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"En salud reproductiva, la inequidad social es enorme"

Los costos de diseñar una familia. La Argentina fue uno de los países que más tempranamente hizo su revolución demográfica, aun sin contar con ningún método anticonceptivo moderno. Pero esa decisión masiva no implica que los derechos reproductivos estén asegurados para todos por igual, porque el Estado no dicta políticas adecuadas. Así lo cree la socióloga Silvina Ramos, egresada de la Universidad del Salvador y doctora por la UBA.
Ramos, investigadora del CEDES, acaba de publicar (junto con M. Gogna, M. Petracci, M. Romero y D. Szulik) la primera consulta general en hospitales públicos a obstetras y ginecólogos, titulada "Los médicos frente a la anticoncepción y el aborto" (CEDES).



Por Analía Roffo. Clarín. 19 de mayo de 2002


La socióloga Susana Torrado mostró cómo la familia argentina se rediseñó, bajando el número de hijos, mucho antes de que existieran los métodos anticonceptivos más modernos. Eso haría sospechar que la Argentina es un país que está a la vanguardia en salud reproductiva. ¿Realmente es así?

— Es cierto que esa modificación fue muy temprana: entre fines del XIX y las primeras décadas del XX. Probablemente, por influencia de hábitos culturales de los inmigrantes europeos y en parte también por fenómenos propios de la modernización de una sociedad como la urbanización, mayor tasa de alfabetización en general y mayor educación de la mujer en particular. Por otra parte, los niños se morían menos que antes, con lo cual no hacía falta "reemplazar" a hijos muertos. Pero que la reducción del número de hijos haya sido una decisión mayoritaria en las familias no quiere decir que esta sociedad haya ejercido lo que contemporáneamente se definen como derechos sexuales y reproductivos. Porque ese rediseño de la familia tuvo enormes costos.

¿Por ejemplo?


— Hablo de costos sobre la salud de las mujeres, y también de costos emocionales y psíquicos. Porque, para reducir el número de hijos, hombres y mujeres recurrían a procedimientos no neutros como la abstinencia sexual, o el coitus interruptus, o el aborto, o el infanticidio, del que también hay evidencia en la transición de un siglo a otro.

Algunos de esos costos son dramáticos, pero parecen responder más a una etapa histórica cerrada.

— No, algunos de esos costos se prolongan. Hoy en día, la desigualdad e inequidad social es enorme en salud reproductiva, es decir, en lo que respecta al acceso a métodos seguros y eficaces que permitan, a las mujeres y a las parejas, regular el número de hijos que desean tener. Digo que la inequidad social es enorme porque las mujeres más pobres y las más jóvenes son las que tienen menos acceso a la anticoncepción, y por lo tanto, son las que cargan con los mayores costos, en términos de mortalidad, y de costos emocionales y psíquicos.

Cuando se habla de inequidad, uno tiende a buscar razones de tipo económico. ¿Las hay en este caso?

— Lo que hay aquí, básicamente, y sobre todo a partir de los años 70, es una política muy refractaria por parte del Estado argentino, que desatendió, injusta y brutalmente, las necesidades de salud de la población, en particular las de las mujeres. Piense en la política proscriptiva que funcionó de 1974 a 1986, que prohibía la planificación familiar, como se llamaba en esa época, impidiendo el acceso de los sectores sociales más desprotegidos a lo que, en otros países del mundo, estaba facilitado. Y no hace falta irse muy lejos: un país como Chile había instaurado como política pública de salud el acceso a la anticoncepción. La Argentina lo negó, y lo que el Estado hizo fue introducir una política restrictiva y de omisión que depara riesgos e inequidad.

El sexólogo Alex Confort ha escrito que "cuando un médico habla de anticoncepción no hay que preguntarse cuánto sabe de medicina, sino con qué ideas religiosas, morales o políticas se identifica". ¿El campo de la salud reproductiva es el único donde, como suele decirse, "las ideologías no han muerto"?

— Bueno, yo creo que las ideologías no han muerto en ninguna parte... La comunidad médica no es la única que está sujeta a las presiones y contradicciones de valores ideológicos y políticos. Quizás, en el campo de la sexualidad y la reproducción, todo esto tenga un particular peso, porque éste es un campo poco debatido, donde las opiniones de los sujetos, cuando se hacen públicas, están mucho más orientadas por lo que ellos creen que los otros van a pensar respecto de sí mismos, que por sus más íntimas convicciones.

¿Como si las cosas no fueran sino que deberían ser de tal manera?

— Exactamente. Hay que tener en cuenta que la Argentina, por ser una sociedad tan refractaria a estas cuestiones, estimula poco para que la gente se anime a opinar. Pero fíjese que, sin embargo, cuando se consulta a la comunidad médica, esa "mayoría silenciosa" está ávida de opinar y muestra que va mucho más allá de lo que se consideran las opiniones hegemónicas.

Usted, junto a sociólogas y médicas especializadas en salud reproductiva, acaba de terminar una amplia e inaugural consulta a obstetras y ginecólogos. ¿Qué creen ellos acerca de cómo se maneja la salud reproductiva en la Argentina?

— Nosotros pusimos el micrófono donde habitualmente nadie lo pone. Cuando se discute el tema en los medios, suelen hablar algunas voces representativas, pero nada más. El estudio que hicimos abarcó la red asistencial pública de la Ciudad de Buenos Aires y de seis partidos del Gran Buenos Aires. Y los resultados muestran, con bastante claridad, que las opiniones de esta comunidad están más avanzadas de lo que habitualmente está nuestro debate.

¿Qué quiere decir que están más avanzadas?

— Que tienen mayor reconocimiento de los derechos de las mujeres en materia de libertad reproductiva y de las responsabilidades que le competen al Estado para atender las necesidades de la población.

Si el profesional avanza sobre una realidad que usted llamó refractaria, ¿no está demasiado solo en el momento en que toma decisiones sobre salud reproductiva?

— Sí, yo creo que está bastante solo, precisamente por la ausencia de una política pública clara. Cuando los médicos de nuestro estudio opinan mayoritariamente que el Estado debe proveer gratuitamente de una amplia gama de anticonceptivos a toda la población usuaria de la red asistencial pública, están más allá de lo que son las normativas hoy día existentes en nuestro país, donde ni siquiera el Parlamento nacional consigue aprobar una ley de salud reproductiva que garantice el acceso a la anticoncepción de toda la población de nuestro país. Cuando los médicos y las médicas de nuestro estudio dicen que el hospital público debería hacerse cargo de realizar los abortos no punibles por la ley, están mucho más allá de lo que hoy día están dispuestas a avalar las autoridades sanitarias de nuestro país. Cuando los médicos de nuestro estudio dicen, en una amplísima mayoría, que los adolescentes tienen derecho a recibir información y provisión de anticonceptivos en los hospitales públicos, sin que medie la autorización de sus padres, están mucho más allá de lo que suele ser el debate público sobre estos temas y también más allá de las normativas administrativas que existen en la Argentina. Entonces, hay muchos indicadores de las opiniones recogidas por nuestro estudio que muestran que esta comunidad va más allá que las instituciones del Estado.

Son más progresistas, pero insisto en que la soledad debe ser un peso feroz...

— Sí, porque, por las características del contexto argentino y por cómo se fue tejiendo este escenario, no hay ningún respaldo por parte de las políticas públicas. Cuando los médicos dicen: "El hospital público debería hacerse cargo de los abortos no punibles por la ley", sabemos que en la práctica cotidiana enfrentan muchas dificultades, porque piden autorizaciones a los jueces y los jueces dicen: "Para qué me piden autorización, si en realidad el Código Penal es claro al respecto frente a tales y cuales condiciones". Pero lo cierto es que hay ahí todo un territorio muy gris, donde los profesionales de la salud se sienten con las espaldas muy poco cubiertas.

¿Cuáles son los planteos éticos más frecuentes entre los médicos?

— Hay varios. El primero tiene que ver con el acceso de los adolescentes a información y provisión de métodos anticonceptivos. La información de nuestro estudio es absolutamente contundente en relación al consenso en estos profesionales consultados acerca de que los adolescentes tienen derecho a acceder a la información y provisión de anticonceptivos. Pero cuando la política pública no es clara al respecto, cuando no hay una voluntad manifestada en normas y procedimientos de las autoridades sanitarias, cuando se instala el debate alrededor de este tema —en el caso de la Ciudad de Buenos Aires— con un recurso de amparo presentado por algunas familias, al cual dieron lugar, ahí aparece en los profesionales el temor. Están absolutamente convencidos de lo que hacen, pero es lógico que teman alguna sanción, aun cuando ellos descuentan que están salvaguardando la salud sexual y reproductiva de los adolescentes. Otro temor claro aparece frente al tema de la atención de las complicaciones de aborto, donde, por un lado, opinan que los hospitales deberían realizar los abortos no punibles, pero, por otro lado, hay algunas disposiciones que dicen, sobre todo en algunos hospitales, que las mujeres que se internan por complicaciones de aborto deben ser denunciadas a la Policía. Entonces, ¿cómo se resuelve esa diyuntiva? Las zonas son demasiado grises y eso genera mucha angustia.

La medicina es una profesión que claramente se está feminizando. ¿Eso trae cambios en las actitudes de los cuerpos médicos frente a la salud reproductiva?

— Si uno mira la literatura, la evidencia es un poco controvertida. Hay algunos estudios que muestran cambios para algunas áreas en particular de la atención médica, debidos a la mayor presencia de mujeres. Pero también hay estudios que muestran que no hay cambios. En el caso de nuestro estudio en particular, hay alguna evidencia que muestra diferencias de opiniones entre mujeres y varones. Le daría dos datos, que son los más llamativos. Uno es que las médicas mujeres muestran una opinión más proclive a ofrecer una gama más amplia de anticonceptivos que los médicos varones. No parece casual: el hecho de estar pasando o haber pasado por la experiencia de no querer quedar embarazada es una vivencia muy íntima que sin duda puede influir sobre conductas profesionales. Por otra parte, hay también entre las mujeres una aceptación mayor respecto de algunas situaciones vitales límite que pueden llevar a otra mujer a la interrupción del embarazo. Tanto mujeres como varones, más del 80% está de acuerdo con la interrupción voluntaria del embarazo en caso de que corra riesgo la vida o la salud de la mujer, en el caso de un feto con una malformación incompatible con la vida extrauterina y en el caso de una mujer que ha sido violada. No sólo una mujer idiota o demente, sino una mujer violada. Eso, en términos generales, vale tanto para varones y mujeres. Las mujeres, en particular, aceptan, más que los varones, la incidencia de otras condiciones de vida que justificarían la interrupción voluntaria del embarazo. En esa aceptación creo que no es ajeno un hecho tan primario y tan hondo como es el de "poner el cuerpo" en un embarazo no deseado.

¿Hay diferencias de opinión entre los médicos y médicas más grandes y los más jóvenes?

— Sí, las hay. Uno puede tener, por un lado, una hipótesis generacional, que indica que las personas mayores tienen posiciones más conservadoras, porque se han socializado en un mundo más rígido. Por otro lado, creo que hay otra hipótesis que podría explicar esas diferencias, que tiene que ver con que los médicos de planta, o los médicos residentes, son los que están más en contacto con la trinchera de los servicios. Ellos son los que todos los días tienen que tomar decisiones: reciben en los hospitales a mujeres que sufren, muy comprometidas y en riesgo de salud, y tienen que lidiar con los problemas éticos que cada caso dispara. Quizás eso los haga más tolerantes para aceptar y tratar de reparar situaciones que tal vez no sean necesariamente las que a ellos les gustarían para este mundo, pero son las que la realidad les ofrece. Creo que los médicos saben que lo peor que uno puede hacer es bajar la cortina y cerrar los ojos a esa realidad, sobre todo cuando se trabaja con el sufrimiento humano.
 

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