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8 de marzo
¡Es una nena!
Por Luciana Peker
No fue lo mismo nacer en 1922 que en el 2002. Antes, los padres
querían hijos que llevaran los pantalones e hijas que se casaran.
En el medio, surgió el trabajo femenino, el voto y los
anticonceptivos. Ser mujer de este siglo no es lo mismo que a
principios del XX. Este artículo cuenta cómo ha sido la vida de
las argentinas. Una crónica para sorprenderse.
En un reality show parece una proeza estar 7, 14, 30 o 60 días en
“la casa”. Hace 80 años “la casa” era el único lugar posible para
una mujer. Ellas no salían en la televisión, mucho menos hacían
pública su intimidad, y no expresaban en voz alta sus deseos. Hoy,
en cambio, la vida permanente en el hogar sólo parece posible en
un experimento televisivo de esta clase.
Pero hace 80 años, cuando Para Ti nacía, nuestras abuelas nacían
adentro de sus casas y despedían a sus muertos adentro de sus
casas. La vida era adentro. Tanto, que el adentro era una frontera
infranqueable por los encorsetados almidones de las reglas
sociales. La vereda, el almacén o juntarse a tomar el té con las
amigas eran las contadas baldosas hasta donde llegaba su libertad.
Claro que las había más liberales y mundanas, pero eran miradas
con recelo y contadas con los dedos de una mano. Nacer en cada
década del siglo XX fue nacer en un mundo distinto. Acá te
contamos en cada vida, esas vidas.
Un camino
La partera no cantó “machito”. Y nacer nena no era lo mismo. Los
padres querían un varón para llevar los pantalones, el apellido y
la economía de la familia. Por eso, un sexo era sinónimo de futuro
y el otro no. Las mujeres tenían un promedio de tres o cuatro
hijos en Buenos Aires. Pero si llegaban a permanecer casadas por
veinticinco años llegaban a tener más de siete hijos aunque, como
la mortalidad infantil era muy elevada, la familia media tenía
cinco hijos vivos.
Eso sí, el aborto ya existía y estaba bastante generalizado. Lo
practicaban las mismas parteras de barrio. Pero todavía ni se
conocía la palabra adopción. Si una nena no podía ser cuidada por
sus padres iba a parar a una familia, pero no como hija adoptiva,
sino como petite empleada doméstica o a una cárcel de mujeres por
delito de abandono. Si Agustina Carra (generación 2002) naciera en
su casa sería una excentricidad. Para Carolina López de Gomara,
que nació poco antes de 1920, esa era la única posibilidad aun!
siendo hija de un cirujano general.
Como casi todo en la vida de las mujeres, había una sola
posibilidad. Nacían para casarse o para vestir santos y custodiar
sobrinas. Y además no había mucho tiempo. La expectativa de vida
de una mujer era de 51 años. Una mujer de 50 años, hoy, en cambio,
está en la mitad de la vida. La vida no sólo cambió. También
creció.
Muchos caminos
Recién a partir de 1926 –por la ley 11.357– las mujeres solteras,
viudas o divorciadas fueron consideradas legalmente iguales a los
varones. Pero las casadas eran “incapaces” y tenían prohibido
disponer de su dinero. Estudiar era una excentricidad. Cuatro de
cada diez mujeres no sabían leer ni escribir.
En ese momento, el trabajo femenino creció, pero no por
convicciones de libertad. El auge de la industria textil argentina
requirió de mano de obra femenina. Entonces, el empleo femenino
pasó a ser una necesidad. No una virtud. Trabajaban sólo las
mujeres que “necesitaban” trabajar, pero eso no era bien visto.
Carolina López de Gomara cuenta que cuando tuvo que trabajar de
maestra porque lo necesitaba en la década del 30, una amiga le
aconsejó: “Y bueno, trabajá nomás, pero no digas nada”. Por
ejemplo, a las telefonistas las echaban ni bien se casaban porque
era inconcebible que pudieran, a la vez, atender el teléfono y a
sus maridos.
Para frenar esos abusos, a fines de la década del treinta, cuando
nació Alicia González, se sancionó la ley 12.383 que prohibía el
despido por contraer matrimonio. También, en 1936, se prohibió la
prostitución que hasta ese momento era legal. Por esos años, la
espada y la pared entre trabajo y maternidad empezó a limarse.
Mujeres que trabajan fue una innovadora película de Niní Marshall
en la que se mostraba que, aun las que trabajaban, podían
encontrar marido.
En 1940, el analfabetismo había descendido. El 15,2 por ciento de
las mujeres y el 12,1 por ciento de los hombres seguían sin saber
escribir su nombre. Cuando le pusieron el suyo a María Cristina
García ya no había una sola forma de ser madre. En los años
cuarenta se legalizó la adopción en la Argentina. A partir de ese
momento, la ley aceptó que ser mamá era mucho más que portar un
embarazo. Además se empezó a entender que ser mamá podía ser
compatible con ser trabajadora. En las fábricas comenzaron a
instalarse guarderías para los hijos de las obreras.
En la década del cincuenta, cuando nació Graciela Flaco “ser”
mujer era cambiar los soquetes por las medias de nylon, aventurar
el pie en unos tacos, cumplir los 15 y pintarse los labios. Ser
mujer era parecer mujer. Por otra parte, además del “deber” de
casarse empezó a abrirse la ventana del “ser”. Se empezó a poder
ser. Las mujeres ocupaban casi un cuarto de la matrícula
universitaria en Buenos Aires. Aunque no todas llegaban a ser
profesionales. Se graduaba una mujer por cada 4 varones. Sin
embargo, los roles eran muy marcados. Y los lugares prohibidos
también. Sólo un 2 por ciento de los estudiantes de ingeniería
eran mujeres. En una década todo cambió mucho.
En 1960, las estudiantes de ingeniería ya eran el 20 por ciento.
Se empezó a construir otro modelo de mujer. Daniela Fajardo nació
en la década del sesenta, una época donde comenzaron las
preguntas: “¿Debe ayudar el hombre a su mujer en las tareas de la
casa?”, interrogaba la revista Mamina.
En el mundo, las mujeres tiraban los corpiños como símbolo de
libertad y la palabra placer irrumpió en la curiosidad femenina.
Paulina Maldonado nació en la década del setenta, marcada por la
difusión de los anticonceptivos orales. El embarazo era una opción
que ya no estaba necesariamente ligada al sexo.
Pero en la Argentina la libertad sexual era apenas una anécdota.
Fue la década del horror. El golpe militar de 1976 hizo
desaparecer a 30.000 personas, el 30 por ciento mujeres y el 10
por ciento, embarazadas. Pero además, en el régimen del terror, ni
siquiera la violencia atroz de las torturas fue igualitaria. Las
secuestradas, además, sufrieron abusos sexuales. Y hubo un plan
sistemático para secuestrar a los bebes nacidos en cautiverio.
Todavía las Abuelas de Plaza de Mayo buscan alrededor de 430 hijos
de sus hijos. Tanto las Abuelas como las Madres de Plaza de Mayo
fueron las primeras –y prácticamente las únicas– que se animaron a
enfrentar a la dictadura. En el medio de la opresión, por primera
vez, las mujeres no sólo pudieron trabajar, sino también mantener
solas una casa. Ya había un 23,2 por ciento de jefas de hogar.
María Victoria Rueda nació en 1983, con el regreso de la
democracia y la flexibilidad de las buenas costumbres. La
tendencia de tener hijos sin decir “Sí, quiero” ya era grande. Dos
de cada diez chicos nacían sin que la cigüeña muestre como
pasaporte la libreta de casamiento. Paralelamente, las leyes
aceptaron que las concubinas cobrasen pensión como si hubieran
estado casadas y que los hijos extramatrimoniales tuvieran los
mismos derechos que los matrimoniales.
Pero no sólo eso. También la cigüeña empezó recibir ayuda de la
ciencia. En 1984, Para Ti publicó una nota sobre la fecundación in
vitro en la Argentina. Además irrumpió el divorcio. La ley
estimuló a Cupido y el 14,8 por ciento de las mujeres porteñas que
estaban separadas volvieron a casarse.
Algo cambió, pero no todo. En 1989 apenas un 2,8 por ciento de los
funcionarios del Poder Ejecutivo eran mujeres. El lenguaje habla.
Recién en 1984 el diccionario de la Real Academia Española aceptó
la palabra “arquitecta” (femenino, singular). Y en 1985 el
Congreso aprobó la Convención que prohíbe toda discriminación
contra la Mujer. ¿Discriminación?
El Censo de 1980 demostró que apenas el uno o 2 por ciento de las
mujeres llegaban a cargos ejecutivos altos. Brunella Lospennatto
nació en la década del noventa, cuando se aprobó la Ley de Cupo
Femenino. En 1999, la cantidad de representantes femeninas en la
Legislatura porteña aumentó aproximadamente diez veces y el 35 por
ciento de las bancas fueron ocupadas por mujeres. Se nota. Esa
Legislatura aprobó la Ley de Salud Reproductiva de la Ciudad de
Buenos Aires.
En el 2000, cambió el siglo y Agustina Carra asomó en una
ecografía tridimensional de una pareja todavía sin libreta. Ya es
casi tan común que los padres estén casados como juntados. El 40
por ciento de los chicos porteños nacen de amores jurados en la
intimidad, pero sin la certificación de un juez. Mientras que
apenas el 7,9 de las mujeres divorciadas vuelve a casarse. Muchas
piensan con quien compartir, además de las sábanas, la cuenta
bancaria.
Pero la pelea por la igualdad de derechos no termina. El 7 de
noviembre del 2002 se aprobó una ley que establece que, por lo
menos, el 30 por ciento, de los representantes sindicales tienen
que ser mujeres. Sin duda, el logro más importante es la sanción
–el 31 de octubre– de la Ley de Salud Reproductiva que garantiza
el acceso gratuito a los anticonceptivos a las mujeres de bajos
recursos.
Falta mucho para la igualdad. La historia no se dejó de escribir.
Pero entre la década del 20 y la 00 empezó una nueva cuenta
regresiva. Carolina y Agustina salieron de la panza a dos mundos
completamente distintos. Ahora, cuando la partera dice “nena”,
sabe que una mujer puede elegir su destino. Y que serán sus ganas
las que le marquen el camino.
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