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Uruguay
Dilema para legisladores
por
Rafael Sanseviero
Es un hecho repetido
En cada ocasión que progresa un proyecto de ley que cuestiona la
penalización a la mujer que aborta, se activan unos reflejos
“antiabortistas” que permanecen inertes mientras las mujeres
simplemente abortan, clandestinamente, cada día.
Repasemos dos momentos recientes de esa rutina nacional.
Resultado: “antiabortistas” tranquilos
y larga vida al aborto clandestino
Hace dos meses. La reacción ciudadana por la ilegítima
persecución médico-legal a una mujer que abortó conmovió el
escenario público en junio de 2007 . Tres semanas después la
Comisión de Salud del Senado de la República aprobó completo el
Capítulo Primero del proyecto de ley de Defensa del Derecho a la
Salud Sexual y Reproductiva.
Consecuencia: “antiabortismo” alterado y activación del manido
sofisma de decirse “a favor de la vida” para defender la
clandestinidad del aborto . Los resultados de esta nueva
erupción “antiabortista” están por verse.
Estamos ante la quinta oportunidad que tiene el parlamento
uruguayo desde el restablecimiento de las libertades políticas
(1985) para revisar la legislación que penaliza a la mujer que
aborta. Hubo una en cada período de gobierno; todas se
frustraron aunque el consenso liberalizador fue más amplio en
cada ocasión.
Confrontados al Capítulo Segundo del proyecto de ley de Defensa
del Derecho a la Salud Sexual y Reproductiva, los y las
legisladoras deberán definir una perspectiva para el análisis
del significado social y moral de la penalización del aborto. La
ley penal expresa la voluntad política de disponer de todo el
poder coercitivo del Estado; en este caso contra una mujer que
aborta.
Un primer desafío será asumir el sinsentido político y jurídico
de mantener sin cambios una figura delictiva que es
sistemáticamente refutada por la práctica social. Si la
criminalización de esa conducta se fundamenta como política
preventiva, la penalización del aborto constituye un fracaso
legal sin levante posible: no disuade ni intimida a nadie. La
evidencia acumulada al respecto me exime de fundamentar este
punto. La penalización del aborto antes que una política parece
una tara sagrada que el sistema jurídico uruguayo atesora desde
hace 118 años (con excepción del período 1934-1938).
Un segundo desafío debería ser evaluar la significación moral de
la persecución y procesamiento de la “mujer de 20 años” que
diera lugar a la protesta ciudadana de junio.
Cuando un médico denuncia el “delito de aborto” cometido por una
mujer que solicitó su asistencia, y un juez la procesa sobre la
base de esa denuncia, se está otorgando legitimidad jurídica a
la imposición de “optar” entre evitar la persecución o salvar su
vida.
Así lo sostiene, ejemplarmente, una resolución tomada por la
Cámara Nacional Criminal y Correccional de Argentina que se negó
a instruir sumario criminal contra una mujer que abortó, sobre
la base que la denuncia fue “formulada por un profesional en el
arte de curar” que supo del delito “en ejercicio de su cargo
oficial”.
Uno de los argumentos centrales para denegar la incriminación
refiere al carácter “inhumano del dilema cárcel o muerte” que
queda “larvado, cruel e innoble” cuando la confesión del delito
se obtuvo por parte del médico como resultado del “ansia vital
de la abortada” y/o del “desvalimiento físico y espiritual” en
que se encuentra al solicitarle asistencia. No hay “interés
público” que pueda justificar ese “dilema inhumano”, fundamentan
los jueces argentinos.
Las y los legisladores deberán reconocer que hay restricciones
al ejercicio del derecho a la vida y la salud que están escritas
con tinta invisible en la penalización del aborto. Esas
restricciones no se contabilizan únicamente como muertes o
lesiones graves, porque antes que éstas se produzcan la mujer
que abortó se vio constreñida a optar entre la cárcel o la vida.
Sobre la permanencia o no de ese dilema inmoral tiene una nueva
ocasión para pronunciarse el poder legislativo.
Hace dos años. Con la llegada de la izquierda al gobierno en
marzo de 2005 y el veto anticipado por el Presidente de la
República, el debate parlamentario sobre el aborto quedó en
suspenso.
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