|
25 de junio de 2002
Ganar homosexuales
VICENTE MOLINA FOIX
Los heterosexuales llaman la atención por dos cosas. La primera
afecta a los heterosexuales hombres, y consiste en creer que todo
el monte es órgano, o, diciéndolo sin metáfora, que los
homosexuales, por el hecho de sentir atracción hacia su propio
sexo, desean a todos los hombres sin distingo de edad o físico.
Por eso la comicidad de los chistes de maricas resulta a menudo
tan patética, tan ridícula, basada como está en el convencimiento
de que la suprema virilidad hetero peligra siempre que hay un gay
campeando por los alrededores.
La segunda característica, más extendida, tiene que ver con el
proselitismo, y en ella se mezclan las leyendas sobre la condición
mafiosa y subrepticia de la llamada (despectiva o suspicazmente)
internacional rosa. Todas las tribus, fratrías y comunidades
minoritarias, sobre todo si son mal vistas o están históricamente
perseguidas, tienden a defenderse en grupo, a recalcar su mera
existencia, pero eso no justifica la mala prensa que aún acompaña
a las manifestaciones gays y lesbianas de calle, de palabra y de
obra. Ahora estamos en la semana anual del Gay Visible, mas, ay
del gay que se deje ver ostensiblemente, naturalmente, más allá de
las celebraciones autorizadas. Parecerá un exhibicionista, o un
propagandista de la fe homosexual.
La cuestión también se dirime en el campo de las artes. Hay
excesos de celo en la lectura (homo)sexual de ciertos textos y
obras del pasado, pero nadie con sensatez puede negar que la misma
fuerza de la costumbre heterosexual ocultó o disfrazó el verdadero
signo amoroso inspirador de muchos artistas. Dos nombres están
ahora en polémica, Henry James y Haendel. Sendos libros de autoría
norteamericana y universitaria quieren ganar al novelista y al
músico para la causa gay, y el establishment se ha levantado en
armas.
He leído, no íntegramente, Haendel as Orpheus (Harvard University
Press, 2002), el extenso estudio de las cantatas de cámara
haendelianas en el que su autora, la catedrática Ellen T. Harris,
combina la densa erudición musicológica con las labores
detectivescas, en un intento, ocurrente pero para mi gusto no
convincente, de dar un sesgo homosexual a algunas obras compuestas
en su etapa británica por el músico alemán. Harris husmea en los
círculos de la nobleza seguramente homoerótica donde Haendel
encontró su principal mecenazgo, y examina al detalle la letra y
el espíritu órfico de ciertas cantatas y oratorios (Acis and
Galatea, Esther) que, según ella, traslucen el perfil de un deseo
por el propio sexo (same-sex desire). Como es catedrática, Harris
es comedida; no afirma categóricamente, propone. Pero yo me he
puesto los discos de estas maravillosas obras, los he seguido
libreto en mano y no puedo decir que haya visto en ellas nada
heterodoxo (ni manifiestamente heterosexual, tampoco).
El otro libro, Dearly Beloved Friends (University of Michigan
Press, 2002), consiste en una amplia selección de cartas escritas
por Henry James a cuatro amigos jóvenes, y los compiladores del
volumen, Susan E. Gunter y Steven H. Jobe, tienen aquí un campo
abonado. Para leer fervientemente al maestro no me hizo falta su
sexualidad, aunque daba, según los días, envidia y grima saber que
James nunca se acostó con nadie. El rumor empezó hace años, a raíz
de la correspondencia inédita (y oculta) manejada por su último
biógrafo, Sheldon M. Novick. James se habría pasado la vida en el
armario y con las manos quietas, pero las encendidas cartas
escritas a sus discípulos y protegidos no dejaban duda: aquello
era amor más que pedagogía. También la obra narrativa de James lo
apunta, sobre todo algún relato, como El pupilo. Nada ha de
cambiar en el alto estatuto artístico de James la definición de
sus sueños eróticos. Reconózcanme ustedes, sin embargo, sobre todo
si son heterosexuales, que es doloroso leer, en una de las
hermosas cartas de este volumen, dirigida por James al entonces
jovencísimo aprendiz de escritor Hugh Walpole, lo siguiente: 'Sólo
lamento, en mi helada edad, ciertas ocasiones y posibilidades que
no aproveché'.
© Copyright DIARIO EL PAIS
|