Ingravidez progresista
por
Rafael Sanseviero
“Entre la pena y la nada, la pena”. El poeta hablaba de
desamores, pero bien podría estar definiendo el lugar que tiene
la libertad sexual y reproductiva de las mujeres en el derecho
positivo uruguayo. Así quedó ratificado después de la discusión
sobre la despenalización del aborto en el Senado de la
República.
“Insoportable levedad” del liberalismo uruguayo que ni una
mayoría de izquierda hace más denso.
Pena, penar, penalizar. Castigar. Aparentemente sin
mortificación institucionalizada no hay orden social posible. El
15 de octubre un manifestante contra la legalización del aborto
dijo textualmente: “…si se despenaliza el aborto se pierde el
sentido reproductivo de la sexualidad y solo queda el placer [lo
cuál es] intolerable”. El 17 de octubre el Senado acató: empate
de votos a favor y en contra, y la penalización sigue vigente.
La pena sigue de acuerdo a una siempre recreada modalidad de ‘no
ha lugar’ al cambio. En 1985 dos Diputados del Partido Colorado
propusieron despenalizar el aborto pero ni siquiera fueron oídos
en la Cámara. En 1994 la Comisión Especial de Bioética aprobó
por unanimidad (¿o por una distracción?), una despenalización
que tampoco ingresó al Pleno de la Cámara de Diputados. En 2002
esa Cámara aprobó por mayoría otra despenalización, que sucumbió
dos años después bajo la amenaza del veto presidencial, en las
vísperas de la “era progresista”. Era un “año electoral” y
mediaba un antiguo compromiso, también electoral…
Ahora, en 2007 ¿será posible situar esta nueva negativa del
sistema político a revisar la legislación punitiva dentro de un
marco de referencia progresista? Tal vez elogiando el aliento de
las senadoras y senadores que sostuvieron el proyecto de ley
contra la presión del Presidente (de la ¿República?). Se
celebraría entonces la consagración de un republicanismo de baja
intensidad donde los actos de independencia entre agentes de
diferentes poderes (cuando acontecen) deben destacarse.
¿Debería agradecerse el “sacrificio de su personalidad” a
oficialistas y opositores que fundaron su (no) voto en la
economía política de no confrontar la “convicción” presidencial
sobre el tema? Se trataría de una “estimulante” pedagogía desde
las elites para la construcción de ciudadanías críticas…
Pese a la resolución adoptada por el Senado, el ejercicio del
“poder del estado para castigar” reclama una “justificación”
basada en razones de “moralidad pública”. Desde esta perspectiva
nadie puede justificar el mantenimiento de las normas destinadas
a “infligir pena” en la mujer que aborta, porque la moral
pública ya ha despenalizado el aborto de hecho. La evidencia
empírica, el sentido común y las prácticas institucionales
pertinentes lo demuestran, y desde junio de este año, hay una
declaración personal y pública de casi 9000 ciudadanas y
ciudadanos que lo certifican.
Aunque el sistema político reafirmó su voluntad de penalizar a
la mujer que aborta, esa legislación carece de legitimidad
social; seguirá siendo una norma legal leve, ingrávida, aunque
no por ello menos ofensiva de los derechos de las personas. Por
el contrario, los ofende más aún, porque expresa una
racionalidad política voluntariamente ciega a los datos de la
convivencia social real.
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