Suerte, prisión o muerte
Clyde Soto
Suerte, prisión o muerte son las posibilidades que tienen en Paraguay las mujeres que hayan decidido interrumpir voluntariamente un embarazo no deseado. La legislación punitiva que impera en el país ubica a estas mujeres ante la seria disyuntiva de buscar una adecuada protección de su vida o arriesgarse a la poco deseable consecuencia de una condena penitenciaria en caso de que la suerte en el procedimiento clandestino haya fallado.
El caso de una menor de 18 años procesada y condenada a seis meses de cárcel por aborto provocado, pena que posteriormente le fue sustituida por la obligación de tomar cursos de educación sexual y laboral, puso al desnudo nuevamente la tragedia a que muchas mujeres se ven expuestas. El tratamiento judicial de este caso es apenas la excepción que ayuda a que no olvidemos cómo está la ley sobre aborto en el país y las consecuencias que trae.
La menor enfrentada a los mecanismos de justicia tuvo la mala suerte de ser atendida, debido a complicaciones, por médicos del Hospital de Barrio Obrero que la denunciaron ante la policía, y como consecuencia de ello permaneció presa hasta el desenlace de la medida sustitutiva dictada por un juez. Ella es algo así como el chivo expiatorio de una sociedad hipócrita, donde de seguro los mismos médicos denunciantes saben perfectamente que no podrían actuar de igual manera ante todos los casos, porque no habría cárcel que aguante y porque despertarían el avispero incontenible de una realidad silenciada.
El aborto es siempre el último recurso de mujeres que por razones diversas no quieren continuar con un embarazo indeseado. Los motivos son tan variados como casos y situaciones personales existen: orígenes violentos de la concepción, condicionamientos económicos, problemas de salud o la elección de caminos futuros incompatibles con la situación. A ninguna mujer le agrada la idea de someterse a un aborto, y si lo hace es generalmente a partir de un debate interno donde sólo ella debería tener la última palabra.
En un país como el nuestro, donde el Estado obliga a través de leyes a que las mujeres sigan adelante con un embarazo, más allá de sus circunstancias personales, llegar al aborto implica una decisión no sólo dolorosa, sino además arriesgada. Si no se tiene medios o conocimientos para proteger adecuadamente la salud, quizás se tenga suerte y todo salga bien. Las complicaciones que requieren atención médica enfrentan a las mujeres al dilema de buscarla poniendo en riesgo su intimidad y su libertad, o correr peligro de muerte.
Esta es una realidad cotidiana para muchas paraguayas. A algunas se les niega atención en establecimientos de salud, discriminación patente contra las mujeres, puesto que a nadie más que a las que han abortado se niega un tratamiento necesario debido a la sospecha de que pueda haber cometido un acto tipificado como delito en las leyes. A otras se les atiende pero se les cobra con malos tratos. Otras menos afortunadas son atendidas pero denunciadas, por lo que sus casos llegan a la justicia, y éstas constituyen la punta visible de un vergonzoso iceberg, junto con las mujeres que murieron y que engrosan las estadísticas que sindican al aborto como principal causa de la mortalidad femenina debida a razones vinculadas con el embarazo o parto.
La legislación que criminaliza al aborto no protege la vida humana, sino que es un atentado contra la vida de las mujeres. Es discriminatoria, puesto que en la generalidad de los casos sólo mujeres son las directamente perjudicadas por las consecuencias de la norma, y es discriminatoria en especial para las mujeres pobres, puesto que son las que no cuentan con adecuada educación sobre temas reproductivos, quienes no acceden a métodos anticonceptivos efectivos, quienes no pueden costearse servicios seguros y discretos, y quienes no serán atendidas si tienen complicaciones. Es además una muestra de la hipocresía de una sociedad que sabe perfectamente que no se evita abortos penalizándolos, pero cierra complacientemente los ojos ante tantas muertes femeninas evitables y encima aplaude cuando una pobre chica se convierte en el caso de excepción que tranquiliza conciencias almidonadas.
Levantado de: www.somosmujeresperu.com
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