Mujeres enfadadas
El Diario Montañes, 10-05-2002
por JOSÉ TONO MARTÍNEZ*
Uno de los beneficios colaterales de todo este desgraciado período
iniciado por la barbarie del 11 de septiembre y continuado en la
guerra de Afganistán tiene que ver, y de manera notable, con las
mujeres, con las mujeres afganas y con las mujeres de todo el
mundo. El fuego amigo de la pasada guerra ha puesto sobre el
tapete esta vieja e irresuelta cuestión. Hasta tal punto es así
que en algún momento, al principio, cuando había que justificar la
propia guerra y armar ideológicamente la coalición que la apoyase,
fueron muchos los que por razones sin duda oportunistas airearon
el maltrato y la humillación que sufrían las mujeres en el régimen
ya extinto de los barbudos talibanes del mulá Mohamed Omar. Como
si antes eso no pasase, como si no siguiera pasando.
Todos nos hemos sentido indignados al contemplar esas viseras de
rejillas flotantes que son los burkas y que obligaban a pasearse a
las mujeres como si estuvieran en verdad entre rejas, con libertad
visual condicional. Aunque yo sospecho que alguno en su fuero
interno habrá sonreído complacido, y desde luego son muchísimos
más los que pasado el ardor del combate antitalibán habrán ya
guardado en el famoso armario esta redescubierta causa para mejor
ocasión. Porque si de cruzada feminista se tratase, nuestra
obligación sería la de proponer parecidas exigencias a otros
muchos regímenes que de igual modo siguen manteniendo a la mujer
con el estatuto de ciudadana de tercera clase, en el mejor de los
casos.
Si bien el tema de la mujer ha sido uno de los territorios
simbólicos sobre el que han batallado las distintas facciones y
tribus en Afganistán, me temo que no debemos ser complacientes:
éste no es un asunto remoto y propio de países exóticos, sino que
es uno de los más graves, cruciales y pendientes en nuestro propio
país, porque, ¿cómo está nuestro territorio simbólico en este
sentido? Sentimos decir que muy mal, y muy mal desde siempre. Pues
sin duda es éste uno de los déficits éticos más arraigados en la
mentalidad machista y falocrática de nuestra cultura
greco-romana-judeo-cristiana. El caso de Nevenka Fernández, la
joven ex edil de Ponferrada y en actual juicio contra el alcalde
de aquella ciudad, Ismael Álvarez, ilustra nuestro estado de
cosas. El comportamiento del ya destituido fiscal jefe de Castilla
y León, José Luis García Ancos, es un ejemplo de tan notorio abuso
y de prejuicio en el ámbito de la justicia que uno se pregunta:
¿cuántas Nevenkas tenemos sufriendo en silencio, marginadas en el
trabajo o acosadas por el solo hecho de ser mujer?
Conozco un libro excelente aún no traducido y publicado por la
historiadora norteamericana Eva C. Keuls en el que se analiza la
política y el sexo en la antigua Atenas. Lleva por título «El
reino del falo» y fue impreso por Harper & Row en 1985, y luego
por la Universidad de California en 1993. Siguiendo la historia,
la mitología y el arte que nos ha quedado en frisos y vasos
griegos, se nos propone un repaso novedoso a la sexualidad griega,
desde la pederastia y la prostitución a la educación de los
jóvenes y el rol de la mujer y la familia. Leerlo equivale a
repensar nuestra cosmovisión, nuestra intrahistoria, pero allí se
nos narra también una de las primeras revueltas feministas contra
los aristocráticos y exclu-sivistas ciudadanos del foro. Se
produjo en el verano del año 415 a. C., durante los preparativos
de una expedición contra Sicilia, en el marco de la guerra contra
Esparta. El belicoso y apuesto Alcibiades, por otro lado acusado
por su esposa Hipparete de introducir hetairas en el hogar,
convenció a los atenienses de la necesidad de esta arriesgada y
militarista operación de castigo, contra la opinión de los más
sabios y moderados de la ciudad. Una noche de ese verano, todas
los monumentos dedicados al dios Hermes, los falos que adornaban
las calles y residencias de Atenas fueron decapitados y mutilados.
El escándalo fue mayúsculo y se produjo una investigación, llevada
a cabo por los magistrados. Pues bien, para esta historiadora se
trata de la primera conspiración histórica organizada por las
mujeres contra una guerra extenuante y considerada inútil. Un acto
simbólico de castración contra el poder de los hombres, contra el
elemento icónico principal de su virilidad y dominio. Ésta es la
tesis; es preciso leer el libro para ir al fondo de las razones
allí expuestas.
Pues bien, las mujeres siguen teniendo muchas razones para seguir
irritadas, en Afganistán y en nuestra sociedad. La mujer sigue
siendo denigrada, utilizada y asociada a determinadas áreas
vinculadas con la sensibilidad, la naturaleza o el placer.
Cualquiera que vea una anuncio de televisión de coches o perfumes
sabe de qué estamos hablando. Aunque a algunos le suene a viejo,
el proyecto feminista de liberación sigue vigente: no sólo nos
enfrentamos al reto de modificar conductas aprendidas, sino que, a
mi juicio, la tarea pendiente supone rehacer y repensar la
enseñanza de la historia, de la cultura, de la religión organizada
y de la propia filosofía.
Y es que en este asunto ya no se trata de los parches o de las
políticas de buena voluntad que de vez en cuando nuestros
legisladores y dirigentes proponen casi diría como concesión, o
como guiño al electorado femenino. En este sentido, Inés Alberdi
recordaba hace pocos meses la figura emblemática de Clara
Campoamor, abanderada del voto de la mujer durante la II
República. En cuanto al capítulo de la violencia doméstica, uno no
puede sino avergonzarse del parte casi diario de agresiones que
leemos cada mañana en el periódico. Se habla de muchos problemas,
se magnifica el de la inseguridad en las calles pero, ¿y el de la
inseguridad en la propia casa o en el trabajo? Es el colmo pensar
que en muchas casas todavía las mujeres teman que sus maridos
puedan zanjar la discusión con un guantazo. Nadie habla de esto ni
nadie pregunta en las encuestas oficiales. La nueva directiva
europea contra el acoso sexual que ha promovido la comisaria Anna
Diamantopoulou es un paso en el buen camino. Se publicará en el
Boletín Oficial de las Comunidades Europeas en junio de este año y
cada país miembro tiene hasta 2005 para adaptar su legislación a
esta normativa. Esperemos no agotar el plazo.
En cualquier caso, lo que se precisa en nuestro país es
introducir, en las legislaciones autonómicas y de Estado, la
discriminación positiva a favor de la mujer tal y como sucede en
el caso de las minorías étnicas de EE UU. Lo que se propone es que
la Administración no contrate, subvencione o haga ningún tipo de
negocio con aquellas empresas e instituciones que no demuestren
igualdad de trato y de contratación entre géneros, y paridad en el
sueldo y número de hombres y mujeres en dichas empresas. Se trata
de una política activa y efectiva, y así como hay que demostrar
que uno paga impuestos para que le den un contrato, así hay que
demostrar que uno contrata mujeres al 50% y las coloca en puestos
similares a los que ocupan los hombres. Y esto debe afectar tanto
al Consejo de Ministros como a la fábrica de helados de la
vecindad. Tal vez así no tengamos que ir a solucionarles los
problemas a otros sin antes haber arreglado nuestra propia casa y
tal vez así las mujeres dejen de estar enfadadas. No sea que una
noche nos levantemos y nos encontremos con una revuelta como la de
aquellas atenienses, y vaya uno a saber contra qué la emprenden.
* Escritor, sociólogo y doctor en Filosofía.
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