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Madrid, 4 de diciembre de 2001
por ROSA MONTERO
Mujeres
Parece mentira que, en pleno siglo XXI, tengamos que seguir
escribiendo columnas sobre las mujeres, o sea, sobre la maldita
discriminación y sobre el sexismo, esa ideología aberrante y
caníbal en la que se nos educa a todos. Como en Occidente hemos
mejorado mucho en poco tiempo, algunos y algunas, muy modernos
ellos, sostienen que hablar de machismo está anticuado. Pero lo
cierto es que la bruta realidad se empeña en desmentirles todos
los días. Ahí están las afganas, por ejemplo, emergiendo del
horror talibán pero aún relegadas en las
negociaciones políticas. Quienes deciden siguen siendo los
barbudos (o, una ínfima mejora, los bigotudos); ellas sólo han
podido acudir como asesoras. Y, para peor, semejante exclusión
apenas si parece molestar a nadie.
Hay situaciones más críticas, como la pesadilla que está viviendo
la nigeriana Safiya Tudu, de 33 años y embarazada, que ha sido
condenada por la sharía, o ley islámica, a ser enterrada hasta el
cuello y luego lapidada hasta la muerte por haber mantenido
relaciones sexuales siendo soltera. Un tribunal de apelación ha
congelado la sentencia por el momento, pero todavía puede ser
ejecutada. Como muchos otros países, Nigeria se está convirtiendo
en un infierno integrista especializado en torturar mujeres; el
año pasado, otro tribunal islámico de la zona sentenció a la
adolescente Bariya a recibir 180 latigazos por haber mantenido
relaciones sexuales, un bárbaro castigo que se aplicó en enero.
Pero acerquémonos más. Por ejemplo a esa jueza portuguesa de
Famaliçao que acaba de condenar con una mera amonestación a cinco
menores que violaron a una compañera de colegio, una chica de sólo
quince años. Como el machismo también puede achicharrar el cerebro
de las mujeres, la jueza, además, obligó a la niña a pasar por el
tormento de enfrentarse cinco veces distintas con sus agresores,
en vez de concentrar los procesos en una sola vista. Y vengamos
aún más cerca: recordemos que en España hay miles de mujeres
apaleadas por sus parejas y decenas que son asesinadas cada año.
Una inmensa tragedia, por más que la indescriptible Carmina
Ordóñez y el cínico Sardá intenten convertir ese oscuro dolor en
un circo mediático.
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