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Página/12 - Las/12
15.02.02
Mis mamás me miman
La declaración de la Academia de Pediatría de los Estados Unidos
recomendando la adopción por parte de parejas del mismo sexo echó
luz, una vez más, sobre el deseo de ser madres o padres de quienes
hicieron una opción sexual distinta de la hétero. Veinte años de
estudios continuados en los países del primer mundo avalan esta
posibilidad, remota todavía en Argentina. Pero las situaciones se
dan de hecho; nacidos dentro de un proyecto de familia
homoparental, o simplemente fruto de parejas
heterosexuales en las que alguno de sus componentes pudo asumir
después su propio deseo, los chicos crecen.
por Marta Dillon
No parecía un trámite distinto de otros. La empleada del registro
civil ya había anotado fecha y lugar de nacimiento, había mirado a
la beba con esa mueca de ternura a la que obligan los recién
nacidos -alguna frase esculpida en mármol para quien trabaja
confeccionando partidas de nacimiento- y hasta se había permitido
un comentario insidioso sobre la elección del nombre francés que
en castellano suena igual a uno de varón. Pero con la mención de
los apellidos la fluida amabilidad, digámoslo así, dejó de fluir.
De pronto en el registro civil hacía un frío de hielo. "¿Pérez
López? ¿Y eso de dónde sale?". El momento tan temido para las dos
mujeres estaba en sus narices y ellas no habían ensayado
explicaciones para salir del paso. En realidad, siempre supieron
que no había salida, solo que, perdidas por perdidas, ¿por
qué no intentarlo? "Se llama así, esos son sus apellidos", dijeron
en el mismo tono, como un coro de zarzuela. "Mire, señora, si
usted quiere, nosotros citamos al padre, pero no puede ponerle el
apellido que le dé la gana", escupió la empleada. Qué fácil cambia
el clima en las oficinas públicas, habrán pensado las mujeres;
¿cómo la fría distancia puede transformarse en algo tan pegajoso
como un chicle olvidado sobre el asfalto caliente? Mejor no
discutir, la niña del nombre francés deberá conformarse
-"por ahora"- con el apellido de una sola de sus madres, la única
que reconoce la ley argentina, la que la parió -o la que la
adopte, siempre que la primera ceda sus derechos, que no es el
caso-. La otra, la que guió la cánula de la inseminación
artificial, la que acompañó el embarazo y el parto, la que está
dispuesta a ser tan madre como la primera, no figurará en los
papeles y por ahora mastica bronca. Y aunque la pareja está
dispuesta a dar batalla, la realidad nacional no augura cambios
-en ese sentido- por largos años.
La escena sucedió en Buenos Aires, hace exactos nueve meses,
cuando Danielle todavía no llamaba "mamá" a Celia y a Cecilia,
como lo hace ahora, sin distinciones. Antes incluso de que la
Academia de Pediatría de los Estados Unidos rubricara una
declaración sobre la conveniencia de que las parejas de gays y
lesbianas adopten a los hijos de sus parejas. O, simplemente, que
adopten niños, ya que veinte años de estudios sobre el tema
ofrecen, a esta altura, resultados concluyentes: los hijos de
parejas de personas del mismo sexo están tan bien adaptados social
y psicológicamente como los hijos de parejas heterosexuales. Para
muchos podrá sonar a verdad de perogrullo, pero ya se sabe,
avalada por la ciencia -y el acuerdo de 55 mil pediatras
agrupados en una entidad conservadora como aquella Academia- esa
sentencia, pronunciada la semana pasada, ya puede escribirse en
letra de molde. Además de alentar fantasías y deseos de gays y
lesbianas que ya se embarcaron en la carrera de obstáculos de
tener hijos. O están a punto de hacerlo.
"Y bueno -dijo Georgina Barbarossa en su programa nocturno-, en
este momento creo que no hay nada peor que tener un padre
político." Peor incluso que tener uno gay, se puede inferir del
comentario aun cuando desde el panel de invitados -varones gays y
militantes, los únicos que aparecen en cámara cuando las
producciones necesitan voces que den su testimonio- alguien apuntó
una categoría más baja: ser hijo de policía. Más allá de los
gustos de cada uno, lo que queda claro es que tener un papá gay o
una mamá lesbiana parece estar anotado, al menos en algún
imaginario con micrófono, en la lista de catástrofes posibles.
Algo que podrían desmentir fácilmente los mismos protagonistas si
existieran las condiciones para poder hablar libremente de sus
experiencias. "La sociedad argentina es homofóbica: gays o
lesbianas pueden informar a sus hijos de la orientación de la
pareja pero deben advertirles que no hablen del tema fuera de la
casa. Esto trae problemas cuando necesitan invitar a otros chicos
o hablar de la familia en la escuela", dijo la investigadora
Silvia Quaglia, interrogada sobre el correlato nacional de lo
declarado en Estados Unidos. Y aunque su opinión puede resultar
algo terminante, lo cierto es que, a modo de muestra, de seis
jóvenes consultados para esta nota sólo una se mostró dispuesta a
contar su experiencia. Porque, vamos, hijos e hijas de gays y
lesbianas ha habido siempre, aunque gestados en matrimonios o
parejas heterosexuales, que en muchos casos sirvieron como refugio
para las propias dudas sobre la orientación sexual y pantalla para
desviar las miradas acusadoras del resto de la sociedad. "Supongo
que fue una huida hacia adelante, la relación duró un poco más de
tres años y la verdad es que podríamos haber estado juntos toda la
vida. Nos llevábamos muy bien, nos acompañábamos, teníamos
sensibilidades parecidas, pensamientos políticos acordes..., pero
cada vez éramos más amigotes y menos pareja. Hasta que me enamoré
perdidamente de una compañera de trabajo." Y tal como Mónica -hoy
de 41, un único hijo de 19 y doce años de convivencia con una
mujer- entendía la pareja, al primero que se lo contó fue a su
marido. "El me alentó a que siguiera adelante y así fue que pasé
mi primera noche fuera de casa. Volví radiante a las siete de la
mañana, con medialunas y una ansiedad tremenda por compartir mi
audacia." El final de la pareja fue armónico y el inicio de la que
siguió también, aunque no duró mucho. La segunda oportunidad fue
mejor, todavía tiene actualidad.
El niño -llamémoslo Carlos- nunca hizo preguntas, pero la realidad
era evidente. "Jamás oculté las manifestaciones de cariño con mi
pareja. Obviamente nuestra intimidad estaba a resguardo, como en
cualquier otra pareja, pero a medida que iba creciendo era yo la
que tenía necesidad de contarle. Y como no había nada oculto,
cuando tenía más o menos diez años, un día le dije: 'Esto que ves
se llama de esta manera, lesbianismo, somos una pareja de mujeres
lesbianas'. Fue un momento de mucha relajación para mí, de
terminar de hacerme cargo y también militante. Iba a un grupo de
mujeres lesbianas feministas en el que reflexionábamos justamente
si decírselo o no a los hijos, cuándo, cómo". Carlos tuvo una sola
pregunta frente al destape materno: "¿Y ahora qué?, ¿sigue todo
igual?". Las cosas para él, con su mamá y la mujer de su mamá
oficiando de tutora en la escuela, estaban lo suficientemente bien
como para desear que nada cambiara.
"Mi mamá dice que a los cinco años yo cantaba por la calle una
canción inventada que decía 'esta es mi mamá, esta es la novia de
mi mamá'. La verdad es que de eso no me acuerdo. Lo que sé es que
a los nueve años empecé a notar que la amiga de mi mamá se quedaba
siempre a dormir en casa y entonces tuvimos una charla. Me pasó lo
mismo que suele suceder con las nuevas parejas de tus viejos;
Andrea me quería conquistar, me hacía regalos, pero cuando me
enteré de cómo eran las cosas me agarré un berrinche terrible, le
hice la vida imposible, quería a mi papá." ¿Le molestaba a
Valentina que su mamá fuera lesbiana? "Qué sé yo, me parece que
quería una familia normal y se representaba en mi viejo. Yo la
quería a Andrea, pero cuando me acordaba me daba el berrinche.
Pero mi mamá fue clara, ella la amaba y ese amor no entraba en
competencia con el que tenía por mí. Eso era inamovible y por más
que me quejara no iba a cambiar. Fue una continuidad de charlas
interminable. Mi hermano mayor ya lo sabía y no se hacía mucho
problema. Después me di cuenta de que lo que me molestaban eran
los cambios, porque cuando mi vieja se separó de Andrea a la que
odiaba era a Pato, que hace como nueve años que está en pareja con
mamá." El que devolvió la paz a la relación madre e hija fue el
padre de la última, aunque no voluntariamente. "Como mi viejo no
nos pasaba alimentos mi vieja hizo juicio de divorcio y ahí él
empezó con que por culpa de mis tías tortilleras pasaba lo que
pasaba, lo decía como un insulto a ellas, que eran amigas de mamá,
pero como mis tías verdaderas están desaparecidas... Y a mí que no
me toquen a mi familia." Valentina tomó partido rápidamente frente
a las agresiones de su padre, aunque hasta hace dos años, cuando
cumplió 18, intentó mantener la relación con él en los mejores
términos posibles. No fue fácil, porque no era fácil encontrarlo y
ahora, resignada, dice: "Mi papá nos abandonó". Ese es su
problema, cree, no la elección sexual de su mamá. Igual, se hace
cargo de las dificultades del caso. "Cuando era más chica tenía
miedo de que los padres de mis amigas no las dejaran venir más a
mi casa. Con ellas estaba todo bien, yo trataba de que primero se
dieran cuenta y después hablarlo, era más fácil que hacerlo en
abstracto. Porque la imagen de las lesbianas es la de un camionero
y conociendo a mi mamá era distinto, porque como es recopada y
reabierta es un referente para muchos amigos que se instalan en
casa. Igual me acuerdo que cuando estaba en séptimo grado un amigo
me dijo: 'Dale, no me mientas, tu mamá es lesbiana', y yo se lo
negué. El se rió y me dijo: 'Bueno, cuando lo puedas entender lo
hablamos', evidentemente estaba mucho más adelante que yo." Claro
que las reacciones no siempre fueron tan alentadoras. En un
intento por planificar lo mejor posible el futuro de Valentina, su
mamá la inscribió en una escuela fábrica privada con orientación
gráfica. Y ahí, lamentablemente para Vale, la mayor parte del
alumnado venía de escuelas católicas con prejuicios firmes y
saludables. "Al principio me hice amigas, hablábamos de novios y
esas cosas, y no sé por qué, un día se me ocurrió contarlo y noté
perfectamente cómo pusieron un límite. Aunque no hacía falta mucha
imaginación, un día me sentaron en una vereda y haciéndose las
humildes católicas me dijeron que entendían por qué yo era rara y
no sabía rezar, por qué me interesaba por la política. Era porque
mi mamá era lesbiana y ellas estaban dispuestas a contenerme y a
enseñarme a ser parte de la gente bien." Resultado: Valentina se
cambió de colegio e hizo toda su secundaria en el Nicolás
Avellaneda, donde no tuvo ningún problema. "Las veces que me
enamoré fue de hombres, pero si conociera a una mujer no veo
ningún límite para esa relación." Sería tan natural como tomar un
vaso de agua. "Tampoco sentí ningún límite con respecto a mis
amigas, digo, que porque mi mamá sea lesbiana no pudiéramos tener
la intimidad común entre mujeres, eso de pasearse desnuda o
vestirse en el mismo cuarto. Una sola vez una desubicada me
preguntó cómo ellas hacían el amor. Obviamente la mandé a cagar.
No me iba a imaginar a mi mamá cogiendo, nadie lo hace, y tampoco
me iba a imaginar a mis mamás cogiendo." ¿Así las considera? ¿Son
sus mamás? "Y sí, Pato me cuida cuando estoy enferma, igual que mi
mamá, paga mis alimentos, me presta el auto. De hecho, es mi
mamá."
"¿Puede mi hijo ser gay y católico? Esta cuestión me abrumó luego
que superé la conmoción y la vergüenza de saber que mi hijo era
gay. En tanto María Elena, mi esposa, remontaba la culpa, la duda
y el dolor de tantas vicisitudes familiares, yo inicié un camino
de búsqueda a través del campo minado de la teología." Casey
Lopata es el ferviente católico que inicia así un texto que
circula en diversos grupos de autoayuda para padres, madres y
demás afectados por el coming out -la salida a la luz de la
orientación sexual- de sus allegados. En Estados Unidos sobre
todo, donde la actitud abierta es un lugar común en la mayoría de
los estados y empuja a los más conservadores a buscar los modos de
poder encerrar en el corralito de sus creencias a las ovejas
descarriadas. Y es de ese modo como algunos grupos en el gran país
del norte escucharon la declaración de la Academia de Pediatría:
"Ya que no podemos lograr que sean heterosexuales, al menos que
sean monógamos y críen hijos", dice en tono irónico Felicia Park
Roggers por teléfono. Ella es hija de un hombre gay y una mujer
lesbiana y fundadora de un grupo que reúne a jóvenes de
condiciones parecidas a la suya -los hay hijos de transexuales o
de hogares homoparentales-: Colage (Children of
Lesbian and Gays Everywhere). Aun cuando Felicia saluda la famosa
declaración, es capaz de oler cierto tufillo rancio en las
avanzadas de quienes consideran "la causa gay como el derecho al
matrimonio, la adopción y la herencia. Lo gracioso es que en mi
ciudad -San Francisco- muchos en la comunidad gay están tan
abocados a demostrar que pueden ser buenos, blancos, cristianos,
padres ejemplares que pronto van a ser los únicos dispuestos a
sostener la familia en su versión más parecida a la tradicional:
dos adultos, dos niños, un perro y un gato". Y de hecho la
conclusión de Lopata, ese padre preocupado, es una frase de un
teólogo del Vaticano, Jan Visser: "Cuando tratamos con personas
que son definidamente homosexuales (...) sólo podemos aconsejar
que procuren formar una pareja estable, y a uno mismo, la
aceptación de esa relación como lo mejor que pueden lograr en su
situación actual". Tal vez hasta allí pueda haber llegado un
teólogo, pero la Iglesia todavía es terminante en cuanto a la
conformación de familias con parejas del mismo sexo: "amenaza los
cimientos mismos de la sociedad". Desde esta latitud del planeta,
de todos modos, quejarse de los intentos moralizadores de quienes
admiten los derechos de gays y lesbianas a formar familias suena
muy tirado de los pelos. Aunque Mónica X tiene algo que decir
sobre eso:
"Por supuesto nos importa que se amplíen las libertades, a mí y a
mi pareja nos gustaría adoptar y sabemos que no es fácil. Por más
que esté autorizada para mujeres solas, si decís que sos soltera,
tenés más de 35 y el ciclo menstrual lo más probable es que
piensen que sos lesbiana y nunca te lo permitan. Por eso es Fabi
la que podría presentarse, ella está divorciada legalmente y
sufrió una operación que ya no le permite tener hijos. Ese es el
perfil necesario, aunque después viene todo el rollo de las
asistentes sociales: ¿qué van a decir cuando vean nuestra cama
matrimonial? Tenemos el caso de una compañera del grupo de
reflexión para madres lesbianas que tardó siete años en conseguir
una adopción plena. En realidad lo que me gustaría es que toda
esta sociedad patriarcal cambie, que haya un nuevo orden".
Una de las preguntas que con más insistencia se disparó durante la
semana pasada -cuando la adopción por parte de parejas del mismo
sexo fue noticia- fue cuántas posibilidades tienen los hijos de
gays y lesbianas de ser, a su vez, gays o lesbianas. La evidencia
científica -se podrían citar los estudios longitudinales, es decir
que siguieron a niños desde los 9 años hasta los 21, de la
psicóloga norteamericana Charlotte Patterson y de las británicas
Susan Golombok y Fiona Tasker, a modo de ejemplo- demuestra que la
orientación sexual de los padres no condiciona a los hijos. Dicho
sea de paso, los homosexuales que conocemos en su mayoría, lejos
de haber nacido de un repollo, son hijos e hijas de parejas
heterosexuales. "Yo nunca tuve miedo de que mi hijo fuera gay, en
realidad me daría lo mismo. No necesito repetir que no hay una
orientación sexual buena y una mala. Mi peor fantasma es que mi
hijo sea abusado, como me pasó a mí". Sandro tiene ese fantasma,
cualquier otra persona podría temer, por ejemplo, morir antes de
tiempo y que su hijo quede huérfano o que lo ataque alguna
enfermedad grave. Todo padre o madre que haya podido construirse
como tal desea salvar a sus hijos del dolor, aunque esto sea
imposible. La función materna y paterna no tiene que ver con el
sexo sino con el rol, es algo que se ha escuchado también esta
semana en boca de múltiples psicoanalistas y psicólogos, como por
ejemplo Juan Carlos Volnovich. Sandro tiene 37 años, un hijo de 11
y una pareja, Luis, con la que convive hace siete. "En realidad
creo que un poco por presiones sociales o por fantasías propias
una vez cedí a esa otra fantasía femenina que es querer reformar
al gay. Convivimos 9 meses y justo en el último mes ella quedó
embarazada. Acompañé el embarazo y el parto y mi hijo es
maravilloso. Es muy copado el guacho, es especial y mis amigos lo
adoran. Siempre nos juntamos a jugar al fútbol y el otro día vino
mi hijo y en el medio del partido me dice: 'Pasame la pelota,
Jesica', imaginate, todos murieron de risa." Nunca ocultó "su
situación" al niño, pero recién hace cuatro años la verbalizó. "Yo
tengo un local de comidas y ahí tenía un adorno sobre una mesada,
estaba mi hijo, mi mamá y yo laburando y de pronto él pregunta:
'¿Eso te lo regaló tu novio?' Sí, dije yo, ¿te molesta? 'No, para
nada'. Y a partir de ahí nuestra relación fue... más homogénea. No
tenemos ningún problema, voy a los actos de la escuela con mi
pareja, él se queda a dormir en casa. Los chicos tienen la mente
mucho más amplia que los adultos y viven las situaciones con la
naturalidad que aprenden de los adultos."
Como en un juego de muñecas rusas parece que ese placard del que
están obligados a salir quienes hicieron una elección sexual
distinta a la heterosexual siempre hay una puerta más, y otra, y
otra. Hay que decírselo a los padres, si se tomó esa decisión,
después a los amigos, en el trabajo, en la obra social, etc., etc.
Celia conoció a Cecilia en un grupo de madres lesbianas. La
primera iba allí porque había tomado la decisión de tener un hijo
por inseminación artificial, la segunda porque sus tres hijas -que
tuvo de un matrimonio entre los 20 y los 24- ya eran mayores y no
sabía cómo congeniar su maternidad con su elección sexual. "Lo
primero que me dijo -dice Celia- es que estaba loca, que para qué
tener hijos que después crecen y te cuestionan." Pero, como ellas
eligen decirlo, "no se puede ir contra las elecciones de amor". Y
así fue como se rindieron, se enamoraron y decidieron tener un
hijo juntas. Lo hicieron por inseminación artificial porque no
querían tener el referente de un padre conocido, querían que fuera
de las dos. "Dani va a vencer absolutamente todo, le voy a dar mi
apellido y la vamos a cuidar de la discriminación. No somos
tontas, sabemos que va a tener que ir a la escuela y que las
preguntas van a ser difíciles pero el amor es tan inmenso que
vamos a salir adelante", dice Celia. En un principio
era ella la que quería quedar embarazada con la donación de un
óvulo de Cecilia, pero hubo algunos intentos y no pudo ser. Así
que fue Cecilia quien la gestó y son las dos las que ejercen el
rol de madres con tareas bien distribuidas. "Inconscientemente
establecimos roles de acción, si llora de noche Ceci no se
levanta, pero es la que le da de comer. La teta se la dimos las
dos, Ceci alimentaba y yo calmaba porque no tenía leche, pero la
succión la hacía dormir. Se baña con Cecilia, yo la visto." Por
ahora no saben cómo serán los nombres que la nena elija para
llamarlas, hasta ahora las dos son mamá. Pero tampoco Dani sabe
pronunciar otra palabra. "Somos normales, somos una pareja normal,
sólo que tuve que hacer un testamento a favor de mi hija y vamos a
tener que pelear para que mi obra social la reconozca, pero la
razón, estamos seguras, está de nuestro lado." Y lo mejor es que
¡¡¡la ciencia les da la razón!!!.
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