Rebelión entre el mujerío
Desde hace diez días, un grupo de mujeres de las comunidades
wichí y guaraní
del monte salteño permanece en Buenos Aires intentando poner el
grito en
oído de ese dios que atiende en la Capital. Sin permiso de nadie
y
contradiciendo incluso las complicidades masculinas que en sus
pueblos
pactan con el agresor, vienen a denunciar el desmonte, la falta
de cuidado
de una tierra que se rebela cada año en peores inundaciones y un
olvido
constante que se traduce en hambre y falta de educación.
Por Roxana Sandá
Las 12 - Viernes, 14 de agosto de 2009
De sí mismas dicen que son "las otras voces", las que no se han
escuchado
todavía desde el corazón de los pueblos indígenas, las que
sucesivos
gobiernos y autoridades de turno desoyeron para invisibilizar
sus vidas y
sus cuerpos. Por ese motivo, veinte mujeres representantes de
los pueblos
wichís y guaraníes que habitan la localidad salteña de
Embarcación
decidieron la urgencia de defender la vida de sus pueblos en
peligro, y hace
diez días permanecen en Buenos Aires, a la espera de una
respuesta
institucional que vuelva audible la esperanza. El riesgo de
muerte que pesa
sobre los territorios devastados por empresas agrarias y
madereras oculta
razones más profundas que van devorando su cultura, su educación
y la lucha
diaria por vivir sin planes sociales de miseria.
El viernes último, los reclamos contra la tala, el desmonte y
por los
derechos a la salud y a viviendas dignas llegaron a algún puerto
luego de
dos noches de acampe frente a la Casa de Salta, en el centro
porteño. El
Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI) acercó una
solución que les
permitirá saltear la instancia provincial y discutir sus
problemas con
Nación, un escenario donde esperan "recuperar nuestro
protagonismo ante el
desastre y demostrar que las mujeres indígenas también tenemos
capacidades
para defendernos y poder expresarnos", sostiene Kajianteya
Octorina Zamora,
vocera del grupo y líder de Honat Le'Les, una de las nueve
comunidades
indígenas con asiento en Embarcación.
El miedo. Los aludes de barro que arrasaron con la población de
Tartagal
agitan fantasmas en carne propia. Temen que los últimos años de
tala intensa
en la serranía, las picadas dentro del monte y el paso de la
madera a través
del río Bermejo se lleven lo poco que les queda, y con eso la
vida. "Estamos
cansadas de mudarnos con nuestras familias en el verano, por las
inundaciones, y ahora se suma el miedo de que por los desmontes
y la
explotación maderera en los márgenes del Bermejo la ciudad sea
tapada por el
barro", lamenta Julia Gómez. Sin embargo, se le atisba el
orgullo por sentir
"que como mujeres y madres sabemos lo que es el sufrimiento.
Porque corremos
peligro es que no queremos que ocurran los desastres naturales
cuando se
pueden prevenir. La única manera es dejar de desmontar y talar.
Pero el
hombre blanco ha perdido el valor de amar la tierra: sólo busca
acumular
riqueza y bienes a costa de los sufrimientos de los demás".
Hace tiempo que el ajo, el pimentón, el tomate y la cebolla
dejaron de ser
una consecuencia de las huertas familiares para alcanzar
categorías
macroeconómicas de productos de exportación, acompañados por la
soja, la
estrella depredadora de los últimos años, y el poroto. En las
puertas del
Bicentenario, las manos de las mujeres indígenas se impregnan de
la tierra
que remueven como empleadas domésticas y se tajean con tanzas y
punzones de
artesanías. "Aquí ya no se trabaja la tierra, se la succiona",
relata
Octorina con la sospecha de "que quieren convertir un jardín en
un desierto,
y afectan la selva de yunga, el único pulmón ecológico que
tenemos. Pero hay
que terminar con el miedo y decir basta de joder a la gente.
Vayan a joder a
los grandes empresarios".
Los hombres. Las décadas que lleva el desmonte en la zona
coinciden con los
años de trabajo fino que los punteros políticos locales tejen
entre las
comunidades y los cacicazgos. Que sean mujeres wichís y
guaraníes las que
viajaron hasta Buenos Aires para ser escuchadas por la Corte
Suprema de
Justicia y porque dios atiende en esta ciudad autónoma, revela
el papel poco
menos que incierto que juegan sus compañeros en defensa de las
comunidades.
"Vemos de qué manera los punteros corrompen a algunos dirigentes
indígenas,
los someten al vicio para que no tengan sus capacidades y
entonces esos
dirigentes privilegian otras cosas", explica Julia en una ronda
de mujerío
delatora de los manejos políticos de legisladores, "que tienen
de rehenes a
los hombres de nuestras comunidades". Si se les pregunta por los
bolsones
sociales, responden que son escasos. A los comentarios sobre
comedores
populares, contraponen que hay cientos de mujeres y niños
desnutridos. Hay
mucho hidrato de carbono, dicen, y escaso aporte de otros
nutrientes.
"Estamos peleando por crear comedores nutricionales junto con
una
distribución prolija de los subsidios", pero manifiestan que el
proceso de
desgaste "no para. Los poderosos van a la parte más vulnerable
de las
comunidades, que son en este momento los hombres. Vivimos en una
sociedad
machista, y eso se adiestra y se contagia". Octorina, sin
embargo, cuenta
que las cosas no siempre se proyectan según el cristal de
Occidente, "con
comportamientos que hacen de menos a la mujer. En nuestros
pueblos no existe
el machismo sino los roles. No hay tiempo para ser machista;
cuando
decidimos venir a la ciudad se lo comunicamos a nuestros maridos
y les
aclaramos que ya es hora de que se nos escuche".
Los niños. De acuerdo con el último censo de 2004/05 en la
región, las
comunidades indígenas locales contabilizan unos 36.000
pobladores. Del
total, niñas y niños están atrapados por la mala alimentación,
por un
emparche de plásticos -sobras de lo que se utiliza en las fincas
y los
invernaderos- al que algunos desvergonzados llaman con descaro
viviendas
precarias, por las enfermedades, la mala educación y la vida al
borde de la
Ruta 34, anegada cada año entre tanto barro que arrastra la
lluvia desde los
cerros. "Los más pequeños sufren discriminación porque a los
adultos no nos
convocan para elaborar programas de salud y educación pública",
señala
Octorina. "Pero para lograr eso debemos practicar la autonomía,
poder decir
lo que sentimos y denunciar lo que sufrimos."
Las mujeres. Ir al lugar justo, sin ayuda de organizaciones no
gubernamentales ni punteros, fue la consigna inicial en los
talleres de
debate que agrupan a las mujeres de las comunidades wichís y
guaraníes Honat
Le'Les, Hotel Pelaj, Cherenta Re Reta, Cristo, San Juan, Santa
Lucía y
Misión Chaqueña. Se salió de los primeros encuentros rumiando la
idea de
"que nadie te diga lo que tenés que decir". Este viaje coloreado
en
pancartas de rechazo al desmonte y convertido en un feliz
embrollo de
complicidades femeninas potenció las oportunidades buscadas.
"Aquí somos
libres, empezamos a valorizarnos", insiste Julia. "Estamos
contentas con el
viaje por la posibilidad de convivir y hasta conocer los
sentimientos
íntimos como madres, hermanas y como mujeres." Entonces las
voces regalan
historias "hechas de centurias de lucha, con la conciencia de
que alguna vez
participamos junto a Tupac Amaru. Si tenemos el ejemplo de
tantas mujeres
indígenas que han dado la cara por su pueblo, por qué nosotras
no vamos a
hacerlo", se pregunta Octorina y empieza a hablar de una
búsqueda del
espacio propio, "porque nadie nos va a dar nada, y queremos ser
protagonistas". Repite a quien quiera oírla que ella y sus
compañeras no
equivocaron el camino y que los hombres no tienen por qué
enojarse de los
pasos dados, pero reconoce que "algunos dirigentes todavía no se
enteraron.
Decidimos trabajar así para evitar las malas interpretaciones".
Las refugiadas. El petitorio que presentaron ante la Corte
Suprema de
Justicia días atrás se autodefinió como un grito de denuncia.
Ante el
incumplimiento de la prohibición de tala del monte nativo, la
ausencia de
una comisión de relevamiento territorial formada por delegados
propios, la
falta de programas sanitarios inclusivos "y para que en las
escuelas a las
que asisten nuestros hijos se integren contenidos propuestos por
las
comunidades indígenas". En el documento también se exige que
"finalice el
cobro fraudulento de comisiones para el otorgamiento de becas,
pensiones y
subsidios a los integrantes de nuestras comunidades. Y que se
facilite el
otorgamiento de pensiones por discapacidad, ancianidad, amas de
casa y
madres de siete hijos". Son, precisan, refugiadas de sus
territorios
ancestrales, porque a un mismo tiempo el despojo las llevó al
hacinamiento
de "tres o cuatro familias juntas viviendo en tierras
insalubres. No hay
respuestas, lo sabemos, pero no vamos a callarnos más si los
políticos se
siguen llenando la boca con la Ley Nacional de Pueblos Indígenas
y los
convenios internacionales y ninguno los hace cumplir". En los
últimos días
hubo algunos intentos de erosionarles el espíritu. No hubo
suerte. "Nos
dijeron que cuantitativamente no significamos siquiera para ser
un número
más, pero sabemos que no es así", rechaza Octorina. "Porque
estamos juntas
con las mujeres y los jóvenes. Y aunque nos ninguneen y nos
ignoren,
seguimos uniendo las manos."
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