay proporción (una encuesta europea da nueve golpeadores por cada golpeadora familiar). Ni conducir al hombre al cadalso de las amazonas ni reactivar un feminismo fósil que fracasó, precisamente, por ser incapaz de contener al hombre. Sí, en cambio, ver de armonizar la especie haciendo que la mujer portátil que cada varón tiene comparta el yo interior que su supermacho quiere solo para sí. Y aquellas que no lo hayan hecho aún, al revés, claro, ¿pues qué ganarían estas rezagadas encontrando flamante cobijo en el yo del hombre si al mismo tiempo no pensaran seriamente en hablar con él y llevarlo puesto todo el día como mitad restante de la persona femenina que es?

La posibilidad de un mejor ensamble de los personajes centrales del culebrón del Paraíso no debe ser desechada. Y por lo que históricamente está probado es el hombre el que debe descubrir a la mujer olvidada que habita dentro suyo y espera su turno para acercarle la plenitud. Cuando suceda, tal vez este desaforado frene su tendencia a incendiar el mundo, beber a morir y buscar rencillas para salir a la calle a pegarse hasta quedar convertido en un no hombre. O lo que es igual, en un huérfano de mujer.

Desde siempre, el hombre soñó hacer un otro de sí, mediante el cual superar su fugacidad y vencer a la muerte. ¿Sólo por eso? ¿Y si en esa antigua desesperación se escondiese (por natural competencia) la bellísima intención de poder él también parir, aunque a su modo? ¿Qué, si no hijos, son, (simbólicamente hablando) la variedad infinita de muñecos, autómatas, robots y demás articulados humanoides que ha venido pariendo a lo largo de los siglos?

La propuesta de Marco Ferreri sigue abierta. Perturba, porque remueve de cuajo el libreto masculino. Indica un más allá del mero acto de aproximarse a la mujer más cercana, hablar con ella y dejarse llevar. Apunta a un más acá: a tomarse de la mano de la silenciada mujer interior y proseguir el viaje no mutilado, sino pleno, como lo hizo Ulises. ¿O acaso no fue la Penélope que llevaba puesta la que le enseñó la astucia y lo previno del acoso de las sirenas?

Es el hombre el que debe descubrir a la mujer olvidada que habita dentro suyo y esperar su turno para acercarle la plenitud. Cuando eso suceda, tal vez este desaforado frene su tendencia a incendiar el mundo, beber a morir y buscar rencillas para salir a la calle a pegarse hasta quedar convertido en un no hombre o, lo que es igual, en un huérfano de mujer.
 

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