Mujeres: la violencia continúa
El 25 se conmemora el Día Internacional de la No Violencia
contra la Mujer. Si
bien las situaciones perjudiciales salen cada vez más a la luz,
hay agresiones encubiertas que urge denunciar y revertir.
EVA GIBERTI. Codirectora Maestría en Ciencias de la Familia
(Univ. Nac. de Gral.
San Martín).
En la década del 80 el tema comenzó a estudiarse sin tapujos.
Fue posible que así sucediera porque algunas mujeres se
atrevieron a denunciar las violencias que soportaban por parte
de sus parejas y porque los movimientos políticos y sociales
formados por mujeres avalaron internacionalmente dichas
denuncias.
Hasta ese momento las diversas formas de violencia contra las
mujeres y las niñas se escondían prolijamente en la intimidad
del grupo familiar, cualquiera fuese la condición social de las
víctimas y de los victimarios; las palizas provenían -provienen-
tanto de varones que ostentaban títulos profesionales cuanto de
peones y empleados.
La novedad actual reside en haber logrado que estas violencias
se reconozcan como un problema de índole pública, superando el
secreto con que la domesticidad garantizaba su persistencia y la
impunidad de los agresores.
Más allá de este reconocimiento conviene no descuidar la
reiteración de un fenómeno protagonizado por personas
aparentemente ajenas al territorio de las violencias. Por
ejemplo: es suficiente que durante un curso universitario o
dictado en otra área social el docente comience a mostrar las
estadísticas que
ofrecen los organismos internacionales para que alguien
interrumpa preguntando:
"¿Sólo hay hombres violentos? ¿No hay mujeres violentas?"
La persona que interroga lo hace como si hubiese emitido una
pregunta clave, penetrante y novedosa. Imagina que ha
descubierto un filón inexplorado de los estudios acerca de la
violencia y obviamente intenta ridiculizar a quien está a cargo
del curso.
Una interpretación doméstica me autorizaría a pensar que la
angustia personal lo ha conducido a inquirir, negando la
evidencia estadística que inclusive enuncia los homicidios
perpetrados por los golpeadores. También podríamos pensar que su
petulancia le impide escuchar y aprender; pero estimo que se
trata de personas cuyos procesos mentales y emocionales las
conducen a un falso criterio acerca de la equidad. Como si
dijeran: "Seamos justos y distribuyamos las responsabilidades;
los hombres golpean y las mujeres también."
Es un argumento mediante el cual implícitamente afirman que
quien dicta la clase o conferencia está engañando al auditorio;
sin lograr confundir, por supuesto, a quien con tal lucidez
advierte la trampa y supone avanzar con una pregunta develadora.
Son personas que buscan un argumento capaz de convalidar lo que
consideran su derecho a agredir, expresado mediante su pregunta
absolutamente carente de ingenuidad. Intentan demostrar que
quien expone el tema merece ser castigado por engañar al
auditorio.Funcionan como golpeadores simbólicos que mediante una
pregunta pretenden demostrar que el o la docente ha sido
descubierto/a en su mala fe y le atribuyen un deseo de alterar
el orden social que posiciona a los varones en el lugar del
poder indiscutido.
Este es uno de los modelos utilizados por los golpeadores de sus
parejas: "Si mi mujer dice o hace algo que a mí no me gusta la
golpeo para que se calle y para que aprenda. Y para aliviarme de
la ira que me produce lo que dice, lo que hace o lo que no
hace." O sea, atribuye a la víctima una intencionalidad
provocadora que sólo existe en la imaginación del victimario,
que al golpear encuentra el placer que ha buscado.
Son argumentaciones que forman parte del circuito de la
violencia: posteriormente el golpeador puede pedir disculpas,
jurar que se arrepiente y prometer no hacerlo nunca más. Hasta
la próxima vez.
Los circuitos de la violencia que se organizan contra las
mujeres como abuso de poder y de fuerza física forman parte de
otros sistemas más abarcativos, socialmente disimulados, dentro
de los cuales se enmascaran quienes ingenuamente preguntan: "¿No
hay mujeres violentas?" Claro que las hay, pero ellas no saturan
las estadísticas policiales, hospitalarias o antropológicas
porque no descalabran diariamente a sus maridos aplicándoles
puntapiés en el cuerpo o trompadas en la cara.
Cuando quien formula la pregunta es una mujer, se trata de
alguien muy preocupada por la posible injusticia que podría
significar una acusación generalizada contra el género
masculino, género al cual le rinde pleitesía mediante la
estrategia que pretende promover ecuanimidad cuando en realidad
apunta al silenciamiento de los hechos. Habitualmente son
mujeres u hombres que atacan a quien describe las diversas
formas de violencia contra las mujeres y que, cuando no pueden
negar las evidencias, las justifican: "algo habrán hecho esas
mujeres para que los hombres tengan que golpearlas..."
Un tema político
Esas intervenciones en los cursos o conferencias forma parte de
los discursos sociales que intentan favorecer el silencio
alrededor de las denuncias acerca de la creciente y terrorífica
cultura de la violencia que golpea, viola, acosa, explota y
asesina a un caudal significativo de mujeres. Afirmación que,
aunque estadísticamente avalada, no corresponde que sea
convertida en un discurso totalizador acerca del género
masculino; es decir, que se adjudique a los hombres un poder
destructor inconmensurable capaz de posicionar a las mujeres
exclusivamente como víctimas.
Reconocer actualmente las potencialidades históricas del género
mujer no es suficiente para enfrentar este problema; esa
evaluación tampoco les resulta útil a los organismos
internacionales de los que dependen las subvenciones para
realizar los programas en beneficio de las mujeres, porque han
descubierto que las víctimas disminuyen su rendimiento laboral
debido al incremento de su ausentismo: faltan al trabajo porque
no quieren mostrarse lesionadas, o porque están en el hospital.
Entonces, un nivel de análisis reside en lo que se conoce como
el "empoderamiento" de las mujeres, o sea su notorio aumento de
representatividad social y de presencia en la vida pública. Otro
nivel de análisis es el de la victimización de innumerables
mujeres. Este no constituye un tema específico de la
psicopatología, ni una ocupación para las trabajadoras sociales,
ni solamente una demanda de intervención en territorio del
derecho civil o penal: es mucho más abarcativo.
Lo que se denomina el campo del poder -del cual no solamente
conocemos sus abusos- distribuye sus acólitos en ambos géneros e
incluye las violencias enmascaradas en las preguntas insidiosas.
Esos discursos también construyen la realidad cultural y avalan
a quienes coinciden con ellos y a los/las indiferentes.
Cuando se trata de violencias físicas las estimaciones
estadísticas se inclinan notoriamente en la descripción de las
víctimas cuyo nombre técnico es mujer golpeada, violada,
acosada, asesinada, por varones. Y cuya presencia en comisarías,
juzgados, hospitales, vecindarios, instituciones donde se las
asesora y protege debe nombrarse como urgencia social.
Las violencias contra las mujeres -que no se limitan a ataques
físicos- constituyen un problema grave cuya exposición pública
excede los rigores académicos y forma parte de las exigencias
políticas que los gobiernos no pueden
eludir.
Las exigencias políticas pueden incluir reflexiones éticas. Una
de ellas es revisar si se cumplen los compromisos
internacionales que se oponen a las diversas formas de violencia
contra las mujeres y las niñas, firmados en nombre de nuestro
país. Entre nosotros, las organizaciones nacionales y privadas
formadas por mujeres mantienen el alerta, pero no es suficiente:
en nuestro horizonte cultural aún persiste la sombra de aquellos
varones que encarnan la letra pudorosa del tango milonga: "Si no
te rompo de un tortazo es por no pegarte en la calle..."
Con ellos mantenemos una cuenta pendiente que, para comenzar a
ser saldada, reclama las voces esclarecedoras que provienen de
la escuela y de los ejemplos domésticos sin golpes, sin
empujones, sin insultos desbordados; y sin idealizar a los
grupos familiares como remansos de paz.
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