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Argentina
Curar la herida
Aun cuando la violación deja marcas que permanecen como cicatrices
simbólicas en las personas que sobreviven, existen medidas a tomar
que
permiten prevenir tanto el embarazo como las enfermedades de
transmisión
sexual. Son las que se ponen en práctica en el Hospital Alvarez, en
el
servicio que dirige Diana Galimberti y que tomó la diputada María
Elena
Barbagelata para plasmarlas en un proyecto de ley que aún no tuvo el
consenso necesario para ser tratado.
por Soledad Vallejos
Qué pasa el día después? En Bahía Blanca, cuando una niña de 14 años
es
víctima de (al menos) una violación a manos de una persona de su
círculo
familiar y queda embarazada, un juez correccional borra de un
plumazo el
gesto violento que legó en ese vientre una vida no deseada y
denomina a la
chica violada como "madre en conflicto". El juez José Luis Ares,
además, le
niega la posibilidad del aborto terapéutico que aconsejó el Comité
de
Bioética del Hospital Penna de Bahía Blanca, comprendiendo el riesgo
psíquico y físico que implica para alguien de 14 años cargar con un
embarazo
no deseado y el consecuente hijo concebido en un acto violento. El
juez Ares
sentenció: es cierta la afectación que sufre la menor, y sí, se
vislumbra "la posibilidad de un riesgo", pero "el aborto no es el único medio
para solucionar" el caso. Sugirió, en cambio, que un juzgado de menores
se
hiciera cargo "del control y la asistencia psicológica y
psiquiátrica de la menor". El Dr. Alberto Taranto, director del hospital que se negó a
practicar el aborto terapéutico sugerido por su propio Comité de
Bioética,
hizo gala de una sensibilidad y un conocimiento de causa envidiables
cuando
evaluó la situación: "Acá decidimos por el mal menor, el daño a la
chica ya
está hecho". Y por eso, porque el poder médico tiene el poder de
decisión
sobre cómo ha de continuar una vida ya dañada, el señor director
explicó: "El hecho de que tenga o no al bebé no le va a reparar demasiado el
daño".
Mientras tanto, porque la vergüenza y el temor a la sanción social
le
impidieron pedir contención psicológica y auxilio médico a tiempo,
Romina
Tejerina ve pasar los días desde la cárcel jujeña en que la
encerraron por
haber matado a su bebé, concebida en una violación sin violador
sancionado
judicialmente, porque la veía y recordaba la cara del violador. Muy
probablemente, Romina podría explicarle al señor director del
hospital qué
tanto daño se hubiera reparado, qué tanto se hubiera ahorrado ella
si
hubiera tenido la posibilidad de contar con un Estado que la
defendiera
frente a una voluntad que se imponía de manera violenta en su vida y
su
cuerpo.
Para la adolescente de Bahía Blanca, el día después es un mundo que
la verá
convertida en madre y la habrá alejado de la posibilidad de seguir
llevando
adelante su vida como la conocía: en una casa sin su padrastro, el
violador
que se dio a la fuga (y a quien, al parecer, la policía no busca), y
con
hermanitos menores que la acusan por esa ausencia. Para Romina
Tejerina, al
cierre de esta edición, los días después van dibujando un paisaje de
incertidumbres e incomprensiones, en el que el violador fue apresado
nueve
meses después de ella (y liberado a los 30 días), y ella continúa
presa y
sin atención psiquiátrica.
Cuando el Estado argentino tiene que brindar una respuesta a una
mujer
víctima de violencia sexual, la mayoría de sus funcionarios parecen
obedecer
más a las razones de una conciencia formada en el derecho de
pernada, la
inversión de la carga de la prueba y el privilegio del niño por
nacer que a
los derechos de las mujeres supuestamente amparados por la
Constitución. Es
el empeño de esos funcionarios comprometidos con una moral sexista lo
que
termina por convertir el camino de la denuncia judicial y la
recuperación
psicológica y física en una ruta llena de piedras que acusan,
ignoran y
sospechan de la víctima, de frases que se permiten dudar sobre la
veracidad
de sus palabras y el origen de los cambios de su cuerpo. Pero esas
son,
apenas, las reacciones ante los casos más sonados, los que llegan a
la
agenda pública disfrazados de relatos que hablan de "dramas" y
suspicacias
que ponen en duda la posibilidad de que se haya tratado de
relaciones
sexuales no consentidas ("habría sido violada"). Qué será de los más
de ocho
mil casos que llegan a denunciarse anualmente en Argentina es algo
que
permanece en las sombras (en el año 2000, por lo pronto, apenas la
octava
parte obtuvo una condena judicial). Y es que, aun cuando se estima
que en
realidad llega a 30 mil el número de mujeres que son víctimas de
violencia
sexual en Argentina cada año, no hay en el país una política
unificada que
contemple su contención y acompañamiento. Por el contrario, el único
intento
de legislar en favor de un programa que contemple la recuperación y
el
tratamiento de las víctimas no sale, desde hace seis meses, de un
cajón de
la Cámara de Diputados de la Nación en el que parece haber sido
prolijamente
archivado.
Todo lo que tiene que ver con la esfera de la sexualidad tiene una
connotación diferente, que hace muy difícil visualizarlo. En casos
como el
de la niña de Bahía Blanca, nosotros podríamos decir: "A una mujer
violada
se le podría salvar la vida". Salvarle la vida a ella, porque es un
problema
de por vida el que haya quedado embarazada.
Diana Galimberti habla con el conocimiento de causa que le dan años
de ser
una profesional inmersa en el terreno de la salud pública.
Ginecóloga,
subdirectora del Hospital de Agudos Teodoro Alvarez, en Argentina es
una de
las médicas que más ha hecho por difundir los derechos reproductivos
y
lograr una atención que contemple las necesidades de las pacientes.
Es
precisamente desde esa perspectiva que terminó por convertirse en
una de las
responsables de haber establecido en el hospital un Centro de
Atención a las
Víctimas de Violación que permitió, articulación con la experiencia
y un
equipo del Hospital Muñiz mediante, generar un protocolo de acción
que
actualmente se aplica en todos los hospitales de la ciudad de Buenos
Aires.
En un caso de violación, si la mujer queda embarazada es un dilema,
porque
el aborto acá no es legal para esos casos, ¿y qué derecho tiene la
mujer de
hacer el aborto? ¿Y qué pasa con ese hijo que ella no buscó pero que
está
creciendo? No es fácil. Entonces, si estamos en contra del aborto,
con más
razón tenemos que pelear para tener una anticoncepción segura.
Es precisamente por esa necesidad fundamental de auxiliar a las
víctimas,
para que la violencia del delito no se prolongue en el tiempo hasta
abarcar
completamente sus vidas, que la anticoncepción de emergencia (la
píldora del
día después, o una combinación de anticonceptivos que produce el
mismo
efecto) es uno de los pilares de un programa para atención de
mujeres
violadas que, desde sus inicios en noviembre del año pasado,
coordina tres
aspectos fundamentales (la contención psicológica, la anticoncepción
de
emergencia y el tratamiento médico para prevenir enfermedades de
transmisión
sexual). Se trata, en definitiva, de evitar la revictimización y,
además,
brindar a las mujeres violadas la posibilidad de acompañamiento en
el
proceso de reconstrucción personal que sigue a la violación.
Las mujeres siempre ingresan por guardia general, y eso lo hemos
hecho de
manera tal que, en primera instancia, ven a la psicóloga y a la
psiquiatra
de la guardia, que hacen la contención inicial. El tocoginecólogo de
guardia
es el encargado de darle la medicación: anticoncepción de
emergencia,
medicación antibiótica y antirretroviral. Le pide todos los
análisis, se le
hacen las extracciones de sangre, se lepide el consentimiento
informado para
el examen de HIV y se le indica el tratamiento. Porque es
fundamental que,
para el antirretroviral y la anticoncepción que sean administrados
en un
plazo máximo de 72 horas después de la violación para que sean
efectivos.
Después, si la mujer necesita tratamiento psicológico, si se quiere
quedar,
sigue con una psicóloga que tenemos en el servicio o la toma el
servicio de
salud mental. Y se ha incorporado últimamente un grupo que atiende
casos de
stress postraumático, que es una alternativa para las mujeres que no
quieren
hacer terapia. Para el tema de infecciones, el seguimiento se hace
entre 3 y
6 meses.
Poco más de 70 fueron las mujeres que, desde noviembre del año
pasado hasta
esta parte, pasaron por el servicio del Hospital Alvarez. Ninguna de
ellas
se negó a recibir la medicación y la anticoncepción que se brinda
como parte
del protocolo, y una abrumadora mayoría (64) optó por continuar
asistiendo
para realizar un tratamiento psicológico. La licenciada en
psicología Susana
Larcamon no había reparado en la soledad y la incertidumbre
institucional
que se abre ante una mujer violada hasta que una persona cercana
pasó por
eso. Vio que no era la víctima la única perdida en medio del
desconcierto de
no saber "qué hacer, a dónde ir, con quién hablar". La sensación,
dice, "fue
de vacío". Fue eso lo que la llevó a empeñarse en "inventar un
recorrido que
sea razonable y libere de la angustia", y delinear un proyecto para
hacer un
modelo de atención que, hasta hace un mes, gozó de una beca de la
Comisión
Nacional de Programas de Investigación Sanitaria y que por poco más
formará
parte del procedimiento seguido en el Centro de Atención a las
Víctimas del
Hospital Alvarez.
Lo que caracteriza a la violación es la pérdida de la persona como
sujeto:
se transforma en objeto para otro, y no tiene palabra, voz ni nada.
Por eso
es necesario ponerle palabras a esa cosa que te deja tan vacía. Eso
es
importante. Cuando vienen, les digo que van a ir adonde ellas
quieran, que
no están obligadas a decir nada, que si quieren lo nuestro va a ser
un
acompañamiento silencioso, pero que vamos a hacer todo lo que hay
que hacer.
A veces las pacientes terminan sintiendo lo que no siente el
violador,
tienen culpa, tienen angustia. Yo creo que el Estado tendría que
tener
respuestas.
En muchos casos las pacientes piden asistencia psicológica.
Sí, en muchos. Ahora están pasando dos cosas. Por un lado, la gente
está
llegando más a tiempo para pedir medicaciones, porque tienen
solamente 72
horas para ser efectivas. En ese sentido, es bueno porque se está
conociendo
más el servicio, y muchas veces llegan el mismo día. Con la
denuncia, antes
notaba que, en general, la mayoría no quería denunciar casos de
violencia
sexual intrafamiliar. Pero nosotros tratamos de formarnos en cuanto
a la
ley, saber los límites, los plazos, saber que no necesariamente hay
que
hacer la denuncia en la comisaría sino que también se puede ir a la
fiscalía, que es un derecho que las asiste y que tienen tiempo para
ejecutarlo. Entonces, eso hace que alguien que en un primer momento
no
quiere hacer la denuncia, a los 2, 3, 4 meses lo piense y un día
diga "tengo
ganas de hacer la denuncia". Últimamente eso está pasando bastante,
aunque
es más difícil, porque ese tipo de violencia encubre otro tipo de
relación.
¿Cómo encaran la continuación de su vida habitual después de la
violación?
Es una situación difícil, de la que no se sale del todo bien, como
si nada
ocurriera. Es una marca que queda, y queda para toda la vida. Yo lo
aclaro
siempre, porque si no, hay una expectativa falsa. Algunas dicen "yo
voy a poder", o tienen un discurso medio negador de "esto no va a poder
conmigo".
Pero, en general, lo que hablamos con las pacientes es que es una
situación
similar a una herida: en un primer momento no la puede tocar,
después
cicatriza, y la marca te queda para toda la vida, pero una se
relaciona con
eso de otra manera, no te duele tanto, no te jode tanto. Es una
situación de
duelo, de pérdida de algo que se manifiesta en el cuerpo, pero lo
que queda
es más una violación simbólica que una herida en el cuerpo.
Entre el 40 y el 60 por ciento de los casos de violencia sexual
tiene como
víctimas a mujeres menores de 16 años. Se trata, y no de manera
casual, de
una franja etaria a la que el imaginario social se niega a
relacionar con la
sexualidad: en nombre de sus voluntades y la supuesta pureza
asexuada que se
deseaba preservar, por ejemplo, se obstaculizó la sanción de la Ley
de Salud
Reproductiva, y todavía hoy en más de una provincia se mezquinan los
anticonceptivos provistos legalmente. Si la violencia sexual, por
definición, delimita una relación de poder fundada, lógicamente, en
una
asimetría que habilita una sumisión psicológica y física, en el caso
de las
niñas y adolescentes la situación empeora. Delito de instancia
privada, sólo
puede ser denunciado por la víctima misma si es mayor de edad, o por
un
adulto responsable o profesionales de la salud cuando son menores.
Por otro
lado, en un país que divide a sus adolescentes en dos bandos
irreconciliables simbólica y corporalmente (los menores, del lado
del
peligro social y la pobreza; los adolescentes consumistas,
idiotizados ante
tanta oferta arrolladora), no resulta extraño que las propuestas
institucionales que se despliegan ante una mujer adolescente (o no)
que ha
sido violada varíe, también, en función de sus posibilidades
económicas y el
nivel de educación formal que haya alcanzado, algo que redunda en
las
posibilidades que tendrá de conocer y defender sus derechos. La ley,
está
claro, no corre pareja para todas, y es básicamente su difusión y la
concientización más o menos extendida sobre problemáticas de género
lo que
podría asegurar su cumplimiento.
En materia legislativa, los golpes de efecto suelen estar a la orden
del día
y se cuidan poco de atender a las víctimas. Siguiendo el
razonamiento según
el cual las violaciones obedecen a instintos masculinos
irreprimibles,
atribuibles de manera exclusiva a una suerte de "pasión" y
animalidad, el
enfoque privilegia el castigo ejemplar de tal manera que solamente
se
refuerza el sesgo sexista. De esa manera, en un curioso giro que
sancionando
al victimario lo desliga de responsabilidad (no pudo controlarlo, no
es su
culpa tener instinto), se invisibiliza la relación de poder y la
dominación
que subyacen a la violencia de género. Fue el caso, por ejemplo, de
un
proyecto increíble presentado durante el 2003 por Elsa Lofrano,
diputada del
PJ: una iniciativa altamente constructiva que proponía "además de la
pena
privativa de libertad que corresponda, la castración quirúrgica o
química".
Afortunadamente, hay excepciones notables. En junio de este año, la
diputada
socialista María Elena Barbagelata presentó dos proyectos de ley
relacionados con las víctimas de delitos contra la integridad
sexual: la
creación de una "fiscalía especializada en materia de delitos contra
la
integridad sexual" y la implementación de un "programa nacional de
prevención y asistencia a las víctimas de delitos sexuales". Se
trata de una
adaptación del protocolo del Hospital Alvarez adoptado inicialmente
por la
ciudad de Buenos Aires, pero propuesto para tener alcance nacional.
Tiene
el mismo modelo de utilización, el mismo protocolo, todo. Eso
acreditaría
que para todo el país hubiera asignada una disponibilidad de
recursos para
disponer de antibióticos, anticonceptivos de emergencia y
antirretrovirales.
Fue pensado para que hubiera una normativa general en el país, y
para que
visualice mucho más la problemática explica Diana Galimberti.
Sin embargo, destejer la muralla que torna invisible la violencia de
género
y busca restaurar nociones tradicionales y altamente conservadoras
no
resulta fácil. Por empezar, aun cuando en la Cámara de Diputados hay
45
comisiones permanentes y la Argentina suscribió convenios contra la
discriminación de la mujer otorgándoles rango constitucional,
ninguna de
ellas se dedica pura y exclusivamente a diseñar políticas de género.
Porel
contrario, el proyecto de Barbagelata forma parte del temario de la
Comisión
de Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia, presidida por la diputada
Silvia
Martínez y a la que compete "dictaminar sobre todo asunto o proyecto
relativo a la organización, desenvolvimiento, consolidación y
desarrollo de
la familia en la comunidad (...) y lo referente al Estado, condición
e
integración de las mujeres en el conjunto de la sociedad", no sea
cosa de
que las mujeres se desmarquen de la familia tradicional. Aún más:
ese
proyecto, aun cuando fue incluido en el temario hace exactamente
seis meses,
no ha sido todavía tratado dentro de la comisión, lo que significa,
claro,
que mucho menos está en condiciones de pasar a la Cámara. ¿Por qué?
Creo que el hecho de que incluya la anticoncepción de emergencia
influye en
que no se discuta arriesga Barbagelata . El proyecto de la fiscalía
también
está demorado, pero vamos a empezar a juntar firmas en todo el país,
porque
queremos que sea a nivel nacional, no sólo en la ciudad. En
principio, había
una fiscalía especializada en San Martín y otra en Mar del Plata,
pero la de
Mar del Plata fue cerrada.
Galimberti, por su parte, arriesga una interpretación similar: el
tratamiento del proyecto viene demorándose porque incluye
anticoncepción de
emergencia.
Yo tengo muy claro que las ideologías personales son muy
respetables, pero
en salud pública no podés habiendo los recursos no darlos, porque es
un
delito. Y eso hay que decirlo: la anticoncepción de emergencia es un
recurso
muy importante porque puede salvar vidas: las vidas de las madres.
No darle
esa posibilidad a una persona que llega es un delito. Nosotros somos
profesionales y nuestra responsabilidad es curar y dar la mejor
calidad de
atención posible. Entonces, la objeción de conciencia está para
todos, pero
es personal, no puede ser institucional. Creo que crecer significa
darnos
cuenta de que una cosa es el respeto por nuestra individualidad, y
otra un
tema de salud pública. La institución no puede tener objeción de
conciencia.
Y si una institución la tiene, o actúa de esa manera por omisión,
por
maltrato o lo que sea, tiene que hacerse responsable, y algún tipo
de
sanción tiene que tener. Romina Tejerina continúa presa y sin atención médica
La niña de
Bahía
Blanca, sigue adelante con el embarazo. Es lógico: resulta difícil
pensar
estos temas en un país cuya televisión presenta sketchs que
convierten a la
violencia sexual en chistes de muchachos.
Opina
Martha Rosenberg(*) No hacer un aborto legal con dictamen favorable expreso de la
Comisión de
Bioética y de la Defensoría General raya en el abandono de persona,
en
este caso, una persona violada y privada al mismo tiempo de
asistencia
médica y
de justicia.
Esto es delito aunque se cometa en nombre de la piedad
cristiana. El médico que omite un tratamiento para la nena abusada -
que
está en peligro no sólo porque está embarazada a su edad, sino
principalmente porque ha sido inseminada violatoriamente por quien
debería
cuidarla y amarla- la desconoce como sujeto de derechos. El peligro
que la
acecha es el de comprobar que el daño que le fue hecho por su
padrastro
violador es irreparable, y que nadie -de esas personas mayores de
las que
espera protección- tiene, no ya posibilidad, sino ni siquiera la
intención de repararlo. Es por eso que ella se hace cargo del voto
de muerte
hacia
ella, cuando dice que si la obligan a tener ese hijo, se va a matar.
No
tiene dudas de que "eso" no es su vida, sino su muerte.
El médico y el juez, violan la ley al juzgar y decidir en contra de
una
demanda legal y legítima de la representante legal de la nena. Como
en
tantas otras cuestiones, aquí hay un alto grado de impunidad.
Disponen de
la vida de la niña por fuera de la ley. Si el Dr. Taranto dijo que
"no
quería
asumir esa responsabilidad sin autorización previa de un juez",
debería
ser relevado de su función, porque con su actitud hiatrogénica y
reticente,
aumenta gravemente el riesgo de la interrupción del embarazo a la
que la
niña tiene derecho. No cuida donde debe cuidar. Se cuida, en lugar
de
cuidar a esta niña agraviada e inseminada por otro que, igual que
él, violó
su
integridad y se apropió de su vida. En el momento en que posterga la
decisión terapéutica acorde a la ley, e inicia un recurso jurídico
innecesario y lento, la está privando de su derecho a la vida y a la
salud, con el agravante de que, como director de un hospital
público, es
responsable de asistirla. Además de convalidar que el cuerpo, los
deseos y
la vida de la niña son una cosa, usada para la satisfacción de sus
propios
deseos, conveniencias y creencias religiosas. Respetables a
condición de
que no sustituyan a la ley común: la que rige para todos, sin
distinción de
ideología. Criminales cuando se desviven por el embrión y -como si
fuera
lo más natural- lo elevan por encima de una nena pobre violada.
(*)
Martha Rosenberg es psicoanalista, integrante del
Foro por los Derechos Reproductivos / CoNDeRS
Buenos Aires -
Argentina
e-mail:
foroddrr@netizen.com.ar
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